Arqueología e Historia (Desperta Ferro) Nº 11: "La mujer en Grecia”.

 

 

Este nuevo número de Arqueología & Historia está dedicado al papel de la mujer en Grecia, o como reza su cabecera “de madres, hijas, hetairas y sacerdotisas en la ciudad clásica”. Un tema interesantísimo que merecía sin lugar a dudas un monográfico. A continuación os resumimos el contenido de los diferentes artículos contenidos en la revista.

 

La mujer griega y la polis por Flavia Frisone (Università de Salento)

 

Aunque los derechos y restricciones de la mujer variaban dependiendo de la polis a la que perteneciese, es indudable que la cultura griega, por norma, era machista e incluso misógina. Alejadas de todo espacio político y, por lo general, limitadas al cuidado del oikos (la familia nuclear) ni siquiera eran las dueñas absolutas en este terreno. Era el cabeza de familia el encargado de todas las tareas externas (las relaciones sociales, las decisiones que afectasen al oikos, e incluso el manejo del dinero y las compras) y la mujer se veía subordinada al ámbito puramente doméstico. Eso sí, ahí (como no podía ser de otra forma) la mujer casada alcanzaba una dignidad propia justificada por el hecho de dar hijos legítimos al kyrios (señor) de la casa, e incluso como transmisora de estatus político a los hijos, pues en muchos casos el derecho de ciudadanía dependía también del origen de la madre.

 

En el ámbito jurídico a la mujer griega jamás se la reconoció como mayor de edad, y por lo tanto (independientemente de su edad) se requería de una tutoría masculina, que recaía primero en el padre, luego en el marido y, en caso de enviudar, en sus propios hijos (o incluso en los tutores de estos si los hijos eran menores). Tampoco era habitual que tuviesen derechos hereditarios propios (a veces sí ejercían como transmisoras, pero no como herederas directas) o que incluso fuesen llamadas a juicio como testigo.

 

A la hora de formalizar el matrimonio su papel era también secundario. Se trataba de una “entrega” que hacía el padre de la novia al futuro marido y, como tal, el divorcio era a su vez un “asunto de hombres”. Podía tratarse, por tanto, de un repudio (apopemsis), una disolución (apoleipsis), o una sustracción (aphairesis) dependiendo de quién fuera el instigador del divorcio.

 

Probablemente el único espacio público dónde se apreciaba y, en consecuencia, se visibilizaba a la mujer era en el dedicado al culto donde, si bien nunca igualitario, sí que cumplía un papel complementario al del hombre, ejerciendo como sacerdotisas o simplemente participando en las festividades sacras.

 

 

 

La imagen de la mujer en la Grecia Antigua por Carmen Sánchez (UAM)

 

Por supuesto la imagen de la mujer representada en el arte era obra de hombres, y por lo tanto estos se dedicaron a mostrar aquellas virtudes (prudencia, vergüenza, sumisión, discreción) que creían propias de la mujer honrada. También se las representaba con la piel clara como símbolo de pertenencia al interior del hogar, en contraposición al cuerpo moreno de los hombres, que sí llevaban a cabo actividades al aire libre. El look es también recatado: peinados recogidos o tapados por gorros, ropas amplias para ocultar cualquier atisbo de sexualidad, etc. El desnudo femenino (al contrario que el masculino) no se generalizó en el arte público hasta bien tarde (mediados del s. IV a. C.), y siempre mantuvo un aire púdico. Eso, por supuesto, no lo libró de miradas (y acciones) lascivas por parte de los hombres, como bien atestigua Luciano en su conocida anécdota sobre la Afrodita de Cnido.

 

Más habitual era el desnudo artístico en ámbitos privados, como por ejemplo en los simposios. Así, era típico representar mujeres desnudas en vasos cerámicos. Por ejemplo, en la copa de Oltos (c. 510 a. C.) aparecen representadas dos cortesanas (hetairai, literalmente “compañeras”) desnudas mientras beben y tocan el aulós.

 

En los pocos casos en que la mujer escapa al control masculino esta es representada de manera muy distinta: amazonas, ménades y monstruos femeninos (sirenas, gorgonas, furias, arpías) son ejemplos de mujeres que muestran “su verdadera naturaleza”, salvaje cuánto menos para los hombres que se consideraban a sí mismos civilizados.

 

La mujer en Atenas y Esparta por Adolfo J. Domínguez Monedero (UAM)

 

Aunque tanto en Atenas como en Esparta el papel principal de la mujer “ciudadana” era la procreación, es cierto que existían importantes diferencias en el grado de libertad de cada una.

