El Reto de Octubre de Historia 2.0 (CONCURSO)

octubre

¡¡Llega el RETO de OCTUBRE de HISTORIA 2.0!! ¿Y en qué consiste? Pues este mes es aún más especial que los demás; octubre es el mes en el que el otoño se asoma y arraiga, un mes en el que desempolvamos las manititas, los tés calentitos, las tardes de lectura junto a una ventana lluviosa... Y nos ponemos creativos. Por ello, os lanzamos un reto un pelín distinto, más participativo aún:

RETO de Histroria 2.0 de OCTUBRE: Concurso de microrrelatos históricos. Escribe un relato histórico sobre alguno de los 5 temas que te proponemos a continuación.

¿Cómo tenéis que participar en este reto? Debéis mandarnos un correo a reto@historiadospuntocero.com con vuestros relatos (3 folios de word aproximadamente, times new roman 12 con interlineado normal) en word o convertidos a PDF. A medida que vayamos recibiendo las respuestas las iremos publicando en esta misma entrada y os mandaremos un diploma exclusivo por vuestra participación.

¿Quién ejercerá de jurado? Los miembros del equipo de Historia 2.0 leeremos todos los relatos y designaremos a los ganadores. No obstante, todos podréis dejarnos en los comentarios de esta entrada (ya que colgaremos todos los relatos) vuestros favoritos y nosotros los tendremos en cuenta a la hora de seleccionar los tres ganadores. Colgaremos los relatos de forma anónima y, cuando ya se hayan escogido los ganadores, desvelaremos el nombre de todos los autores enla web.

¿Qué temas son los del concurso? Pues por daros absoluta libertad os daremos 5 grandes categórias de las que podréis escoger una. Los relatos pueden ser cien por cien fieles a la historia o historia novelada/novela histórica. Y si tenéis cualquier duda, nos podéis escribir al correo del reto para que os ayudemos a solucionarla.

  • Prehistoria
  • Historia Antigua
  • Historia Medieval
  • Historia Moderna
  • Historia Contemporánea y Mundo Actual

¿Cuáles son los premios?

  1. Primer Premio --> Totebag de Historia 2.0 + chapa de Historia 2.0 + Ilustración tamaño A3 de una de las Cápsulas Históricas publicadas en la web, a escoger por el ganador.
  2. Segundo Premio --> Totebag de Historia 2.0 + chapa de Historia 2.0 + Taza de Historia 2.0.
  3. Tercer Premio --> Totebag de Historia 2.0 + chapa de Historia 2.0 + Punto de libro de Historia 2.0.

 

Si aún no sabéis qué es El Reto de Historia 2.0, pinchad aquí para saberlo. Asimismo, en el enlace que os facilitamos tenéis el banner del reto para descargalo y poder ponerlo en vuestras webs o allá donde queráis como participantes de El Reto Histórico.

Y si queréis ver el Reto de Enero con sus respuestas, pinchad aquí.

¡¡Animaos a participar y que la historia os acompañe!!

El Equipo de Historia 2.0

 

 


Relatos de nuestros seguidores:

Historia Antigua > El último solsticio

EL ÚLTIMO SOLSTICIO

Me despierto despacio, apenas puedo distinguir el sueño de la vigilia porque la oscuridad lo inunda todo. Pestañeo un par de veces y cuando ya consigo percibir los contornos de las cosas y las personas, me levanto con cuidado para no hacer ruido. Todos duermen. Aún queda tiempo para que amanezca.

Salgo al exterior de la cabaña y la belleza de la noche me impacta. Un frío gélido se cuela por el cuello de mi capa y mi aliento se eleva, como humo, hacia un cielo negro y sin luna, cuajado por un manto de estrellas centelleantes que parece cubrir la tierra, tan bajo que pienso que si extendiera la mano podría tocarlo. Todo está helado, en silencio, detenido en el tiempo. Tan sólo resuenan mis pisadas, que hacen crujir el hielo de la madrugada mientras me dirijo hacia el bosque, donde la Anciana me espera.

Camino rápido porque sé que ella ya me está esperando en la puerta de su choza. La veo a lo lejos, bajo la luz de un candil, y me fijo en que, a pesar de la edad, su postura es recta y su cuerpo fuerte. Su cabello, blanco y largo, cae a los lados de su rostro sin ataduras, solo un par de finas trenzas aquí y allá, y sus ropas oscuras y cálidas cubren un cuerpo que ha vivido ya muchos Solsticios como el de hoy.

-Llegas tarde – me dice.

Me encojo de vergüenza. Intento explicarle que al salir de casa el hechizo de la noche me distrajo. Que cuando observo la magia de las estrellas bailando en la inmensidad del cielo, la sombra del bosque cercano moviéndose al son del viento y la quietud del mundo en ese momento de soledad, me pierdo en la noche y en mí, y me inmoviliza de tal forma que sólo puedo sentir mi alma y a la Diosa llenándolo todo… Pero al mirarla descubro que no hace falta, sus ojillos brillantes que un día fueron azules como el mismo cielo de la noche, ríen al observarme. No. No hace falta que le explique nada. Ella sabe cómo siento por dentro. Cómo soy. Por eso me eligió.

Mientras caminamos hacia la cumbre de la colina le voy contando las últimas noticias que han llegado a la aldea. Rumores de guerras al sur ganadas por un enemigo que se acerca cada vez más a nuestras tierras. Y esta vez es un enemigo distinto, no como las tribus vecinas con las que nos enfrentamos desde hace siglos. Estos hombres se mueven como uno solo, se extienden arrasando todo a su paso y destruyendo a cualquiera que intente frenarles. Arrebatan las vidas, los recuerdos, los dioses y las antiguas costumbres para imponer las suyas y desterrar las nuestras al olvido.

La Anciana me escucha hablar pero no me responde, apenas emite un gruñido de vez en cuando que acompaña con un cabeceo. Aun así sé que lo que digo le preocupa porque su ceño está fruncido y su mirada perdida… Sé que sabe más de lo que da a entender, pero no sé si sabe lo mismo que yo. Que ya están a las puertas, que no queda nada entre ellos y nosotros. Que antes de la próxima luna llena habrán llegado a la aldea.

Cuando llegamos a la cumbre nos situamos en el círculo de piedras antiguas erigido allí hace más tiempo del que ninguno de los Mayores puede recordar. La Anciana me dijo un día que cuando ella era una joven aprendiza como yo, su maestra le contó que las piedras llevaban allí cientos de años, y que la historia de quién las levantó y cómo lo hicieron hacía mucho que se había perdido en el tiempo.

La reverencia inunda el lugar y dejo que penetre en mí mientras preparamos la pira para la Gran Hoguera que encenderemos esta noche, junto al resto de los habitantes de la aldea. Y recuerdo el Solsticio del año anterior. Recuerdo a todos felices, riendo, bebiendo y comiendo celebrando el retorno del Sol, animándole a salir y contemplando cómo en las colinas cercanas se encendían una tras otra las hogueras de nuestras aldeas vecinas. Todos unidos celebrando que pronto la Diosa despertaría de su sueño invernal y de nuevo la primavera traería la esperanza y la vida.

Y mientras el Sol comienza a nacer cubriendo las montañas con sus rayos dorados, me vuelvo a la Anciana y le digo: _ ¿Qué pasará si un día no encendemos los fuegos para ayudar al Sol a volver? ¿Será siempre el mundo una noche de invierno?

Al principio no comprendo que le pasa, pero después me doy cuenta. La Anciana se está riendo. Se ríe de mí.

– Nosotros no hacemos salir al Sol, niña. – Suavemente me gira la barbilla y me hace mirar al horizonte, al paisaje cobrando vida a medida que la luz lo va bañando – No. No somos tan importantes. El Sol saldrá con nuestra ayuda o sin ella. Pero estas costumbres, estos rituales, nos centran. Nos recuerdan nuestro lugar en el mundo, nos conectan con todo lo que nos rodea. El Sol vuelve a la Tierra una y otra vez, y vuelve también dentro de nosotros. Nos enseña un ciclo que se repite desde siempre y que se repetirá para siempre. Nos enseña el significado de eternidad…

Esa misma noche nos dirigimos en procesión con antorchas a la colina. Toda la aldea acude y guarda un sobrecogedor silencio mientras la Anciana y yo encendemos la pira sagrada. Cuando las llamas nos iluminan y calientan a todos, comienza la fiesta. Bailes, banquetes, risas, cánticos y gritos animan el ambiente. Yo retrocedo sin que nadie lo note y me recuesto en el tronco de un roble cercano. Los observo sin que me vean. Son mi gente, mi pueblo, mi mundo. Mi historia.

Veo a la Anciana buscándome para llamar juntas al Sol y comprendo que me queda tanto aún por aprender, tanta sabiduría, tantos misterios, tanta magia… Y no puedo evitar que las lágrimas rueden por mi rostro. Lloro porque sé que este mundo no durará. Porque el próximo Solsticio no habrá nadie en esta colina para llamar al Sol. El enemigo nos barrerá y con ello se perderán nuestras leyendas, nuestras historias, nuestra lengua y nuestros dioses. Todo lo que una vez fuimos, desaparecerá. Y mientras miro las llamas intentando alcanzar las estrellas, me pregunto si con el devenir de los tiempos alguien recordará quiénes fuimos. Si alguien sabrá que alguna vez caminamos por la tierra y que nuestros dioses vivían junto a nosotros en los ríos y los cielos, en las montañas y los truenos. Me pregunto si alguien recordará que mi pueblo fue un pueblo fuerte, orgulloso y noble que adoraba a la Madre. Que nosotros conocíamos el secreto de la eternidad.

Lloro mientras me pregunto si cuando los siglos pasen y el tiempo borre las huellas de nuestra historia…

¿Alguien nos recordará?

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Historia Antigua > Bajo el frío de la seda

“¡Parecemos un maldito hatajo de bárbaros! ¿No os hace gracia?” Valente se dio la vuelta para oír mejor a Félix. El viento helado y seco del lugar le acribillaba los oídos y necesitaba mirar a quien hablaba para oírle bien. Era verdad. Por su zarrapastroso aspecto, nadie hubiese adivinado que él y sus compañeros eran hombres de Roma. El propio Félix, el legionario modelo, tantas veces felicitado por sus superiores, ahora era la sombra de lo que fue. Con una pierna inservible por el azote gélido del lugar, lo tenía que llevar a cuestas Barca, el esclavo de Libia. El capitán Marcial Marciano Gladiolo lucía una apariencia digna de un pordiosero: su coraza se había oxidado y roto hacía días, su pilum ahora no era más que leña para hogueras, su escudo mostraba innumerables abollones por las flechas partas y su casco se lo arrebataron unos bandidos bactrianos meses atrás. Lo único que guardaba con celo era su gladius, su posesión más apreciada, su amiga más antigua: de ahí provenía su apodo.

“¡Jamás perderás el ánimo, Félix! Sabe Marte que en toda mi carrera jamás he visto legionario con más aplomo que tú.” Valente miró al capitán Gladiolo con aprecio. Era un hombre alto y fuerte, como sus compatriotas de Molosia, de amplia experiencia militar y con un fuerte sentido del compañerismo y del honor. Su aspecto actual no conseguía borrar el aura de liderazgo y de seguridad que desprendía. Valente dio una patada a una piedra del camino, que rebotó en la arena con un ruido sordo. Llevaban innumerables días vagando por el mismo lugar, similar a los yermos de Galilea pero no obstante helado e impiadoso. Las tierras de más allá de Partia no podían albergar el maravilloso reino del que el emperador Antonino Pío no paraba de hablar. Desde que su esposa murió, al otrora buen gobernante le corroía un deseo insalubre de establecer una ruta comercial entre Roma y el reino oriental que conocía el secreto de la seda, una tela cálida que era como agua y que los partos vendían al Imperio en tiempos de paz. Múltiples soldados y comerciantes se ofrecieron voluntarios para formar la comitiva, casi todos gente sedienta de gloria o sin nada que perder. Valente pertenecía a esos últimos. Desde que su amada Cátula pereció había perdido la ilusión, y solamente anhelaba apartarse de todo lo que le recordase a ella.

Los cuatro hombres llegaron a un promontorio, donde el abrazo de hielo del aire del erial les abrasó la piel. Pese a haber sacrificado su caballo para obtener comida y usar su piel como abrigo el viento era implacable. Sus barbas estaban llenas de escarcha, sus músculos les atormentaban con diminutos y constantes pinchazos. De verdad, pensó Valente, que parecían gente sin civilización de aquella que vivía más allá del limes. Miró al cielo azul y despejado y respiró fuerte, lo que le hizo toser. ¿Cómo habían llegado a eso? Todo por culpa de los embajadores, los malditos patricios cebados en carnes exóticas y vino que no alcanzaban a entender la vida de campaña. Se envolvieron de ropas de gasa, abalorios y joyas de todo tipo y se trajeron consigo innumerables tesoros en forma de vidrio, gemas y jóvenes hermosas. Algo así no podía pasar desapercibido. Cruzando el Indo, más allá de la antigua Alejandría, un auténtico ejército de jinetes partos decidió saquear la embajada. Los que no cayeron en combate se desperdigaron. Ya sólo quedaban ellos cuatro, el capitán Gladiolo, Félix, Barca y Valente. Frunció el ceño, se acomodó el escudo y siguió a sus compañeros colina abajo.

