Analizando históricamente el Ministerio del tiempo: Capítulo 20 - Hasta que el tiempo os separe

Por Luis Miguel Fernández-Montes

En «Hasta que el tiempo nos separe» la patrulla se va de boda. El cien veces nombrado y desconocido Ortigosa se casa, y todo parece que por una vez en el Ministerio todo van a ser risas y felicidad, a cargo del manchego interpretado por el genial Raúl Cimas. Sin embargo, el castillo donde se celebra la boda -que no es otro que el de Guadamur, a pocos kilómetros de Toledo- esconde no solo una leyenda, sino también una puerta del tiempo que comunica directamente con el siglo XIII.

Los matrimonios parecen ser el hilo conductor de este episodio. Intentaremos explicar a lo largo de este artículo algunas de las particularidades sobre los matrimonios en la Edad Media, así como desmontar algunos mitos que muchos dábamos por sentado.

Para empezar, debemos destacar que durante buena parte del Medievo el matrimonio fue una institución laica. Es decir, heredando la tradición romana, el matrimonio no era más que un contrato entre particulares que buscaba, por la unión de dos personas, un beneficio económico mútuo. Así pues, durante el imperio Carolingio la Iglesia trató por todos los medios de apropiarse de la institución matrimonial sin conseguirlo. No sería hasta 1142 con el Decreto de Graciano 

Miniatura del Decreto de Graciano

-obra jurídica que trató de dar uniformidad al derecho canónico- cuando el matrimonio quedaría instituido como un rito religioso. En este compendio legal, se establecían algunos de los criterios que, aún hoy, mantiene la Iglesia católica. Por poner un ejemplo, y que seguramente afectó a más de un súbdito castellano, las peculiaridades de un matrimonio mixto entre un cristiano y una musulmana -o viceversa-. También establecía un férreo control sobre quién debía casarse con quien y los grados de parentesco válidos para contraer matrimonio -para evitar el incesto, por lo que los Targaryen lo hubieran tenido crudo-, lo cual acarreó momentos de tensión durante todo el Mediovo entre las familias reales.

Como curiosidad y antes de avanzar, mencionaremos un curioso tipo de matrimonio entre personas del mismo sexo, el llamado adelfopoiesis. No debemos entender, y lo dejamos claro desde el principio, que la Iglesia durante la Edad Media aceptó las relaciones homosexuales, de hecho, las condenaba vehementemente. Este tipo de uniones, generalmente entre dos hombres, eran otro tipo de contrato de fraternidad jurada, en la que los dos contrayentes se juraban amor y fidelidad eterna y en los que, además, se aseguraba la trasmisión de las propiedades e caso de fallecimiento de alguno de los dos intervinientes. Documentalmente los testimonios de estos enlaces son bastante escasos. El polémico libro de John Boswell, Bodas de semejanza nos habla de un caso que tuvo lugar, precisamente, en nuestro país, más concretamente en la Galicia del siglo XI. Allí encontramos -siempre según Boswell- un acta de fraternidad jurada entre Pedro Díaz y Muño Vandilazen. Sobre la historicidad de la unión de Sergio y Baco -dos mártires cristianos del siglo IV- se abren ciertas dudas, pese a las afirmaciones del profesor de Yale.

En cualquier caso, estas uniones entre personas del mismo sexo se acabaron en el siglo XII, pues a partir de entonces todo lo que oliera a sodomía fue duramente perseguido y castigado. Con el mencionado Decreto de Graciano, el matrimonio se convertía en un Sacramento -para los que no lo sepáis para la Iglesia Católica, un sacramento es un acto en el que el creyente pone de manifiesto su especial relación con Dios-, al menos de facto pues el decreto nunca llegó a ser sancionado oficialmente por ningún Papa. Tenemos sin embargo algunas pruebas de que durante el Medievo no había ninguna duda al respecto. Así encontramos entre la documentación del sínodo de Segovia de 1325 la siguiente afirmación:

[…]El matrimonio es mas antiguo que todos los

otros sacramentos, que fue establesçido ante del

primer pecado del primer ome […]

En cualquier caso, la presencia de oficiante, es decir, de sacerdote en la ceremonia del matrimonio no se hizo obligatoria hasta 1554 tras las disposiciones adoptadas en el Concilio de Trento. Durante el medievo la unión entre marido y mujer se realizaba en el altar de la iglesia y ante la comunidad, pues se consideraba que los contrayentes eran los ministros del Sacramento siendo el sacerdote -en el caso de que lo hubiera- un mero testigo que recibe y bendice por parte de la Iglesia el compromiso se los esposos.

Aunque como hemos dicho, hasta Trento no existía una ceremonia reglada para el matrimonio, la Iglesia se aseguró siempre de hacer ciertas recomendaciones para evitar la invalidez del enlace. La principal era la de seguir los usos y costumbres de los pueblos o regiones y es que, a pesar de las formalidades no constituían un hecho fundamental para la validez o invalidez del mismo, tenían siempre un papel muy importante pues era un medio de prueba muy seguro para demostrar la celebración realizada del enlace.

El enlace de esta famosa (y gran) película es todo lo que no era una boda medieval. Dejando a parte la llegada del rey Ricardo con vida a Inglaterra.

Estas peculiaridades locales eran variadísimas. En la tradición hispana, por ejemplo, se podía considerar nulo un matrimonio si por ejemplo no estaban presentes los familiares directos de los contrayentes -el consentimiento paterno era indispensable-, o si se celebraba a fuera de las iglesias o a horas intempestivas; o incluso si no había un número mínimo de invitados…conforme el tiempo avance la Iglesia no sólo impondrá más y más severas normas para evitar los matrimonios, podemos llamar, clandestinos; también aumentará las sanciones tanto espirituales como pecuniarias. En la tradición castellana y aragonesa parece ser que las multas prevalecieron sobre los castigos espirituales ante la “ineficacia de la excomunión y de la suspensión”.

Otra de las imágenes icónicas de las bodas en época medieval es la del señor del feudo llegando en mitad de la ceremonia para llevarse a la novia y disfrutar del derecho de pernada. Esta prerrogativa señorial, que consistía en disfrutar de las mieles de la primera noche de la doncella, al menos en los reinos peninsulares no estuvo muy extendida -al menos hasta pasado el siglo XI- y fue pronto sustituida por un -más o menos- pequeño pago en especie.

Así pues, como hemos visto, la idea del matrimonio en la Edad Media ha llegado a nosotros algo distorsionada, tal y como ocurre con otros aspectos de este periodo histórico. Por lo que la imagen de raptos de novias, bodas secretas y huidas de los esposos a lomos de un hermoso corcel con el sol poniente es más propia de poemas, juglares y películas en technicolor.


Para saber más:

AZNAR GIL, Federico. “Penas y sanciones contra los matrimonios clandestinos en la Península Ibérica durante la Baja Edad Media” en Revista de estudios histórico-jurídicos nº XXV. Valparaíso, Chile. 2003. págs. 189-214

FUENTE, María Jesús y FUENTE, Purificación. Las mujeres en la Antigüedad y la Edad Media. Anaya. Madrid. 1995.

OTIS-COUR, Leah. Historia de la pareja en la Edad Media. Placer y amor. Siglo XXI de España Editores.  Madrid. 2000

QUIROGA, Laura Cecilia“‘…Como officio de madre…’ Las ideas sobre el matrimonio en algunas obras eclesiásticas castellanas de los siglos XIII a XV” en Temas medievales. Nº 20. Madrid. 2012. Págs. 67-87

Historia 2.0

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