 

Las mujeres atenienses no disponían de autonomía personal al ser dependientes de un kyrios varón, no podían ser herederas directas y el adulterio femenino (no así el masculino) estaba fuertemente penado por considerarse una afrenta a la legitimidad de los hijos del marido. Además de ser devueltas a la familia del padre, las mujeres adúlteras recibían un fuerte reproche público y se les prohibía participar en los cultos de la polis.

 

Por lo general la mujer ateniense rica permanecía la mayoría del tiempo en su casa, ya fuese atendiendo a sus hijos, supervisando a sus sirvientas o tejiendo. Eran excluidas del simposio aún celebrándose en su propia casa (sólo se permitía la presencia femenina de las cortesanas y prostitutas) y su única interacción social con el exterior era, habitualmente, durante la celebración de rituales cívicos.

 

La mujer espartana, aunque también centrada en la procreación, poseía una mayor libertad precisamente por la naturaleza eugenésica de la sociedad espartana. Para tener mejores hijos era necesario que la mujer espartana también pudiese ejercitarse, e incluso se prefería que las mujeres esperasen hasta los 18 o 20 años para casarse para evitar problemas en el parto. En cuanto al matrimonio en sí, en Esparta se mantenía el rito del rapto de la novia tan habitual en otras sociedades de la Antigüedad, si bien sabemos que por la propia ley espartana hasta los 30 años el marido no podría dormir bajo el mismo techo, y debía limitarse a breves incursiones nocturnas en el lecho conyugal antes de volver con sus compañeros.

 

La mujer espartana, al contrario que la ateniense, podía heredar y por ello era habitual que fuesen dueñas de tierras, además de cumplir su papel principal como orgullosas madres y defensoras de la tradición patria.

 

 

Mujeres fuera de la norma. Heteras y pornai en Grecia por Patricia González (UCM)

 

Fuera de los cánones de la mujer “honrada” existían también mujeres esclavas, extranjeras o simplemente pobres que para sobrevivir se dedicaban a los favores sexuales. Las pornai (prostitutas) solían ser esclavas y trabajaban en la calle o en burdeles, ya fuesen de bajo o alto coste. Las hetairai (cortesanas) eran, sin embargo, mujeres educadas en la conversación y la música que podían ser alquiladas a largo plazo o en exclusiva a cambio de regalos.

 

Aunque la prostitución en la Hélade podía ser en algunos casos sagrada, especialmente en las ciudades costeras y en concreto en Corinto (templo de Afrodita) y Chipre (templo de Astarté), no parece ser un caso tan habitual como en las ciudades mesopotámicas. Además las prostitutas estaban excluidas de la mayoría de festividades cívicas, con algunas excepciones como las fiestas de corte transgresor (Afrodísias, Adonías).

 

Al estar fuera del circuito de la maternidad (al menos de la legítima) se las consideraba expertas en ginecología, especialmente en técnicas abortivas o anticonceptivas. Aunque ciertamente algunos de sus métodos han probado ser eficaces (por ejemplo la ruda o el perejil), no siempre lo fueron; lo que parece explicar la existencia de fosas comunes de neonatos, en especial de varones, que responderían a la idea de conservar a las niñas para que continuasen la profesión de las madres.

 

Vivir como mujer en la Atenas clásica. Discursos masculinos sobre un destino sin sorpresas por Florence Cherchanoc (Université Paris Diderot)

 

Para conseguir que la mujer ateniense se convirtiese en una honrada y fiel esposa, desde la más tierna infancia la educación se orientaba a sus futuras labores en el oikos: el tejido, la transformación de productos agrícolas, rudimentos de medicina y puericultura así como el cuidado y preservación de las costumbres. Por supuesto para la elección de esposa los hombres atenienses tendrían en cuenta estas virtudes así como los condicionantes físicos y culturales que les permitiesen tener una prole legítima y ciudadana.

 

Evidentemente los hombres crearon leyes que permitiesen perpetuar este modelo. Así, elaboraron un derecho de ciudadanía bilateral, bajo entrega legal en matrimonio, leyes de transmisión de patrimonio en caso de herencia y castigo por adulterio... por supuesto todo ello dependiendo del varón, o beneficiándolo.