El propio Gladiolo insistía en cumplir con su misión hasta el final. Él creía en el honor de Roma, en el valor de los auténticos hijos de la Urbe, y consiguió convencer a los tres hombres que quedaban a que le siguiesen y llegasen al Reino de la Seda. Pronto su determinación pasó a ser la de los otros tres, y sus sueños se tornaron en anhelos de dormir entre sábanas de agua cálida entretejida. Eso fue semanas atrás. Ahora estaban rendidos, exhaustos, congelados, doloridos y desesperanzados.

“¿Qué es aquello de allí? ¿No es una ciudad?” Barca poseía una visión excepcional, por lo que Gladiolo y Valente se detuvieron y escudriñaron el horizonte. A cinco mil passus escasos se intuían las formas de una muralla blanquecina coronada de telas ondeantes rojas y anaranjadas. “¡Bendito Mercurio! Podremos comer caliente y descansar. Estamos lejos de Partia, no serán nuestros enemigos.”, gritó Félix, animado. La pequeña comitiva se apresuró, sus fuerzas avivadas por un calor esperanzador. Llegaron a un sendero desde el cual se divisaba un bosquecillo seco. “Barca, ve con Félix a esos árboles y cuídale mientras Valente y yo vamos a intentar conseguir techo.” Gladiolo no quería arriesgar la vida de un compañero herido y de un esclavo sano y fuerte.

Valente siguió al capitán. El camino, aplanado por pisadas de caballos, conducía al portón de la muralla. Entrecerró los ojos y escudriñó lo que tenía enfrente suyo. A unos cien passus de distancia un pequeño grupo de niños corría, reía y jugaba, ajenos al frío desierto que se extendía ante ellos. Valente no percibió rasgos partos en ellos: poseían unas cabelleras negras como el carbón, lisas y brillantes y unas complexiones menudas. Sus ojos eran muy estrechos, casi como pequeñas rendijas en la cara. ¿Habían conseguido llegar al Reino de la Seda? “¡Ave, niños!”, gritó Gladiolo, mostrando sus palmas en señal amistosa. Al oír la voz del capitán, los pequeños se volvieron a mirar a los dos hombres. Debieron resultarles aterradores con sus armaduras arruinadas, sus cicatrices y el polvo del camino adherido a las pieles, porque pronto chillaron y corrieron asustados a la ciudad. Solamente una chiquilla de unos ocho años permaneció en el sitio, observando con atención a los extraños que se acercaban.

Su aspecto era algo distinto al de sus compañeros de juego. Su complexión era más delicada, su nariz era algo más grande, y sus ojos reflejaban el azul nítido y frío del cielo bajo su flequillo lacio. Vestía una camisa roja brillante y un manto de piel. Al llegar frente a ella, Gladiolo se paró y se acuclilló, mirándola desde su altura con una sonrisa para que no le temiese. Valente soltó su escudo y se apoyó sobre él para tomar aliento. De repente, la chiquilla cambió su expresión, abrió mucho los ojos y señaló la égida. Pese a su deplorable estado aún se reconocía el águila y el fasces grabados en su centro. “Li Quan.”, pronunció la niña mirando a Valente a los ojos con seriedad. El soldado gesticuló con incredulidad. La pequeña tocó el águila con su dedito, miró a Gladiolo y luego a Valente de nuevo y repitió con energía: “¡Li Quan! ¡Li Quan!” Ambos hombres intercambiaron miradas, extrañados. “¡Li Quan! ¡Li Quan! ¡Ga Qin!”, gritó la chiquilla con una gran sonrisa.

Entonces, Valente tuvo una intuición. Su piel se erizó y una sensación cálida recorrió su cuerpo. “Mi señor, ¡nos reconoce! ¡Ha dicho legión! ¡Legión!” En circunstancias normales el capitán hubiese obrado con precaución, pero llevaba tanto tiempo perdido, herido y cansado que no pudo evitar brincar y gritar de alegría. Valente cayó de rodillas entre agotamiento y euforia, y con lágrimas ardientes en los ojos tomó la manita de la niña y se la acercó a la mejilla. “Gracias, gracias, que Juno te bendiga, pequeña”.

De repente, notó que algo afilado y helado le atravesó el hombro. Sangre tibia brotó con violencia del lugar, las lágrimas de esperanza de Valente pasaron a amargas lágrimas de dolor. Miró a su lado: una flecha silenciosa y seseante como una sierpe le había alcanzado. Un estruendo ensordecedor se hizo presente desde las murallas: una veintena de jinetes se apresuraban a la posición de los romanos. Llevaban pieles gruesas y pesadas bajo sus corazas negras, proferían violentos bramidos y esgrimían arcos recurvos con suma maestría como los partos: de no ser así no podían haberle alcanzado desde tan lejos. Como poseídos por un furor ancestral, los jinetes espoleaban a sus corceles con una fuerza casi divina levantando una nube de polvo densa como el humo. Gladiolo desenfundó su maltrecho gladius, preparado para recibir sin temor la carga de los que habían osado herir a su compañero. Valente cubrió la herida con sus manos y se retorció de dolor, consumido por el agotamiento y por la sorpresa.

Lo que ocurrió a continuación fue tan inesperado como milagroso: la niña se dio la vuelta, enfrentándose a sus mayores, y con temor gritó algo a los jinetes. Los romanos pudieron reconocer las palabras Li Quan y Ga Qin. Súbitamente, el que parecía estar al mando de los agresores extendió su brazo a la derecha y frenaron. Sus hombres bajaron los arcos con expresión de preocupación y desmontaron. Sin embargo, Gladiolo no bajó su espada y mantuvo su postura temiendo algún movimiento traicionero. Apoyó su mano sobre el otro hombro de Valente, dispuesto a cargar con él y salir corriendo hacia los árboles si fuese necesario. El legionario herido tosió y flemas negras se estrellaron contra la arena del suelo. Empezó a notar latidos poderosos en su cabeza y poco a poco fue desvaneciéndose. Lo último que alcanzó a ver fue al comandante de los jinetes cogerle la mano a la niña y tenderle su arco a Gladiolo con gesto de culpabilidad. Tenía el mismo pelo de carbón, liso y lacio y los ojos de rendija de sus hombres, pero sin embargo eran azules. Llevaba un bonete de pieles y un abrigo del mismo color rojo que el de la pequeña, de una tela brillante, cálida y ondulante. De seda.

El legionario se desplomó boca abajo. Notó a Gladiolo gritar su nombre y unas manos cogerle por las axilas y un rumor de pasos correr hacia Félix y Barca, pero no le importó. El mundo se hizo cada vez más tenue y distante, y el dolor menos agudo. El frío viento se calentó, la dura arena del suelo se tornó en blandas plumas. No sabía si iba a volver a despertar, pero tampoco le dio importancia. Solamente se dejó llevar por el sueño y el descanso. Pensó en su amada Cátula, a la que nunca había dejado de echar de menos. Contento, cerró los ojos, pues había conseguido llegar al Reino de la Seda, y si bien no volvería a Roma, había establecido el camino para que los que viniesen después de él lo pudiesen recorrer sin errar.

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Historia Antigua > Fatum

La noche se cernía sobre Sycion. Implacable, Selene ascendía a los cielos, para reunirse así, de nuevo, a sus eternas compañeras. Una suave brisa barría las calles de la ciudad y acariciaba los mármoles de los templos que en su camino encontraba. Todo parecía estar en calma. Todo parecía estar bien. Nadie podría imaginarse que en ese mismo momento las Parcas fueran a terminar uno de sus más bellos trabajos.

Lucernas de aceite iluminaban el pequeño habitáculo. Murmullos y jadeos se encargaban de llenar el ambiente. Dos mujeres, una arrodillada frente a la otra, eran las únicas participes de la sombría escena. La que murmuraba, la que jadeaba, era una mujer de edad cercana a los cuarenta, mas su rostro perlado de sudor reflejaba muchos más años y experiencias de lo que cabía esperar en ella. Su cuerpo temblaba presa de la fiebre, y sus cabellos, que algún día fueron dorados, se convertían ahora en ríos de plata sobre el diván.

Aún con el aliento del dios Mors tras su nuca, aquella mujer luchaba con la tozudez y la fuerza que antaño le había representado. No era una fémina cualquiera. Tampoco fue una romana cualquiera. Incluso en aquel momento, humillada, abandonada y desterrada, se aferraba a la vida para dar una estocada final.

Entreabrió los ojos lentamente, y la luz de la luna bañó entonces aquellas esferas azuladas, como el firmamento que vería por última vez.

Las Parcas, amigas traicioneras, colocaron sus antiquísimos dedos sobre un fino hilo dorado, revisándolo cuidadosamente. Cualquiera diría que retrasaban el momento, incluso, con cierto pesar.

Todo comenzó hacía treinta y siete años, en la esplendorosa pero a la vez caótica Roma. Los dioses dispusieron que fuera hija única, y en ella así se reunieron la sangre de los Flacci y de los Graco. Creció y maduró como cualquier otra patricia, mas, a pesar de que su aspecto fuera pulcro e inocente, en su interior se agitaba tal fuego que hasta el más aguerrido de los hombres podría haberse encontrado en su mirada con el peor de sus enemigos.

Ambición, astucia y fortaleza. Pocos conjeturaban sobre lo que habría podido hacer si Júpiter le hubiera hecho varón. Muchos temblaban ante tal imagen.

Casada en primeras nupcias con Publio Clodio Pulcro, tribuno de la plebe, Fulvia Flacca Bambula, que así se llamaba, consiguió ascender un peldaño más hacia la gloria que tanto anhelaba. En su mente no cabían lugar ni el hilado ni la lira, y mucho menos se encontraba en ella el instinto de ser la perfecta matrona romana. No. Ella ansiaba gobernar, y codo con codo junto a Clodio, consiguió acrecentar su poder.

Algunos dicen que el asesinato de este en plena Vía Apia le trajo al corazón una gran pena, mientras que otros sospechan que sentía más la pérdida de su estatus que cualquier cosa en este mundo. Sin embargo, una cosa sí era cierta: más allá de cualquier dolor, algo mucho más fuerte embriagó su corazón. El odio. La repulsión hacia su mayor adversario; el célebre orador Marco Tulio Cicerón.

Pobre de él, incauto, que creyó poder salirse con la suya. Soñó que conseguiría deshonrar a aquella prometedora mujer, mas se olvidó de algo: ella no era cualquiera. Y pronto lo vería confirmado el destino, con su cabeza cercenada sobre las delicadas manos de Fulvia y un alfiler atravesando la más famosa de las lenguas de la República romana.

Su segundo matrimonio fue breve, pero incluso más beneficioso para su propia imagen que el primero. Cayo Escribonio Curio, amigo del fallecido Clodio, fue el afortunado de poseer a tal diamante en bruto. Sin embargo, la diosa Fortuna no le sonrió dos veces y acabó muriendo a manos del ejército del rey Juba I, en plena Guerra Civil.

Pero no todo estaba perdido para ella. Nona, Décima y Morta planeaban algo más grande. Algo que la alzaría hacia el Olimpo pero que, a su vez, precipitaría su caída como si de las Perseidas se tratase.

Su tercer y último matrimonio vino de la mano del general Marco Antonio, ojo derecho de Cayo Julio César. Fue aquí donde su carrera política comenzó realmente, escondiéndose detrás de los pliegues de la toga de Antonio, pues una mujer no era, ni debía ser tan influyente y poderosa. Y aún así, lo era.

Aquella joven, apodada la viuda de Roma, había conseguido llegar alto, muy alto. Pero para ella no era suficiente, ni tampoco para su marido. Una pareja insaciable cuyo choque de caracteres hacía temblar al mismísimo guardián de los avernos.

Los Idus de Marzo avivaron las llamas del león y la viuda de Roma. El asesinato del dictator perpetuus fue el declive para Fulvia, a pesar de lo que ella creía.

Un testamento y un joven Octavio, arrancaron a Marco Antonio del poder que debía ostentar bajo esos curtidos hombros. Los laureles dorados parecían desvanecerse, mas ambos se aferraron como si ningún viento pudiera tambalearles. El Triunvirato llegó, al igual que los desposamientos con vistas a solidificar alianzas con Octaviano.

Esta aparente paz se asemejaba a la calma del océano antes de una gran tormenta. Ni siquiera Neptuno podría haber adivinado todo lo que se avecinaba.

La marcha de Marco Antonio a Egipto con fines diplomáticos dejó a Fulvia sola en Roma. Pero la fiera que dormía apaciblemente en su interior se vio despertada de la forma más abrupta inimaginable: la ofensa.

El joven César Augusto se divorció de su querida hija, y nuestra aguerrida protagonista, reuniendo el coraje del que un día Marte dotó a los gemelos Rómulo y Remo, se alzó dispuesta a defender su honra y la de su marido. Se alzó dispuesta a pelear como un hombre encerrado en un cuerpo de mujer.

Reunió todas las legiones que pudo junto a su cuñado Lucio Antonio, pero su inexperiencia militar le jugó la peor de las pasadas. Fueron sitiados en Perusia, cerca del río que la vio nacer, crecer y ascender hasta lo más alto; el Tíber.

Fue juzgada y desterrada a Grecia. Su honra se pisoteó y su marido la abandonó a su suerte, intentando encontrarla de nuevo, tal vez, en la más famosa de las reinas de Egipto.

Sólo los dioses saben que podría haber conseguido de haber nacido hombre. O puede que tal vez su grandeza radique en el hecho de que consiguió alzarse en una sociedad donde las mujeres sólo servían para las labores del hogar, perpetuar linajes y saciar el apetito voraz de los varones.

Mas ahora, se hallaba sola, únicamente acompañada de su esclava más fiel. Una lágrima surcó por última vez aquella blanquecina mejilla y se enterró bajo los sudores de la fiebre.

No era un gladius. No era una spatha. No era ni un pilum ni un veneno. La enfermedad era la que se la llevaba. Nada había podido hacerla frente sin una lucha previa tras treinta y siete años. Y a pesar de todo esto, su nombre quedaría enterrado bajo decenas de senadores, magistrados, tribunos y generales.

Los espasmos se fueron reduciendo hasta que las Parcas decidieron, al fin, cortar aquel fino hilo dorado que sostenían pensativas. Acababan de tejer la vida de una de las más influyentes y menos recordadas mujeres de Roma.

Puede que en sus últimos momentos su mente flaqueara y pensara que todo había sido en vano, que, en realidad, poco o nada había hecho o conseguido. Por eso es por lo que ahora escribo este pequeño homenaje, para hacer justicia a una mujer que no vivió de rodillas como su época lo requería, si no que supo aguantar en pie, desafiando cualquier embestida del destino.

Según cuentan las crónicas, su muerte sirvió de alianza y paz para Octaviano y Marco Antonio, perpetuando así el frágil Triunvirato.

Y entretanto, Fulvia caminaba pausadamente por los Campos Elíseos, sin conocer que gracias a su partida, la República sobreviviría unos cuantos estíos más.

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Historia Antigua > Destino

La sandalia se enganchó con unas zarzas y cayó pesadamente al suelo.

—Ares me está castigando —gimió, dando un tirón e intentando hacer caso omiso del dolor que le producían las espinas al desgarrar su piel.

Su polis estaba siendo atacada por otra vecina y debería estar defendiéndola. Su padre, un rico mercader, le había obligado a entrenar como soldado en caso de que la ciudad lo requiriese. Pero no era su culpa ser un cobarde; había nacido así. Él solo quería continuar con el negocio familiar, encontrar una buena mujer y tener unos hijos que lo perpetuaran. Hijos a los que no obligaría a luchar en contra de su voluntad. Si alguna vez pensara en volver, plantearía la cuestión de la creación de un ejército profesional. Quizá no algo tan extremo como el caso de Esparta, pero lo suficiente como para que gente como él se librarse de luchar.

Por un momento dejó de tirar y se sentó en el suelo. Sonrió para sí, pensando en su vida. En realidad, Euterpe lo había reclamado desde niño. Su auténtica pasión era la música, pero jamás hubiera podido confesárselo a su padre. Su sentido pragmático le hacía despreciar cualquier tipo de arte. Es por ello que se había dedicado en cuerpo y alma al negocio familiar: la cerámica. Nunca habían pasado miserias gracias a ella, ya que su buena calidad les había hecho gozar de cierta fama.

¡Pero esos estúpidos lo habían estropeado! Maldecía la actitud beligerante de las personas. Maldecía a cada hoplita. ¡Maldecía a Ares!

—Apolo, ayúdame —murmuró, encomendándose al dios con el que sentía mayor afinidad. Pero ese nombre le devolvió un recuerdo que había enterrado muchos años atrás—. Apolo…

Levantó la vista, aterrado, y la fijó en su sandalia. De repente, casi podía sentir el aliento de Hades en su nuca.

Una vez, cuando era pequeño, su padre lo llevó al santuario de Apolo, en Delfos, para consultar su porvenir. Pese a su espíritu práctico y terrenal, había sido un hombre temeroso de los dioses. La pítia que les atendió apenas había dejado atrás la niñez. Recordaba de ella un peplos blanco y unos bucles castaños.

—La causa de tu desdicha ha sido predicha —había comenzado con voz firme, pero al momento dudó y miró al sacerdote de su derecha—. ¿Qué rima con sandalia?

El hombre arqueó las cejas.

—¿Represalia? —aventuró.

La sibila sacudió la cabeza, claramente enfadada.

—No necesito estas pantomimas. Morirás por culpa de tu sandalia —espetó, levantándose y dirigiéndose a la salida. —Disculpe —la detuvo su padre—. No lo entiendo. ¿Puede ser más específica? —No, no puedo —contestó ella, malhumorada—. Da gracias a que no se me ha ocurrido ninguna rima, porque si no hubiera sido mucho menos clara. Y estoy segura de que me reprenderán por no hacer profecías en verso fingiendo espasmos.

Miró de reojo al sacerdote que, efectivamente, tenía cara de abochornado.

De repente aquel día volvió como si hubiera sido el anterior, con todo lujo de detalles. Había sido el comienzo de todo. Su padre no comprendía como una sandalia podría causar la muerte de nadie, pero decidió entrenarlo como soldado para que estuviera preparado. Él, por su parte, no creía que el destino estuviera escrito y lo tomó como un negocio de los sacerdotes para estafar a los devotos. No había vuelto a pensar en ello, pero de repente, aquella sandalia atascada en las zarzas se convirtió en una condena tangible. ¿Qué sería? ¿Soldados enemigos que le darían alcance? ¿Ladrones? ¿Algún animal salvaje? No, el destino no existía; eran todo cuentos de viejas. Se negaba a creerlo. Comenzó a dar tirones más fuertes hasta que arrancó parte del zarzal.

Finalmente pudo sacar el maltrecho pie y abandonar la sandalia en él. Se dejó caer hacia atrás, mirando las copas de los árboles y jadeando por el esfuerzo.

—¡Me rio de la fatalidad! —exclamó con alegría—. ¡Me rio de ti, sibila! Estés donde estés… ¡Fallaste!

De repente escuchó un siseo a un lado. Lo primero que vio fueron unos grandes huevos blancos rodeados de algo verde. Lo siguiente, una gran boca dirigiéndose a toda velocidad hacia él.

Y es que en aquellos tiempos de dioses y héroes, de monstruos y criaturas inconcebibles; en aquella época en que la mitología aún estaba fraguándose, de mitos y leyendas, de misiones suicidas y de castigos divinos, había algo que todo el mundo sabía: Podías intentar rebelarte contra tu destino, pero éste era inevitable.

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Historia Antigua > Cuento de equinoccio otoñal

Sí, nadie le había mentido, la realidad de aquella mañana coincidía con lo que sus padres y los ancianos de la tribu le habían contado. Baelisto, el dios sol que les calentaba y les iluminaba, estaba perdiendo fuerza y sus rayos cada vez menos cálidos daban un aspecto melancólico y soñoliento a los árboles que rodeaban el castro, los cuales comenzaban a transformarse ante los curiosos ojos del pequeño que degustaba una pequeña torta de harina de bellotas, de las primeras que había recogido su madre en una de sus incursiones diarias en el bosque. El niño había presenciado el rito del equinoccio la noche anterior, había escuchado las invocaciones a los dioses y después había asado castañas junto con otros niños en el rugiente fuego de la hoguera. Todos parecían tranquilos esa noche, pues ya habían finalizado los trabajos en los campos y la cosecha estaba a buen recaudo. Ahora tocaba organizar las partidas de caza pero eso al niño no le preocupaba demasiado: sabía que nada les faltaría durante la época oscura, pues el sacerdote auguraba buenos tiempos para una tribu que había atendido a las divinidades durante el ciclo anual.

Observando los árboles dorados y rojizos que parecían proteger la pequeña aldea, el niño se preguntó si Endovélico y Arconi ya estarían moviéndose por el bosque para proporcionarles dulces frutos silvestres y fuertes animales salvajes. Entrecerró los ojos al creer distinguir la enorme masa de un oso pardo pero se equivocaba: tan sólo era una sombra. Sonrió para sí imaginando que encontraba a los dioses en la densidad de la floresta, ahora que sus compañeros de tribu parecían atareados: algunas mujeres curtían pieles, las más molían el grano, los hombres guardaban las herramientas del campo y se disponían a preparar las armas de caza, algunos niños alimentaban a los cerdos... Entonces tuvo una idea: corrió a uno de los corrales de la aldea y tras hacerse con un cuenco tallado en madera, ordeñó con pericia a una de las cabras que allí pacían. Después y procurando no derramar ni una sola gota de leche, corrió hasta adentrarse entre los árboles, percibiendo que los familiares y rutinarios sonidos de la aldea eran sustituidos por el crujido de las hojas secas bajo sus pies y los cantos de los pájaros.

Muchas eran las advertencias que había recibido de sus mayores en cuanto a perderse en el bosque conforme se acercaba el umbral del Nuevo Año. El velo que separaba a vivos y muertos se haría más fino y el pequeño sabía que corría peligro si se encontraba con algún ser del Otro Mundo que quisiera llevárselo con él antes de tiempo. Por suerte, la prudencia era una virtud arraigada en el niño que caminaba con propiedad entre los árboles sosteniendo entre sus dedos el cuenco de leche sin dejar de mirar a un lado y a otro, pendiente de cualquier sonido, de cualquier movimiento que le resultara extraño. Aún las mujeres del castro contaban la historia del guerrero que, en un alarde de incauta osadía, había sido arrastrado al fondo de un lago cercano al desafiar al viejo Airón, guardián del umbral del Otro Mundo bajo las aguas.

Se detuvo frente a un grueso roble que destacaba entre los demás y allí, con inocente devoción, derramó la leche esperando complacer a los dioses para que nada faltara a su tribu durante los meses de oscuridad... Sabía que los almacenes estaban repletos de grano y que pronto habría carne y pescado en salazón, además de las confituras de frutas del bosque y miel que comenzarían a preparar las mujeres, pero el pequeño sentía que él también debía hacer su parte hasta que en unos años pudiera formar parte del grupo de jóvenes guerreros.

Y tras los arbustos, Endovélico y Arconi se miraban con complicidad y sonreían complacidos... La caza sería abundante y la recolección, fructífera. Nada faltaría a la tribu.

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Historia Antigua > A sangre y acero

—Deja que el chico lo vea —dijo su marido desde el caballo.

Una vez dada la orden, se alejó de ellos.

Muy a su pesar, Clodilla Tercia apartó la mano de la cara de su hijo de ocho años para que observara el camino por el que transitaban. La imponente Vía Apia se extendía ante ellos; su destino era la ciudad inmortal. Su esposo, Marco Domicio Ahenobarbo debía acudir para tratar sus negocios y había trasladado a toda su familia junto a él. Clodilla Tercia había retrasado el viaje todo lo posible, esperando que para aquel entonces hubieran acabado con ese espectáculo, pero no estaba casada con un hombre paciente, y el viaje había sido inminente.

Parecía que en esos tiempos la templanza no regía entre los romanos.

El niño se giró extasiado para contemplar la obra de uno de sus héroes, y ella fijó sus ojos verdes en algo que había durado demasiado. Mientras que el pequeño Cayo se hacía un hombre a pasos agigantados y encontraba grandeza en lo que ella solo podía calificar como penuria, pensaba en que alguien con poder debía acabar con eso que, sin lugar a dudas, había cumplido su misión. Eran un pueblo orgulloso, temido y estaban dando una lección a los pocos enemigos que podían hacerles frente.

—¿Crees que padre me dejará escuchar de nuevo la historia?

Cayo se merecía su atención, y no el macabro acontecimiento que les rodeaba.

—Está ocupado —dijo al asomarse para vislumbrar a su marido muy adelantado—, no creo que pueda atenderte.

—Yo puedo contártela, si así lo deseas. —Ofreció su ayuda Clodia Secunda, que viajaba con ellos hasta Roma.

La voz de su hijo, todavía púber, resultaba chillona y estridente, sobre todo al saber que podría escuchar de nuevo la historia de sangre y muerte que tanto le había entusiasmado. Sabía que su marido no aprobaría esa distracción, pues, aunque él era un pariente menor, su familia no comulgaba con Marco Licinio Craso. Aunque admitieran que había atajado un problema que podría haber sido mucho mayor. La narración de su prima comenzó como siempre: «Era un tracio que no se sentía romano...», y ella volvió a fijar la mirada en el resultado de la guerra.

Clodilla Tercia se había ataviado como la matrona que era: su traje ajustado gracias a unas cintas de seda, su pelo recogido, un velo que lo cubría por el polvo del camino y se había adornado con escasa joyas, pues debían pasar mucho tiempo viajando. Tras ellos, una caravana de esclavos cuidaba de sus mercancías. Mientras la dulce voz de Clodia Secunda narraba las proezas del ejército romano, ella agarró su velo para taparse la nariz y la boca.

Lo peor de todo era, sin duda, el olor que desprendía la victoria.

La Vía Apia era un lugar muy transitado, sobre todo desde Capua a la gran urbe. El mensaje estaba claro: somos Roma, nadie puede con nosotros. Y mucho menos un ejército de pordioseros.

En el corazón de esa matrona crecía la idea de que la represalia había durado demasiado. Cada pocos pasos, cuerpos corroídos crucificados decoraban el camino empedrado como una macabra visión de lo que debería ser el Tártaro, la morada de Plutón. Las moscas zumbaban alrededor, las alimañas habían hecho de esos cadáveres su comida y los gusanos sobresalían por las cuencas vacías de aquellos ojos. Y, aun sí, lo peor de todo seguía siendo el olor.

Había pasado demasiado tiempo. El mensaje no daba opción a la duda.

Pero si algo tenía claro Clodilla Tercia, la tercera de las primas llamadas Clodia, era que los hombres romanos no tenían mesura ni límite a la hora de honrar a la patria. Ella amaba sus orígenes. Roma era el principio y el fin; Roma era duradera, eterna y mística; Roma era sagrada y su único y verdadero hogar. Ningún romano que se preciara osaría decir su nombre secreto en voz alta, aunque ella, solo por un instante de flaqueza, pensó que con tal de que su hijo no adorara esa desagradable situación, podría haberlo gritado. No lo haría, por supuesto, antes que madre, antes que esposa, antes que mujer, era romana.