 

 

Las mujeres griegas y la religión por Matthew Dillon (University of New England)

 

Como hemos mencionado anteriormente, la práctica religiosa era una de las pocas excepciones en las que se permitía la participación de la mujer en contextos sociales. Antes del matrimonio era habitual que ejerciesen de kanephoroi (portadoras de cestas) durante las procesiones; pero al alcanzar la madurez podían llegar a convertirse en sacerdotisas, en algunos casos de por vida. Probablemente el tipo más famoso de sacerdocio femenino era el de tipo profético, ya fuese en importantes templos como Delfos (pitia) o Dodona (“palomas”), o a título individual como “habladoras del vientre”.

A niveles más terrenales podía verse a las mujeres participando en ritos de fertilidad en los campos, festivales cívicos como las Adonias o las Dionisias o en el propio ámbito doméstico haciendo pasteles sacrificiales o ropas nuevas para las estatuas de las diosas. También jugaban un papel importante en los funerales, ejerciendo de enérgicas plañideras en contraste con el tono sereno de los varones.

 

La mujer en el teatro griego por Raquel Fornieles (UAM)

 

Aunque las mujeres no podían participar en el teatro como actrices (e incluso se pone en duda que pudiesen acudir como espectadoras) el papel femenino en las obras teatrales clásicas es abundante y a menudo protagonista.

 

En este artículo la autora analiza el papel de la mujer en la tragedia (Esquilo, Eurípides y Sófocles) y la comedia (Aristófanes) de época clásica, se discute la supuesta misoginia (o no) de sus autores y hasta qué punto las acciones de los personajes femeninos responden a efectos dramáticos (propios del pasado mítico que representan las obras) o a la intención de poner en su boca palabras que difícilmente podrían escucharse en Atenas por otros medios.

 

A la imagen de Afrodita. Belleza, vestimenta y adornos por Joaquín Ruiz de Arbulo (URV/ICAC)

 

Gracias a las producciones cerámicas de Corinto y Atenas (s. VII a.C.), a las tanagras (terracotas, s. IV y III a. C.) y a la propia estatuaria, podemos obtener importantes detalles del vestuario femenino. Este estaría siempre compuesto de dos piezas superpuestas de lino o lana. Destacan dos tipos principales: el peplos dorio de época arcaica (una enorme tela rectangular recogida con dos fíbulas por el hombro y ceñida por un cinturón) o el posterior quitón jonio (una túnica muy fina de infinitos pliegues recogido por una cinta o un cinturón). A este último se le solía añadir un himatión, un manto usado a manera de chal que podía también cubrir cabeza y brazos.

 

Las prendas se fabricaban en la propia casa, pues el aprendizaje del cardado, hilado, tintado y tejido formaba parte de la educación femenina. Además de estas ropas, la mujer griega se engalanaba con joyas (pendientes, collares, diademas,...) y se perfumaba con aceites, normalmente de precios altísimos, contenidos en pequeños arybaloi.

 


 

Introduciendo el n.º12, Tarteso en la mitología moderna por Tomás Aguilera (UAM)

 

Desde que los griegos hablasen por primera vez de Tartessos, esta desconocida civilización se constituyó como un mito. Un mito que fue rescatado en el s. XV por Antonio de Nebrija para legitimar la antigüedad de las Españas unificadas bajo la monarquía de los Reyes Católicos y que continuaba el legado de Argantonio. Además, la asimilación de Tarteso con la Tarsis del Antiguo Testamento terminaría por reconocer el prestigio del antiguo reino hispano.

 

La relación entre Tarteso y el mundo fenicio fue obviada, creando un mito antisemita concebido como reducto de la españolidad ante las intromisiones foráneas. Y a pesar de que la influencia fenicia estaba demostrada desde el s. XVIII por los hermanos Rodríguez Mohedano, las tesis racistas y antisemitas se mantuvieron durante los s. XIX y XX en los que se abogaba bien por un origen autóctono o, en todo caso, de influencia griega. Idea, ésta última, que culminaría Schulten señalando primeramente a Creta, y posteriormente a los pueblos del mar (en concreto a los tirsenos). Este origen “digno” de España es el mismo que propondría, a su vez, Blas Infante para Andalucía, constituyéndose Tarteso como mito fundacional de la región.

 

Por último no hay que obviar la frecuente identificación de Tarteso con la Atlántida; una teoría existente desde 1623, retomada por Schulten y, aunque desmentida por la Arqueología, continuada por toda la horda de medios sensacionalistas y adoradores del misterio hasta hoy día.

 

 

Alfonso Cuesta

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