Sin embargo, estaba segura de que aquel que se había levantado contra ellos lo hubiera hecho sin dudar si lo hubiera sabido. No todos estaban al corriente, ella lo conocía por casualidad. Su marido, que no le escondía nada, le había dado la clave, a modo de acertijo, para poder llegar a saber el nombre secreto de Roma. Nunca debía decirlo en voz alta, pues, si lo hiciera, las entrañas de la tierra se abrirían y engullirían a la ciudad nacida del esfuerzo de Rómulo y Remo.

Eso no ocurriría jamás. Roma era inmortal.

En cambio, los romanos eran mortales y cometían errores. Una persona sensata habría acabado con ese espectáculo de carne podrida. Había pasado un tiempo razonable desde la victoria de Marco Licinio Craso, el patricio más rico y, en esos momentos, también el más querido. Los hombres se cegaban ante el triunfo, los desfiles militares y las coronas de diversos tipos de hojas de árboles —dependiendo de lo que hubieran conseguido—. Las mujeres romanas, en cambio, eran prácticas. Y esa característica debía pasar de ella a Cayo, ya que no habría más descendencia.

El movimiento de su hijo, dando saltos de alegría en su asiento, la distrajo de sus pensamientos. Pronto llegarían a su destino. Y aquella Clodilla, la tercera de su nombre, desconocía que sería testigo con sus propios ojos de como otro Cayo, distinto a su pequeño, sacudiría la civilización desde sus cimientos, sería el artífice de un cambio radical en su forma de vida y de pensar. Ese otro Cayo haría inmortal a Roma y dejaría tras él un reguero de sangre, pues, según parecía, esa era la manera favorita que tenían los romanos de hacer historia.

A sangre y acero.

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Historia Medieval > La trágica leyenda de amor de los Jotuns

Después de las incursiones del verano a Normandía, con un escaso botín y demasiadas bajas, los vikingos volvían a casa. Allí, en tierras escandinavas les esperaba el rey Leif el sabio, con un gran festín de bienvenida. Pero él no tenía conocimiento de lo ocurrido, así que después del gran festín reunió a todos los guerreros disponibles para planear una nueva expedición a tierras desconocidas, donde poder encontrar grandes riquezas. Esta vez se trataba de un lugar mucho más lejano del que estaban acostumbrados a viajar. Se trataba del Mediterráneo, lugar del que habían oído hablar sobre unas grandes civilizaciones.

Un año más tarde, en el 844, un gran número de vikingos iniciaron la expedición al Mediterráneo. Cuando estaban a punto de llegar a su destino, un terrible temporal hizo que desgraciadamente un barco se desviara de su ruta. Se trataba del navío de una familia de granjeros-guerreros, los Eriksson. La familia no se preocupó de lo que pudiera suceder, ya que como buenos guerreros sabían que sí morían, Odin les reclutaría para ir al Valhalla.

Por suerte, naufragaron en una pequeña isla llamada Nura. Estaba casi virgen, pero había varios asentamientos nativos. La familia recorrió toda su superficie, pero finalmente se asentaron a las afueras de un pueblo llamado Ciutadella, al oeste de aquel islote. En ese mismo instante empezó a llover, y el padre se dio cuenta de que sus pequeños hijos estaban algo asustados por estar en tierras desconocidas y sin saber que peligros podrían acecharles. Por eso decidió resguardarse en un viejo monumento que recordaba vagamente, la Naveta des Tudons.

Fascinado por lo que estaba viendo, el padre finalmente se acordó de que le sonaba aquel monumento, ya que gracias a unas viejas historias que le contaba su abuelo de pequeño reconoció el lugar dónde se encontraban. Así que decidió contarles aquellas historias a sus hijos para tranquilizarles. Comenzó contándoles las sangrientas batallas que allí se produjeron y todos los secuestros e intervenciones de los dioses. Hasta llegar al relato de los jotuns, que habían llegado a Midgard a través del puente del arco iris. Y siguió relatando así:

Y cuenta la trágica leyenda de amor de los jotuns, hijos míos, que en tiempos remotos dos jóvenes gigantes que llegaron a estas tierras cercanas a Ciutadella, se disputaban el amor de una joven doncella, Gerð, que se mostraba indecisa por cuál de ellos escoger como marido. A fin de resolver la disputa de forma pacífica, los jóvenes gigantes se retaron en un duelo de fuerza y habilidad para realizar dos imponentes obras distintas. Uno, debería construir una naveta con grandes bloques de piedra bien tallados y el otro, cavar con la fuerza de sus brazos un profundo pozo del que brotase agua.

Enfrascados en el duelo, los pretendientes se dedicaron durante días y días a sus respectivas obras con la mente puesta en la mano de la doncella, pero sin dejar de prestar atención a los progresos que realizaba su oponente. Hasta que un día, cargado con la última piedra al hombro, el gigante de la naveta pasó junto al pozo para comunicárselo a su adversario y declararse así como vencedor, pero de lo más profundo del agujero se oyó;

- Ya no importa que la termines, porque acabo de hallar agua. He ganado yo!

Cegado por los celos, el gigante responsable de la construcción del monumento cedió a su propia cólera, levantó la gran roca que cargaba encima y la arrojó a lo más profundo del pozo, del que salió un grito que desgarró el aire.

Algunos dicen que el asesino huyó avergonzado para no regresar jamás, otros aseguran que se arrojó al mar por el peso de su culpa, pero en lo que todas las historias coinciden es que por ese motivo, la roca que le falta a la fachada de la Naveta des Tudons se encuentra en el fondo del pozo, de donde nunca pudo ser recuperada. En realidad se trataba de Loki, que se había disfrazado de doncella para poder acabar de una vez por todas con aquellos que un día pasaron por el puente del arco iris hasta llegar a Midgard. Gracias a su magia pudo manipular a los gigantes, ingenuos ellos de todo lo que les ocurría a su alrededor.

Y en la gran roca se podía leer unas runas, que decían: ᛚᛟᚴᛁ ᛖᛊᛏᚢᚩᛟ ᚨᚳᚢᛁ (Loki estuvo aquí).

Actualmente hijos míos, -dijo el padre-, sabemos de esta historia gracias a que mi abuelo me contó el Skírnismál, el poema que narra el cortejo de Gerð en Midgard, y lo que realmente hizo Loki, por órdenes de Odin, para destruir a los últimos jotuns aquí en este monumento, considerado el más antiguo edificio dónde se realizaban rituales funerarios y sacrificios. Pero sus hijos se habían dormido hace unas cuantas horas, ya que estaban exhaustos de su larga aventura, así que el padre decidió contarles el final en otra ocasión.

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Historia Medieval > La idílica muerte del guerrero

Einarr avanza en primera fila respaldado por sus cientos de hermanos de armas, que entre chocaban una y otra vez sus escudos. Y aun así los grandes tambores a unos cuantos metros detrás de él llegan a retumbarle el pecho, las gaitas a la par son el perfecto acompañante. Los cuernos que mostraban al enemigo que estaban listos y ansiosos, zumban en sus oídos y los canticos de guerra entonados por aquellos valerosos guerreros, llenan toda la llanura con sus atronadoras voces.

Dos grandes cuervos graznan en lo alto, describiendo círculos, avanzando con ellos. Ansiosos por darse un gran festín o expectantes ante la gran batalla que se avecina. Einarr confía en que estuvieran de su parte yaqué aquellas gigantescas aves yacían en su estandarte a sendos lados de su dios, acompañado de sus dos fieros lobos.

El día renace una vez más, pero la tormenta aun sigue centellando en los cielos. Los truenos se escuchan por encima del estruendo de la horda, “el tambor” del dios del trueno en sintonía con los suyos, los alienta a marchar con paso firme. Dándoles su bendición para la batalla.

La lluvia cae sobre él, empapándole su furioso rostro, la larga trenza y su salvaje barba. El viento agitaba su cota de malla sin mangas para dejar libres sus agiles y poderosos brazos, y mostrar al enemigo sus tatuajes y cicatrices. El metal frio de su mjolnir parece calentarse encontraste con el calor febril que le inflamaba el pecho. El vapor blanquecino que expulsa con cada bocanada asciende hacia el cielo, como si su alba se estuviera preparando ya para alcanzar el gran banquete.

Mientras avanza no puede detener el impulso de levantar la mirada hacia el gran nubarrón negro que casi no dejaba pasar los rayos del sol, que una mañana más desea bañar con su luz todo Midgard. Su mente no deja de soñar con el gran salón de los héroes.

El Jarl da la orden de detenerse. Y sus manos asían con fuerza su hacha y su ulfberht, rogando para sus adentros que los mandara atacar. Observa al ejército enemigo que le devuelve la mirada multiplicada por mil. Con sus armaduras, armas y escudos perfectos y sus estrategias que podían derrotar a cualquier ejercito, un imperio que podía tomar cualquier civilización.

Einarr sonríe, cosa que el enemigo no puede repetir. Pues como pueden sonreír soldados de oficio ante la indómita actitud de aquellos que son guerreros por vocación. Luchar por dinero o luchar por que lo llevas en la sangre. Este enemigo tan débil jamás tomara sus tierras, jamás convertirá a su gente. Estos pensamientos hacen arraigar la locura en su mente y extenderla por cada una de las fibras que componen su ser y la ira comienza a brotar.

Cuando siente que ya no puede aguantar ni un segundo más, que no puede soportar la quietud, que va a explotar por sus ansias, el Jarl da la orden de atacar.

La imparable horda de guerreros sedientos y febriles se lanza al ataque, exacerbados por el grito que todos pronuncian al unísono. El líder enemigo hace avanzar a los arqueros que disparan la primera andanada. Sus compañeros de armas se cubren con los escudos, pero Einarr no, él no usa escudo y no puede hacer nada salvo ignorar las dos flechas que en un instante brotan de su pecho y abdomen. Una segunda andanada respalda a la primera, esta vez solo le rozan, provocándole pequeños rasguños, cicatrices de las que alardear en las fiestas. Para cuando la tercera andanada vuela, ya no se encuentra en su trayectoria.

Ante el inminente choque de fuerzas, los arqueros corren a refugiarse tras las filas aliadas. Los soldados cierran filas y rezan para ser lo suficientemente resistente como para resistir la marea de acero que se les echa encima.

Einarr placa con todas sus fuerzas al soldado que tiene enfrente, empala con su espada al de su derecha y decapita con su hacha al de su izquierda para después rematar con ambas al primer soldado que yace a sus pies.

Sus camaradas se apartan de él guardando las distancias, con el que hasta hace un segundo era Einarr, pero que ahora es un remolino mortífero. Su hacha y su ulfberht vuelan aparentemente sin orden, pero cada una de sus armas da en el lugar correcto, paran o desvían sin dificultad los ataques del enemigo, que no puede detener los envites de sus movimientos. Cada pie es colocado en el lugar correcto para aguantar el equilibrio o que un golpe caiga sobre sus rivales con más fuerza o rápidez, cada posición es idónea para esquivar cada contrataque que ni siquiera sus ojos son capaces de adivinar. Pero su instinto le guía y le mueve casi sin darse cuenta. Convirtiéndole en el guerrero de élite que es. El cual sus enemigos jamás han visto. El es la máquina de matar perfecta y lo sabe, porque eso lo demuestran las victimas que caen a sus pies. El es el perfecto guerrero: sin miedo, sin dolor, sin cansancio, él es un Berserker.

Docenas yacen ante él, y el terror empieza a hacer meya en sus enemigos, que tropezándose unos con otros intentan alejarse de aquella furia del norte. Einarr avanza respaldado a cierta distancia de sus compañeros que le cubren sus ángulos muertos.

Para su disfrute comienzan a aparecer guerreros que, como él, han nacido para la guerra y Einarr disfruta cuando al fin alguien es capaz de aguantar más que los debiluchos a los que ha ido barriendo. Pero no dura mucho, sigue avanzando confrontando a hombres que le aguantan un poco más, pero que nada pueden hacer para detener la locura guerrillera de la que hace gala.

Empieza a coger fama entre el ejército rival y cada vez acuden mas y mas guerreros a su encuentro. Cada uno más fuerte, fiero y resistente.

Pero los muy estúpidos están empeñados en llevar armaduras de cuerpo completo, que no hacen sino volverles más lentos. Sus armas no pueden atravesar esas gruesas corazas, pero siempre tienen un punto débil, y no tarda en encontrarlos. Su Ulfberht consigue colarse en cualquier resquicio y terminar con ellos de un solo golpe.

Sus hermanos lo llaman y de vez en cuando, él los oye a través de su mente febril y acude allí donde un enemigo les está dando problemas y despacha rápidamente a aquellos que tan fácilmente han derrotado a sus compañeros.

Sus compañeros caídos, los rivales que el mismo ha ido matando y el caos de la batalla hacen que la fiebre aumente y que alguna vez hiera por error a alguno de sus camaradas que no se había dado cuenta de que él se encontraba cerca. Pero lo bueno es que el dolor y la fatiga van remitiendo, sus pulmones y garganta dejan de arder y las incontables heridas que recorren su cuerpo dejan de hacerle efecto y puede mover sus articulaciones sin molestia laguna. Al fin se encuentra en su mejor estado para hacer frente a lo que sea.

Es entonces es cuando aparece,a Einarr no le cuesta adivinar que su nuevo rival es el mejor solo con verlo, casi tan alto como él mismo. Pero no puede verle la cara, debido al yelmo, su armadura es pesada, hecha para hacer que su dueño parezca más grande, maneja un escudo y una espada algo mayor que el resto y aun con todo lo que lleva encima se maneja bien.

El vikingo levanta los brazos y aúlla agradeciendo a Odín por encontrarse por fin a un enemigo digno. Y este duda ante su locura. El caos parece ralentizase para ver el duelo. Einarr lanza un grito a su oponente, que aun que no entiende su lengua parece comprender su desafio y corre a su encuentro.

Los guerreros se encuentran y comienza el baile mortal. Las armas se unen una vez tras otra y ninguno flaquea. Einarr es mucho más rápido y esquiva todo lo que su rival intenta asestarle, pero por muy rápido que sea su enemigo siempre consigue protegerse sus puntos débiles. Su contrincante se escuda mucho y arto ya de aquel trozo de madera pronto da buena cuenta usando su hacha, hasta que no quedan más que astillas. Su enemigo se despoja de lo que queda y empuña su espada con dos manos.

Einarr arremete colérico consiguiendo hacerle retroceder. El contrincante se maneja bien con una sola espada y no puede asestarle el golpe de gracia, su armadura magullada aun sigue aguantando todos sus golpes. Recibe unas cuantas heridas nuevas pero hace ya mucho que está por encima del dolor.

Einarr da un giro rápido de izquierda a derecha, haciendo un amago con su hacha para despistarlo, pero la espada rival acaba incrustándose en su pecho casi hasta la mitad y su enemigo ríe de júbilo por haber dado muerte a aquel demonio. Pero la sonrisa abandona su rostro al oír la risa gutural del vikingo y ve la muerte cerniéndose sobre él.

Einarr ríe ante la situación y descarga una última vez su ulfberht sobre el cuello desprotegido del enemigo. Que cae hacia atrás sin vida, dejando aun su espada hundida en el pecho, que va arrebatando todo poder y fuerzas al cuerpo del nuevo héroe del gran salón.

Einarr levanta nuevamente la vista al cielo y con una sonrisa en el rostro ve como una valkiria se acerca para recogerlo y llevarlo a su nuevo hogar, dónde convertido en einherjar esperaría el Ragnarök, que bajo las órdenes del gran dios Odín lucharía su última batalla.

Antes de que su espíritu abandone su maltrecho cuerpo, para reunirse con guerreros legendarios y amigos caídos en anteriores batallas, quiere alentar a sus antiguos compañeros, para que ellos ganen la batalla. Reúne todas las fuerzas que le quedan, levanta su voz al cielo para que todos le oigan y grita.

¡¡VALHALLA!!

Lo último que oye es la respuesta de sus antiguos compañeros, que vuelven a atacar con renovadas fuerzas y cae al suelo sin soltar sus armas.

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Historia Medieval > Acero con sed de sangre

En un bosque denso y con restos de nieve, en el norte de la vieja Europa, la tranquilidad y el canto de los pájaros se ve truncado por ruidos de caballos, gritos y ladridos de perros. De repente se ve un grupo de hombres y mujeres con niños en los brazos, vestidos con túnicas en tonos de marrón y gris, siendo perseguidos por unos treinta soldados a caballo armados con lanzas, espadas y vestidos con cotas de malla y, junto a estos, perros de presa, ladrando como si seres del averno se trataran, asustando a los perseguidos. Al final los guerreros han podido rodear a las personas que van a pie mientras algunos de los perros atacan a estos mientras se defienden de los mordiscos de los canes como bien pueden, son apuntados con las lanzas en un círculo para evitar que alguno se escape. Acto seguido los soldados alancean a los rodeados y algunos de estos de defienden con piedras y a puñetazos mientras rezan plegarias pidiendo al dios Odín que les acepten en el Valhala, pero las lanzas son mas rápidas y contundentes y caen en un abrir y cerrar de ojos. Una madre entre algunas de ellas, recibe dos lanzadas protegiendo a su retoño de unos pocos años de edad, moribunda la madre le pide a su hijo que juegue a estar escondido y callado bajo sus ropajes. Silencio es lo único que se oye, pues los animales del bosque contemplan a un montón de gente muerta, mientras se ve a los soldados alejarse al galope hacia su territorio. Los lobos y cuervos al ver la carne y sangre, se van acercando, cuando de entre los cadáveres sale un niño de unos 7 años, sollozando mirando al grupo, asesinados sin compasión. La noche cae y el único ser humano que hay por allí es el crio, ya no llora pero aun sigue de pie, pensativo, cuando desde el fondo se oyen unos pasos que se dirigen hacia el, su única reacción, agacharse y cerrar los ojos, demasiado asustado esta para huir.

-¡Chico!-dice la voz de los pasos-¿Qué ha pasado aquí?¿Estas solo?

El niño en un acto de valentía levanta la cabeza mirando aquella persona y ve a un hombre de barba larga, con un bastón largo y acompañado de un gato grande y peludo que corre hacia el chaval. El hombre se acerca al chico diciéndole que no tiene por que temer, que no le hará daño alguno, mientras el gato le lame la cara en modo de amistad. El niño viendo que no era ningún soldado enemigo, se levanta y corriendo se acerca a las piernas del hombre, abrazándole una de ellas y rompiendo a llorar. El hombre le acaricia y le dice que no se preocupe, que todo se va a solucionar, mientras coge al niño en brazos y se lo lleva junto a él, en su casa al otro lado del bosque junto a un riachuelo, a las afueras de un pueblecito de unas cincuenta casas. El hombre, se va alejando del lugar, mientras el gato va correteando de aquí para allá, pero siguiéndole. Llegando a su casa, se oyen varios animales, entre ellos los patos que están durmiendo justo en el paso hacia la puerta principal de su casa. El niño al llegar a la casa esta medio dormido, el hombre le sienta en una silla de madera y va a coger algo para cenar de la cocina, de dentro de una olla que esta en el fuego. Saca dos platos de carne y verduras hervidas, pero al llegar a la mesa, ve al chico con los brazos cruzados dormido. El hombre lo coge y lo lleva a una cama que tiene de paja y lana y lo cubre con una manta, mientras el niño balbucea el nombre de su madre y se gira.

Entra luz por la ventana y los rayos del sol de un nuevo dia están empezando a pegarle a la cara del niño, que molesto, se va despertando poco a poco, mientras abre los ojos.

Con los ojos ya abiertos y mirando a su alrededor, ve que esta en una casa desconocida para el, lejos de su aldea natal. Esta solo dentro de la casa, una casa de madera con varias ventanas, dos camas, una mesa con cuatro sillas y dos taburetes y, al lado de una chimenea, un portal. El rapaz se se levanta curioso y al ver que no hay nadie por la casa va a explorarla. Cuando se acerca al portal de al lado de la chimenea, le salta el gato del hombre, sorprendiéndolo y acto seguido el gato se friega contra sus piernas, dándole a su modo los buenos días. Ve que la habitación es la cocina y acercándose a la olla que hay, con comida fría en su interior, mete la mano y empieza a comer como un poseso del hambre que poseía el crio. De repente se oye la voz del hombre:

-¿Ya estas despierto?-dijo con su voz profunda-¡Come despacio hombre, que no te lo van a quitar!

El chico del susto le cayó un trozo de carne al suelo y mirando al gato que corrió hacia el pedazo de carne, miro al hombre y le pidió perdón, mientras el hombre sonreía. Acto seguido el hombre le dio frutas que había cogido del bosque la noche anterior, mientras el chico las comía de buena gana. Los dos se sentaron a la mesa y el hombre le preguntó al chico como se llamaba y que había ocurrido:

-Me llamo Thorir, huíamos de los soldados de una aldea del otro lado del bosque-dijo el chico mientras comía. El hombre asintiendo le contestó: -Yo soy Gunnar y aquí puedes estar tranquilo, nadie te hará daño. El hombre, Gunnar, se levanto de la mesa y le pregunto a Thorir que le siguiera. Gunnar al salir, cogió el baston y una capa, poniéndose los dos a caminar adentrándose en el bosque. Thorir va desacelerando el paso poco a poco, con lágrimas en los ojos. Gunnar percibe que frena y lo espera. Llegando los dos al lugar, se ve de fondo el grupo del que el formaba parte, uno al lado del otro, encima de pilas de madera. Gunnar encendió un fuego pequeño con unas ramas sueltas de alrededor y se dirigió a Thorir diciéndole: -Thorir, por la mañana, justo antes de amanecer he venido a preparar a tu gente para darle un funeral digno de un rey. Tu solo tienes el privilegio de concederles eso a tus amigos y a tu madre. Coge una rama y acércalo a una pila de estas.

Thorir se acerco con lágrimas en los ojos, se agacho a la pequeña hoguera y cogiendo una rama en llamas, la lanzo a los montones de madera con los cuerpos encima. De repente prende la madera y va encendiéndose todo. Thorir, se aleja unos metros de Gunnar, pasando de las lágrimas en los ojos, a la rabia. Las ganas de vengar a su madre y a los suyos no ha hecho nada mas que empezar. Se para, solo para gritar en voz alta, una cosa que a Gunnar le hizo recordar tiempos pasados:

-¡¡¡Odín, juro por todo Asgard que los que han dado muerte a lo pagaran y daré mi vida para que no vayan al gran banquete!!!

Acto seguido, contemplando entre lágrimas y rabia, las pilas funerarias ardiendo, Gunnar le dijo si quería vengarse de verdad y Thorir asintió. Al cabo de un rato se fueron los dos a la casa. Gunnar le dijo que le siguiera y juntos fueron a una choza donde este guardaba cajas. Se acerco a una de ellas, la abrió. La caja estaba repleta de espadas de diferentes tamaños, estilos y colores. Thorir se acerco a Gunnar con brillo en los ojos. El hombre le dijo que tenia espadas de casi todos los lugares de Middgard, también tenía cotas de malla y escudos. Le explico al joven que años atrás viajaba y canjeaba objetos de su región por objetos de otros lugares. También que fue a algunas batallas y consiguió botines de los cuales algunos los conservaba. Thorir le saltaban los ojos de un lugar a otro, ávido de verlo todo y también tocarlo. Gunnar le soltó la frase en que Thorir, podría hacer realidad su promesa:

-Thorir, eres joven aun, pero aquí puedes quedarte, te ofrezco mi casa, te alimentare y te adiestrare en el manejo de armas en combate. A cambio me ayudaras con las cosas de la casa y los animales. En unos años, podrás concederles a tus ancestros y a los dioses la satisfacción de la sangre que derramaras del enemigo.

Thorir no pronuncio palabra. Solo una sonrisa se figuro en su cara. No eran necesarias palabras para el hombre, pues la cara del chico lo expresaba perfectamente…

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Historia Medieval > El barro de Lechfeld

Correr sobre el barro no es fácil. Ibolya siempre lo decía, presa de esa encantadora risa, cuando perseguía sus faldas tras los banquetes. Los pies se hunden en el lodo, cuesta sacarlos, y los muslos empiezan a sentir una horrible picazón enseguida. Pronto el aire se vuelve pesado, demasiado pesado para respirarlo, y la cabeza empieza a arder mientras gotas de sudor resbalan por tu cuerpo. Nunca sabes si el siguiente paso te hará resbalar o, aún peor, sumergirte en un hoyo, semiocultos por la parca luz de aquel crepúsculo. Pero aun así, no me quedaba otra alternativa, y aunque la sangre que manaba de mi frente y me entorpecía la visión suponía un riesgo añadido, tenía que correr.

Sabía que detrás de mí estaba la muerte. Una muerte que tantas veces había concedido y que ahora era tan reacio a aceptar. Delante de mí, Laszló pisó mal y se hundió en un agujero, enterrándose hasta el muslo. Intentamos sacarte, estás atascado, no tenemos tiempo. Mala suerte. Adiós, amigo.

La aldea era desagradablemente miserable, pero nuestro pequeño grupo corrió hacia ella al amparo de los últimos rayos de luz como si el mismísimo Isten hubiese descendido del cielo para sentarse allí. Eran pocas casas, por lo que podríamos controlar –o matar, llegado el caso- a los aldeanos que se nos opusiesen. Llegamos a los campos, atravesamos los corrales y penetramos abruptamente en el centro de la aldehuela, pero no vimos a nadie. Era un lugar inhóspito.

Encendimos una hoguera en una de las casuchas y nos sentamos todos juntos a su alrededor, dándonos calor, intentando pensar en sopa de carne esa fría noche. Alguien había conservado un poco de cerveza, que mezclamos con agua para que todos pudiésemos beber unas gotas bajo aquella inmunda techumbre. No había conversación, un silencio sepulcral nos rodeaba a todos, a los siete que habíamos conseguido escapar de aquella matanza. Algunos, entre los que tengo la vergüenza de incluirme, pensamos con vanidad cómo podría haber salido todo bien, cómo podríamos haber aplastado a esos alemanes, cómo, de no ser por nuestra propia avaricia, en este momento estaríamos festejando la victoria y dando caza a los que ahora eran nuestros cazadores. La gloria había estado muy cerca, y sin embargo todo se tornó en una catástrofe, una matanza para los nuestros, para nosotros, el terror de Europa. El terror de los cristianos…

Cuando volví a abrir los ojos ya estaban casi todos en pie. Antaño jinetes feroces, poco quedaba de aquel terror de la estepa, y no éramos más que un puñado de cobardes, demasiado temerosos para morir en batalla pero excesivamente amantes del oro y las mujeres. Zoltan me dijo algo, que no entendí, y Bulcsú me ofreció a hurtadillas un pedacito de maloliente queso que de alguna manera había logrado conservar. Si salíamos de ésta le regalaría tres caballos. O veinte.

Aún no había amanecido cuando salimos de la cabaña, pero la noche era demasiado fría para ser agosto. La sangre reseca me cubría la cara, y allí donde el golpe me había alcanzado se había formado un bulto que apestaba más que el queso de Bulcsú. Zoltan se adelantó y nos miró a todos con gesto derrotado.

- Tomad el último trago de cerveza, no pararemos hasta el anochecer. Que Isten os guíe y os considere dignos de pureza si esta noche no estamos juntos. Adelante.

El cuerpo magullado corre peor que el derrotado. Ayer era un vencido, pero un hombre, hoy soy escoria, un amasijo de carne dolorida que apenas puede avanzar. Si ayer corríamos, hoy trotamos. Pero paso a paso nos acercábamos a nuestra tierra.

El sol llegó a lo alto del cielo, aunque las nubes lo tapaban. Zoltan encontró fuerzas para decirnos que Isten había nublado el cielo para que no nos agostásemos como el trigo. El suelo seguía embarrado, por lo que poco después de esas palabras perdí pie y caí de rodillas. Los brazos de Bulcsú me levantaron.

- Vamos, hijo de puta, que soy más viejo que tú y me follaré a tu hija si la espichas aquí.

De alguna manera conseguí seguir corriendo con los demás.

No sé cuántas horas pasaron hasta que vimos los jinetes. No eran muchos, pero estaban descansados y gordos, con las armas relucientes. Eran jinetes como aquéllos los que habían dado al emperador Otón la victoria, y antes de que pudiésemos reaccionar ya los teníamos encima. Algunos idiotas intentaron huir, pero solo consiguieron morir antes, cazados como liebres por los alemanes. El resto formamos un pequeño círculo, desenvainamos los sables, los que aún los conservábamos, y nos dispusimos a vender cara nuestra piel. Bulcsú sólo tenía un puñal, y el primo de Lájos -ya no me acuerdo de su nombre- cogió una gran roca. En frente, tres guerreros con cotas de malla, lanzas, espadas y enormes caballos nos miraban divertidos y hablaban en su germánica lengua. Nosotros ahora éramos sólo cinco, estábamos cansados, demasiado cansados para insultarles, así que nos mantuvimos serios, amenazándoles con nuestras variopintas armas.

Los jinetes se lanzaron sobre nosotros, y un momento después hubo tres húngaros menos en el mundo. Bulcsú había logrado clavarle el puñal a uno de los caballos, pero lo había pagado con sus sesos sobre la tierra, regalando una macabra expresión a los siglos. Sólo Zoltan seguía conmigo, con una expresión severa en el rostro.

- Cuando vuelvan a cargar, cuando yo te diga, salta a tu izquierda con el sable por delante. Haz lo que te digo. ¿Me has entendido?

Asentí con un gesto torpe y desganado, mientras los tres jinetes daban la vuelta y volvían sobre nosotros. Los cascos de los caballos retumbaban contra el suelo, levantando barro y agua a partes iguales, mientras el tintineo de las cotas de malla se iba haciendo más aterradoramente perceptible. Me até el arma a la muñeca con fuerza para evitar que se perdiera. A la señal de Zoltan me lancé con todas mis fuerzas hacia la izquierda, sosteniendo el sable frente a mí y agachando la cabeza, temeroso de ver los últimos momentos de mi vida.

Nunca supe si aquello sirvió para algo, pero me desperté cuando estaba atardeciendo. Sólo sentía dolor allí donde el caballo había impactado conmigo, y supe al momento que tenía algún hueso roto. Miré a mi alrededor y vi los cadáveres de mis compañeros, Bulcsú en su espantoso estado y Zoltan sobre un charco negruzco, con el sable manchado de sangre. Cerca de él había un caballo muerto, aunque no había rastro del jinete. El olor era insoportable, por lo que me alejé del lugar rápidamente deshaciéndome del sable, todavía atado a mi muñeca. Como si aquellos que dejaba atrás no fuesen mis amigos, mi familia.

El sol se ponía en el oeste, por lo que lo dejaba a mi espalda en mi huida. Ahora estaba solo, pero sabía que si mantenía el astro a mi espalda durante el atardecer llegaría a la Gran Llanura, a Panonia, a mi hogar. No le di mayor importancia al hecho de empezar a escupir sangre, porque estaba convencido que de esa manera purgaría mi interior de todos los males, incluyendo la apestosa herida de la cabeza. La lluvia volvió a caer, suave pero constante, embarrando más el suelo y calándome hasta los huesos rotos. Sin embargo, cuando vi aquella otra aldea me embargó la esperanza.

Las casas estaban calcinadas, había restos humanos en los alrededores, y recordé aquel lugar como el que habíamos saqueado al empezar nuestra gloriosa campaña. Entonces los habitantes se habían dispersado con facilidad, y los que entonces habían resistido ahora eran cuerpos hinchados que adornaban el camino a mi hogar, cada vez más cercano. Antes de darme cuenta estaba atravesando las ruinas del poblado.

Oí los pasos antes de ver a la campesina. Salió de la nada, entre los escombros, con las manos llenas de hollín y unas pocas baratijas que había conseguido rescatar de los escombros. Sus mejillas estaban sonrosadas por el esfuerzo, las ropas ennegrecidas y llenas de remiendos, sus ojos eran un mar de lágrimas disimuladas por la fina lluvia. Se posaron en mí como dos lunas, rebosando ira, tristeza y desesperación, y dejó caer las baratijas al suelo, que chapotearon en un profundo charco. Entonces agarró un enorme garrote con las dos manos mientras se acercaba a un aterrado y maltrecho húngaro con grandes y amenazantes zancadas.

Correr sobre el barro no es fácil. Ibolya siempre lo decía.

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Historia Medieval > Desde el norte

En el horizonte del río, allí hasta donde mis ojos eran capaces de captar y vislumbrar, nació una silueta, enorme, terrorífica, que encogió mi corazón y me paralizó por completo. Parecía que las aguas se abrían de golpe permitiéndole el paso a semejante bestia, con las fauces bien abiertas esperaba engullir todo aquello que se encontraba a su paso, aunque de momento era solo el agua dulce; el hocico se elevaba hacia el cielo olisqueando, al igual que sus orejas, atentas a cualquier ruido que pudiera indicarle cual sería su siguiente presa; y esos ojos, aterradores y ávidos de ver arder una ciudad que no estaba preparada para su llegada.

Al ver aquella macabra imagen que se cernía ante mi solo pude pensar en que habíamos fallado para que Alláh permitiera que a través de nuestro río llegara aquel monstruo. Un escalofrío atenazó todo mi cuerpo, dejándome por unos momentos sin respiración alguna. Era un monstruo, una bestia, un demonio, lo sabía; de haber sido cristiana hubiera pensado que llegaba el fin y el apocalipsis comenzaría en aquel mismo instante; sin embargo, el hecho de que mi fe no fuera esa me permitía mantener la esperanza de que quizá solo fuera un tormento pasajero, del que yo y mi familia podríamos salir ilesos. A pesar de mis esperanzas ilimitadas lo que no sabía por aquel entonces es que lo peor aún estaba por llegar.

La parálisis cesó en el mismo instante en que volví a sentir el calor pegajoso de verano, a pesar de que el vello de mi cuerpo seguía erizado debido al pánico de aquella figura y hacía que sintiera un extraño frío en mi espalda. Mis pies fueron más rápidos que mi mente, y enseguida echaron a correr intentando no trastabillar con las piedras del camino. ¿Cuanto tardaría en llegar a la ciudad para dar la voz de alarma? ¿Conseguiría llegar antes que la bestia que probablemente me perseguía? Y lo más importante, ¿alguien me creería? Mi miedo se extendía al carecer de las respuestas a aquellas preguntas que pululaban por mi cabeza sin descanso mientras mis pies continuaban su marcha forzada, pero si había algo que tenía claro era que no podía mirar atrás.

A cada segundo la carrera se hacía más fatigante, sentía como mis piernas luchaban por seguir aún deseosas de un merecido descanso, mi respiración se aceleraba y ya no sabía que me costaba más, si dar una nueva bocanada de aire o levantar de nuevo la pierna para dar otra zancada. Corrí sin mirar atrás y a pocos metros de las primeras viviendas, giré todo mi cuerpo a tiempo de vislumbrar como el demonio que yo creía haber visto no existía, era solo la roda de un barco con vela roja. Allí en el río navegable hasta nuestra ciudad había amarrado el barco con la silueta de bestia, y tras este otro, y tras él otro, y así hasta que mi vista no pudo alcanzar a ver más. Mi respiración se acompasó, mis manos dejaron de temblar e intenté mantener la calma que hacía tiempo escaseaba dentro mi. Con la cantidad de barcos que había solo podía tratarse de naves que esperaban comerciar con nosotros, al igual que todas las que habían llegado hasta ahora. Sin embargo, aunque todo mi ser buscaba razones para mantener esta conjetura algo en mi interior me decía que no venían a eso, sentía como si la cabeza de aquella formidable bestia me susurrara a través del cálido viento las oscuras intenciones de los recién llegados.

Temiendo que mi instinto acertara y que mi cerebro errara en esta encrucijada volví a correr buscando refugio en los míos. Crucé las primeras calles bajo las sombras de las casas cuyas ventanas decoradas con arcos polilobulados permitían que la luz del sol entrará en ellas, en algunos pequeños balcones yacían colgadas alfombras y tapices que con sus vivos colores esperaban secarse con el calor del día. Las casas se sucedían en pequeñas callejuelas mal adoquinadas que me obligaban a tener cuidado para no caer y a ir salteando personas que se cruzaban conmigo sin cesar. Llegué a una de las calles aledañas a la mezquita mayor que se erguía orgullosa en una enorme plaza, allí donde el zoco central se expandía permitiendo la compra-venta de cualquier producto. Cruzar por el bazar suponía una acción temeraria por varias razones, la primera es que predominaba siempre la presencia de la figura masculina, la segunda es que siempre estaba muy concurrido lo que suponía una mayor dificultad, y la tercera es que a cada paso dado siempre hay una persona intentando venderte algún producto. Todo esto acentuaba la lentitud de mi llegada al hogar, sin embargo, tras algunos minutos de intenso recorrido mirando el suelo donde pisaba y evitando vendedores y mirada reprobatorias de hombres, conseguí salir del mercado principal.

Cansada, flexioné las rodillas apoyando mis manos sobre ellas, me resultaba imposible mantener el ritmo con semejante gentío y calor. Algunos mechones de rizos negros escapaban de mi hijab pegándose a mi frente y llegando hasta mis ojos impidiéndome una visión completa y lúcida. Parecía todo un sueño, asustada por una extraña visión y unos barcos con velas rojas como el fuego corría en busca de la seguridad de mi familia, mientras todo el mundo continuaba con su vida cotidiana de forma impasible, como si nada estuviera sucediendo. ¿Y si estaba delirando? ¿Y si solo había sido mi imaginación? ¿Y si solo eran naves comerciantes por qué sentía como si corriera peligro? Por primera vez conocí lo que era la lucha interna entre la razón y el presentimiento.

Sin embargo no tardé mucho más en darme cuenta que el presentimiento era cierto pues en tan solo unos segundos llegaron hasta mis oídos unos sonidos atronadores. Gritos desesperados que eran arrastrados por la casi inexistente brisa del mes de verano, acompañados de estruendos, bullicio y una gran humareda de polvo que se levantaba con la carrera de la gente. Por encima del agudo griterío de las mujeres y niños, sonaba un aullido amenazador y grave como salido del mismo infierno, palabras incomprensibles pronunciadas por lenguas extrañas.

Me enderecé con el tiempo justo para ver como una gran cantidad de personas corrían hacia diferentes lugares, intentando salir del zoco, intentando refugiarse en sus viviendas, intentando encontrar un sitio en el que esconderse. Detrás de aquellas cabezas de pelos oscuros y cubiertas por hijabs sobresalían cabelleras largas de color rubio, tan resplandecientes como el sol que en aquellos momentos nos bañaba con su luz. Las voces se confundían en un mar de sonidos irreconocibles, pero no me hacía falta oír a cada una de las personas que corrían para saber lo que estaba sucediendo. Los hombres de largos cabellos y barbas rubias corrían tras nosotros, con armaduras rudimentarias como corazas de cuero, escudos redondos con imágenes pintadas y armas ofensivas tal que hachas y espadas que desenvainaban con furia. Tan altos como montañas, sobresalían por encima de nosotros, con su aspecto terrorífico, al igual que aquella bestia que decoraba sus barcos. Rugían con cada golpe asestado, mientras iban tiñendo su pálida tez del color rojo de la sangre. La gente corría sin un rumbo fijo con la única intención de salvar su vida, tropezando con pies ajenos y con las piedrecillas del suelo algunos caían en seguida y eran aplastados por la multitud, siendo rematados más tarde por las bestias bárbaras. Las madres cogían a sus hijos en brazos intentando no caer, los maridos agarraban a sus mujeres de la mano y las arrastraban consigo entre las calles, los niños se perdían entre aquella masa de personas y lloraban desconsolados hasta morir instantáneamente de una manera u otra, y las calles se bañaban de sangre. Los tenderetes del zoco quedaban volcados, aumentando el desastre que reinaba, los alimentos se ensuciaban en el suelo y eran aplastados, los pequeños frascos de esencias y khol se rompían bajo las enormes pisadas de la gente, quedando todos los productos casi inservibles. Los extraños alcanzaban a las mujeres agarrándolas por los velos con una de sus enormes manos, mientras con la otra armada las degollaban. Algunos entraban rápidamente en sus casas, pero ni siquiera allí conseguían hallar la paz, pues aquellos hombres gigantescos entraban derrumbando las puertas y salían victoriosos bañados aún más en aquel líquido rojizo. Y aunque pensábamos que era imposible incluso entraron en la mezquita profanando nuestro sagrado espacio, en el que cada viernes nos reuníamos para escuchar la jutba y llevar a cabo el rezo a Alláh. Los imanes, los ulemas y sus discípulos, todos aquellos que se encontraban en aquel santo lugar también sufrieron la llegada de aquellos invasores, y ni siquiera nuestro Dios pudo protegerlos.

Aquella era la imagen más terrorífica que había visto en mi vida, y solo me quedaba una cosa por hacer, huir. Corrí, seguida de una gran cantidad de personas que como yo iban huyendo de aquellos monstruos que nos daban caza. Intentaba no tropezar con nadie, a pesar de que sentía un empuje continuo en mi espalda que me hacía vacilar constantemente. En aquel instante mi mente solo era capaz de pensar que lo fundamental era llegar a casa y ponerme a salvo junto a mi familia; sin embargo, subyacía bajo aquel pensamiento la pregunta de por qué nosotros, y por qué nuestro emir Abderramán II no impedía nuestra masacre. El despliegue de muerte que se cernía ante mi me hizo comprender porque la capital estaba instaurada en Córdoba, Sevilla carecía de dos grandes infraestructuras que eran necesarias, un puente y una muralla, y esta última podía habernos salvado de esta terrible situación.

Los cadáveres yacían en el suelo impidiendo el paso firme, aquello se convertía en la prueba más difícil de superar. Apoyada en un muro de una de las casas se encontraba una mujer joven con la mirada perdida, sentada en el suelo como intentando ocultarse de las miradas inquisidoras de los salvajes, el shayla se mantenía sobre su cabeza ocultando su pelo, sin embargo su chilaba se oscurecía con el brotar de la sangre que surgía de la herida de su estómago; totalmente muerta aún sujetaba entre sus brazos inertes a un bebé todavía lloroso. Aquella imagen tan aterradora se encontraba en cualquier parte, allí a donde mirase se sucedía una catástrofe igual o similar. Las casas eran saqueadas, los hombres salían riendo de ellas con las manos llenas de algunos objetos, incluso portaban sacos que poco a poco iban atestándose de ganancias, a algunas viviendas les prendieron fuego y este en seguida se extendió tiñendo el cielo con el humo oscuro.

Con los ojos llorosos, la boca seca, la respiración acelerada y los pies doloridos debido a la carrera incesante, aterrada ante aquel espectáculo grotesco, llegué por fin a aquel lugar en el que esperaba sentirme segura, mi hogar.

–¡Soy yo! ¡Madre, padre, abridme!–Grité mientras aporreaba la puerta con todas mis fuerzas.

Mi padre abrió en seguida permitiéndome el paso, el abrazo de mi madre fue inminente, y no pude evitar sentirme de nuevo en casa a pesar de todo el horror que se producía allí afuera. Mi progenitor volvió a cerrar la puerta y junto con mi hermano recolocó algunos muebles tras ella, haciendo que el hecho de derribarla fuera aún más difícil. Las ventanas se encontraban cerradas y tapiadas con maderas, reforzándolas.

Mi madre me entregó a mi hermana de dos años, que intentaba aferrarse a sus brazos mientras lloraba desconsoladamente de terror. El griterío era audible desde cualquier lugar, no solo el caos imperaba fuera de nuestra casa, sino también la muerte y la desolación.

–Coge a Farah, ten cuidado de ella y protégela.–Me dijo con la voz entrecortada mientras yo agarraba fuerte a la pequeña que escondía su rostro entre los pliegues de mi chilaba.

Mi madre besó la cabeza de mi hermana intentando así tranquilizarla, acarició mi rostro y abrazó a mi hermano de quince años, se enjugó las lagrimas que pugnaban por salir de sus ojos y se tapó la boca con la mano. Mi padre siguió su ejemplo, estrechó a mi hermano y nos besó a mi y a mi hermana.

–Hadiya, escúchanos.–Comenzó a decirme mi madre.–Sal de la casa por la puerta trasera, no hay tanto alboroto por esa parte. Huye con Kaled y tu hermana, no miréis atrás, corred todo lo que podáis y poneos a salvo.

–Tu hermano lleva nuestros ahorros y algunos objetos de valor.–Continuó mi padre.–No volváis a por nosotros. En caso de sobrevivir nos volveremos a ver, estoy seguro de que el emir conseguirá acabar con estos bárbaros.

Tosí intentando aclarar mi voz, quizá para negarme a semejante petición pero no conseguí que saliera ni una misera palabra de mi garganta. Mi hermano me agarró del brazo y me empujó hacia la puerta trasera. Miré a mis padres por última vez y salí con Farah en brazos y mi hermano apremiándome.

Corríamos pegados a las paredes de las casas, intentando no tropezar con nadie por miedo a caernos y perder nuestra última oportunidad de sobrevivir. Atravesábamos las calles huyendo de aquellos bárbaros rubios que sembraban el pánico en nuestra ciudad, sorteando cadáveres, chocando con heridos y evitando continuamente a nuestros perseguidores. Conseguimos salir de la parte poblada de Sevilla, y continuamos con paso rápido alejándonos de la matanza. Estuvimos corriendo durante un tiempo casi inimaginable, los segundos parecían eternos y el cansancio hacia mella en nuestros cuerpos, casi tanto con el miedo. Cada pocos pasos volvíamos la cabeza para asegurarnos de que nadie nos perseguía. Ya demasiado lejos decidimos hacer un pequeño parón de apenas unos segundos, desde un pequeño promontorio podíamos observar nuestra ciudad en llamas, totalmente arrasada por los normandos, con las naves mecidas tranquilamente por el río.

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Historia Medieval > El pueblo indomable

Algo se me estremeció en el estómago cuando vi, desde el bote, humo en la aldea… me temía lo peor. Desembarqué lo más rápido posible, hacha en mano corrí como si Hati y Sköll me estuvieran persiguiendo. Mis temores se habían hecho realidad… cuando llegué a mi casa me encontré lo que jamás hubiera imaginado. Mi familia asesinada, mis dos hijos y mi mujer colgados como mísero ganado de un árbol y todo por lo que había trabajado durante años, se estaba desvaneciendo.

Tardé un segundo en percatarme de la presencia de alguien detrás de mí. Era mi fiel amigo Olaf, armado como si fuese a empezar el maldito Ragnarök.

- Por los dioses, ¿qué ha pasado? – Dijo Olaf sin poder creer lo que veía.

- Han asesinado a mi familia. – Le contesté.

- ¿Pero quiénes? También han atacado la aldea. ¡Debemos ir en su ayuda!

Como de costumbre, a Olaf no le faltaba razón, pero en ese momento no tenía ganas de ayudar a nadie, solo quería gritar una palabra: Venganza. Deseaba con todas mis fuerzas acabar con los que habían hecho esto. Quería ver mi hacha bañada con su sangre.

La mitad del pueblo estaba en llamas y a causa del humo no podíamos ver nada. Cuando llegamos a la plaza, nos encontramos muchos prisioneros, entre ellos la esposa de Olaf, rodeados de una treintena de enemigos del clan Malkavian.

Rápidamente Olaf pensó un plan para acabar con ellos, pero yo no podía esperar. Salí de nuestro escondrijo, y un grito de batalla resonó por mi boca e hizo retumbar hasta a las valquirias que transportaban las almas de los caídos en batalla… "¡AL VALHALLA!". Tiré mi escudo, no lo necesitaba. Desenvainé la espada que me regaló mi padre antes de su muerte, en la mano derecha y saqué el hacha para mi mano izquierda. En menos de dos segundos salí corriendo hacia el enemigo, sin temor, sin compañía, sin nada. Solo estábamos mi sed de venganza y yo.

El primer enemigo fue fácil de matar, soy un gran lanzador de hacha. La agarré con todas mis fuerzas, la lancé y le asesté un golpe en la cabeza. Nada podía pararme. Continué corriendo hacia ellos tras arrancar el hacha de su cabeza, pero me pararon tres enemigos más. Con movimientos brutos, pero coordinados, logré desarmar a dos y matar al tercero… antes de que estos volvieran a coger sus armas, se quedaron sin cuello.

Miré un momento hacia atrás, para ver si podía ver a Olaf, pero nada… hasta que por la retaguardia de los enemigos escuché gritos de batalla. Olaf traía refuerzos, mi fiel amigo no me ha abandonado. En menos de cinco minutos y con la rabia en nuestros dientes, acabamos con esa treintena de hombres y pudimos liberar los prisioneros.

- ¡Balder! ¿Dónde está el resto? – Grité.

- Han caído todos… nos cogieron por sorpresa. Esos cobardes lo tenían todo pensado. – Dijo Balder quitándose las ataduras.

- El Rey ha muerto, ha sido asesinado. – Gritaban los supervivientes. ¡Necesitamos un nuevo Rey, recomponer nuestras fuerzas y las granjas!

Olaf me miró con un brillo esperanzador… entonces gritó que yo podía ser el nuevo rey y que era el elegido para llevarles a la batalla… a la venganza. Al pueblo le encantó la idea y todos coreaban mi nombre… soy el nuevo rey me dije.

Mi primer mandato como nuevo rey, fue el de reconstruir las cosechas… hacer que mi pueblo estuviera protegido. He de reconocer que yo no paraba de pensar en realizar mi venganza por la muerte de mi familia… pero ya no era personal. También habían atacado a mi pueblo, a mis compañeros, los que me vieron crecer y siempre me han cuidado… lo debía de hacer por ellos y por mí.

Tras asegurarme de que las cosas en el poblado andaban bien y que reconstruían cada uno sus vidas… estaba pensando en cómo iba a decirle a las madres, que sus hijos y maridos que pudiesen pelear iban a ser reclutados para poder derrotar a los Malkavian. El día que me decidí hacerlo, llamaron a mi puerta. Acto seguido entraron todas y cada una de las familias del pueblo, las cuales tenían marido e hijos con edad para luchar, armados para la guerra. "Estamos preparados, guíanos para la batalla", me decían…

Poco tardamos en fabricar más armas, flechas, escudos y lanzas… no se hablaba nada más en el pueblo, solo se deseaba vengar a los caídos. En ese momento recordé una de mis incursiones a Northumbria y lo que me dijo un campesino al que perdoné la vida… "Sois un pueblo dividido. El día que luches contra los de tu sangre, te vencerán porque no sabes pelear de otra forma. Caerás como ha caído la cruz de nuestro Monasterio." Eso me hizo pensar y no pegar ojo en la noche. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo les derrotaré en su campo? Me pregunté una y otra vez, estaba perdido… era el momento de visitar el Templo de Upsala.

Al llegar ahí, me sentí muy cómodo… Odín estaba conmigo. En ese momento pregunté únicamente a dos dioses lo que debía hacer, Týr y Thor… ellos también estaban conmigo.

Cuando volví al pueblo, hice llamar a todos. La guerra debía comenzar. Tardamos poco en prepararnos, ya estábamos acostumbrados debido a tantas incursiones, pero esta vez iba a ser distinto, no íbamos a tener la formación de siempre. El campesino de Northumbria, me había hecho pensar.

Tardamos un día y una noche en llegar a un prado cerca del pueblo de los Malkavian… todavía no había amanecido, pero debíamos darnos prisa para atacarles por sorpresa y esta vez, nosotros teníamos ventaja.

Comuniqué a un grupo de guerreros, que se colocaran en los alrededores del poblado, por si alguno intentaba huir, no íbamos a tener piedad contra el que se resistiera. El resto, hicieron exactamente lo que les ordené. Un grupo incendió los graneros, mientras otro gritaba "fuego", haciéndose pasar por gente del poblado. En ese instante, todos los soldados salieron de donde estaban reunidos, para apagar el fuego. Con sigilo y rapidez, el grupo que me acompañaba y yo, nos adentramos al lugar, haciendo prisioneros a todos los campesinos del pueblo. Desconocía si el rey se encontraba dentro, así que le fui a buscar… se encontraba en la estancia más alejada, custodiados por dos hombres, de los que fue fácil deshacerme. Dos segundos después, Erik, rey de los Malkavian, se encontraba de rodillas y con mi hacha apuntando a su cuello.

Rápidamente me lo llevé al centro del lugar, para que todos pudiesen ver como moría el cobarde de su rey. En ese mismo instante, regresaron los soldados que se habían marchado a apagar el fuego, listos para hacernos frente, pero sabiendo que no había nadie más en el pueblo, de un silbido, avisé al grupo de hombres que había depositado a los alrededores. Ahora estaban todos rodeados y la situación bajo control. En ese momento, todos tiraron las armas, los Malkavian estaban derrotados y mi pueblo vengado.

No voy a asesinar al rey, me dije a mi mismo… y así fue. Dejé que mis hombres le torturaran por el daño que había causado a nuestras familias. Mi venganza ha terminado.

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Historia Moderna > Tlahuicole

Hace ya mucho tiempo que su juventud quedó atrás, igual que su Tlaxcala natal, pero mata al primero con la facilidad que da la experiencia del soldado veterano. Huichilobos estará contento.

Está sujeto a la piedra circular de los sacrificios del guerrero con una cuerda, pero eso no le impide acabar con el segundo. El dios de la guerra sonreirá, complacido.

Cuando los filos de obsidiana destrozan la carne del tercero, el resto de los guerreros mexicas que participan en el ritual de muerte por combate dejan de tomarse a la ligera la fama de Tlahuicole. La sonrisa de Ilhuicatl Xoxouhqui se ampliará hasta mostrar los dientes.

Cuatro, cinco, seis, siete, ocho. El macuahuitl en su mano derecha es un diestro bailarín mortal y el chimalli de la izquierda detiene las acometidas de sus enemigos. Nueve, diez, once, doce, trece. Huitzilopochtli aplaudirá la danza que le lleva nuevas ofrendas.

¿Para qué volver donde no le espera nadie? No tenía sentido. ¿Para qué dirigir los ejércitos de Moctezuma Xoxoyotzin? No era su líder. Lucho por él, obligado cuando cayó prisionero, pero al final pudo elegir porque el propio tlatoani de los mexicas se lo permitió como recompensa por su logros en batalla. Pero no quiso ni honores de mando ni el regreso a su tierra. Huichilobos debió asentir, admirado, cuando supo que se ofrecía para ser el xochimiqui en la ceremonia.

Catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho. Los músculos ya le duelen, el aire no termina de llenar los pulmones que arden en su pecho. El sacrificio gladiatorio público fue su elección. Los guerreros que le rodean empiezan a murmurar. Hay miedo y duda en sus miradas. Tlahuicole derrota a cualquiera que se le enfrenta. El dios de la guerra le anima para que siga entregándole más ofrendas de sangre.

Diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós. Se iría como vivió, luchando para mayor gloria de Huitzilopochtli. Arroja el escudo porque ya no puede ni levantarlo. Los guerreros que le rodean, como chacales que acechan al león herido, saben que el final se acerca.

Grita buscando fuerzas donde no las hay, pero su dios de muerte y guerra le bendice con un último soplo. Veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis. Está al borde de su resistencia. Veintisiete. No puede respirar. Veintiocho. Se acabó.

Sonríe al pensar que ocho, como mínimo, no verían un nuevo amanecer. Algunos no podrán volver a luchar jamás. Las cicatrices del resto harían que nunca pudiesen olvidar al gran guerrero tlaxcalteca que les venció. Jaguares, águilas, quachics, cuextecatls, ha derrotado a todos los que se le enfrentaron, pero ahora es su turno, no puede más. Un joven guerrero se acerca, despacio. No sonríe y muestra respeto por la hazaña que acaba de contemplar. Tlahuicole sólo puede mirarle bajo el flequillo empapado en sudor que casi tapa sus ojos. No los cierra.

Nunca solicitó nada al dios de la guerra, sólo fue su fiel servidor. Pero ahora, al final, le pide algo: que su nombre sea recordado, que su última lucha no se olvide. El joven guerrero frente a él hace un gesto deferente con la cabeza y levanta su arma. Huitzilopochtli asiente. Tlahuicole sonríe mirando a su asesino. El arma cae veloz hacia él. El dios al que sirvió le recibe en sus brazos, acogiéndole con ternura.

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Historia Moderna > Go

- Tu turno, Takechiyo.- indicó el anciano.

- Mi nombre es Ieyasu. –respondió su rival de manera contundente.

- Por supuesto que lo es, amigo mío.- volvió a decir el anciano con una sonrisa en la boca.- Tokugawa Ieyasu.

En ningún momento Ieyasu apartó la mirada del rostro de su contendiente. Inspeccionaba cada milímetro de los rasgos del anciano. Observó el pelo gris y débil de su rival y pensó si era su destino acabar igual de debilitado en su vejez.

- Juega, daimyō.- volvió a decir el anciano – Veo que las canas empiezan a conquistar también tu cabeza.

Ieyasu se sorprendió. No solo por la habilidad del anciano de leer su pensamiento sino por las palabras que había utilizado. Hideyoshi, unificador de Japón, no utilizaba la palabra “conquista” en vano. El líder Tokugawa se decidió por fin a actuar y de manera ceremonial y respetuosa agarró con dos dedos otra piedra blanca de su cuenco. Sin vacilación, pero con suavidad, la colocó sobre el tablero.

- Recordarás que el objetivo del juego es evitar que rodeé tus piedras blancas con mis piedras negras.- dijo Hideyoshi entre risas.

- En efecto. – respondió tajantemente Ieyasu.

- ¡Entonces no comprendo tu estrategia!- Alzó la voz el anciano entre carcajadas.- ¡Me estás dando vía libre para vencerte!

Cualquier persona conocedora del Go (y ello implicaba a todo el mundo puesto que hasta un campesino analfabeto sabía las bases del juego) podría confirmar las palabras del anciano Hideyoshi. La mayoría de las piedras negras estaban en posición de rodear, en pocos movimientos, las escasas piedras blancas. Las últimas acciones de Tokugawa Ieyasu no habían mejorado esta tendencia en absoluto.

Hideyoshi respondió rápidamente (y se podría decir que incluso de manera poco respetuosa) el movimiento de Ieyasu. En general, el anciano colocaba sus piezas rápidamente mientras que Ieyasu lo hacía de manera simple y pausada.

El juego continuó por varios minutos en silencio. Hideyoshi habló de nuevo cuando en ambos cuencos las piedras restantes ya eran escasas.

- ¿Pero qué haces, daimyō?- dijo esta vez sin reír. – Reconozco que me has tenido intrigado. Me esperaba alguna jugada maestra que no era capaz de detectar, pero la partida está sentenciada. Voy a ganar.

- No lo dudo, mi señor.- respondió respetuosamente Ieyasu.

- ¿Es alguna jugada como las de Nobunaga? ¡Él sí que sabía jugar al Go! ¿Te conté la vez que jugamos tras la Batalla de Shizugatake?

- En efecto, mi señor.- Tokugawa no quería escuchar por enésima vez la batallita.

- Oda Nobunaga. ¡Eso era un hombre! ¡Nadie en Japón se atrevía a mirarle a los ojos!

- Excepto la muerte. –recordó Ieyasu con un toque melancólico en la voz.

- ¡La muerte!- respondió en voz alta el anciano.- El enemigo invencible.

- Tu turno, mi señor.

- La muerte... ¿Sabes que no tengo miedo a la muerte, Takechiyo? ¿Quieres saber por qué?

- Por supuesto.- dijo Ieyasu obviando aquel nombre perdido años atrás.

- La muerte me llegará, y me vencerá. Pero no me conquistará. Mi cuerpo será enterrado pero el nombre Hideyoshi no se perderá de los oídos de todos los japoneses. Ni de los oídos de un campesino. Ni de tus oídos. ¡Mi dinastía será eterna!

- Así será, mi señor.

- ¡Porque yo he unificado Japón!

- Usted ha unificado Japón.

- ¡Y he ganado esta partida!

Con un movimiento entrenado por la rutina, el anciano lamió las yemas de sus dedos y con estos mismos agarró la última piedra negra de su cuenco. Claramente extasiado, Hideyoshi golpeó el lujoso tablero con fuerza. En un movimiento simple había cerrado el círculo de piedras negras sobre las restantes piedras blancas de Ieyasu y con ello se alzaba con la victoria.

- Escúchame, Hideyoshi. – dijo de repente Ieyasu rompiendo violentamente la norma de no dar órdenes a un superior.- Tu hijo jamás te sucederá como heredero. El consejo regente de daimyōs que has montado es una farsa. Mis ejércitos ya están reuniéndose y pienso aplastar uno a uno a los otros cuatro consejeros y a todo daimyō que se enfrente a mí.

- ¡Cómo te atreves!- articuló el anciano asombrado.

- Tú has unificado Japón. Yo voy a conquistarlo.

Antes de poder siquiera formar una respuesta, Toyotomi Hideyoshi se desplomó sobre el suelo con los ojos en blanco. Sin respiración.

Ieyasu sacó de un compartimento interior de su kimono un pequeño frasco con el que roció el tablero de juego y el cuenco de fichas negras para diluir el veneno.

A continuación se puso en pie, eliminó una cana de su barba, y pidió ayuda a gritos.

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Historia Contemporánea > Días de sangre y encajes

Sabía que estaban cerca. Los había escuchado durante aquellos inalterables y anodinos días, mientras se acurrucaba, envuelta en aquella raída manta, comida por las polillas. Podía sentirlos. Y el creciente temor a ser descubierta iba poco a poco convirtiéndose en una sensación de puro terror, un terror que hacía que despertarse por las noches, llorando y temblando, mirando a su alrededor, esperando a que una turba enfurecida estuviese allí, en aquel cuartucho, planeando su muerte de mil maneras dolorosas. Dorothée hundió el rostro entre sus manos, sofocando sus sollozos, notando como el miedo hacía que los temblores recorriesen su cuerpo. Pero no podía hacer nada más. Desde aquel aciago día en el que la Convención aprobó las medidas de terror contra los contrarrevolucionarios, su mundo se volvió del revés. Siendo sinceros, ella nunca había tenido una buena vida; se había limitado a coger y perseguir aquello que se le ofrecía, como un perro sarnoso al que se le dejaban los restos de un banquete. De inmediato, vio como sus propiedades empezaron a ser expropiadas, viéndose en la pobreza, una pobreza a la que había estado acostumbrada desde que poseía uso de razón, y a la que juró no volver.

Sus ricas ropas comenzaron a estar polvorientas y arrugadas, y comenzaron aquellos días de hambre.

Habría podido acostumbrarse a aquella situación. Sí, Dorothée era un perro sarnoso, pero que al fin y al cabo podría sobrevivir. Pero su mundo dio un vuelco del todo, cuando aquellos cerdos revolucionarios atraparon a su Edouard.

Por el Sagrado Padre, no le hubiese importado mendigar en las calles, ni llevar harapos, pero el que capturasen a Edouard le había dolido hasta los huesos. Nunca esperó que uno de los suyos fuese atrapado por ellos. Había escuchado los susurros de los parisinos en el mercado, la multitud que rodeaba la guillotina. Había observado los rostros impasibles y aterrorizados de los condenados a muerte, muchos de ellos inocentes, y otros no tanto.

No había perdón para ellos, y el pueblo quería sangre.

Siempre creyó que Edouard era sensato, que no se dejaría ver en público con frecuencia. Él era un aristócrata, un hombre con títulos y tierras, no como ella, cuya existencia no tenía tanto valor como aquellos individuos de alta alcurnia. Los días llenos de incertidumbre, esperando a que él volviese, con el llanto a flor de piel, temiendo lo peor, hasta que sus sospechas se cumplieron. Edouard fue ejecutado, en la plaza.

Nunca supo que fue de su cuerpo. Ni siquiera pudo ver la ejecución, puesto que se enteró días después de su muerte.

Había llorado, Dios sabía bien como se había aferrado a su manta, como había chillado, resonando sus gritos llenos de dolor en aquel infame cuartucho, deseando morir, que la pesadilla cruel en la que se había sumido su mundo desde el 5 de Septiembre acabase. Sin embargo, la ejecución de Edouard fue suficiente para ella. Aprendió a ser cautelosa, a salir poco, solo lo suficiente para ir al mercado y conseguir comida, aprovechando el poco dinero que conseguía empeñando aquellos objetos de valor que había conseguido rescatar.

Por eso no entendía como podían haberla descubierto. ¡A ella, la simple amante del conde Edouard Beauchene! ¿Qué interés podían tener esos revolucionarios en ella? Una amarga sonrisa se extendió por su rostro. Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas, cuando se incorporó, colocó la manta sobre sus hombros, y caminó hacia la mesa de madera carcomida por la humedad, y cogió la cajita ricamente labrada, con joyas engarzadas en la superficie de la misma. Aquel objeto desentonaba en aquel ambiente sombrío y pobre, reluciendo entre tanto podredumbre y miseria. Acarició las florituras inscritas en aquella caja, con parsimonia. Cerró los ojos, recordando tiempos mejores, tiempos en los que aquella habitación quedaba lejos, tiempos en los que las ropas que vestía eran delicadas, elegantes, de ricas telas y encajes por doquier, días en los que el hambre solo era una sombra. Días que no volverían, y que solo la torturaban.

Dorothée no siempre había pertenecido a aquella clase alta. No, no nació en un hogar rico y sin faltas de necesidades. Nació en los barrios bajos de París, donde los niños corrían descalzos por las calles adoquinadas, donde las mujeres caminaban contoneándose, algunas con las miradas vacías y otras esbozando sonrisas lascivas. Sus recuerdos de aquellos días eran lejanos, y los había enterrado en lo profundo de su memoria. En aquellos días no era Dorothée, solo Isabelle, la hija de una mujer que siempre volvía a casa con las ropas rotas, que la abrazaba contra su pecho y lloraba sobre su pelo. Nunca supo que fue de su madre. No sabía si seguía viviendo incluso. El día en el que conoció a Edouard, todo cambió. No era un hombre casado, eso lo sabían todos, y ella no era una mujer aristócrata y culta, como las que se pavoneaban por Versalles.

Pasó de ser Isabelle, la pobre y sucia joven, a Dorothée, la amante de un adinerado conde. Nunca se casaron.

Ninguno lo deseaba, pese a que ella siempre fue señalada, siendo objeto de cuchicheos en los grandes salones y reuniones, mirándola despectivamente por encima de los abanicos de las grandes damas de la sociedad parisina. Pero Dorothée se había forjado en unas pésimas condiciones, al calor de la miseria y el hambre, y solo le bastaba con ser la protegida de aquel hombre, que le procuró un techo bajo el que dormir, y así, nunca más volvió a irse a la cama con el estómago vacío. Apretó la caja contra su pecho, abrazándola. Eso no lo empeñaría jamás. Porque eso, era lo que la hacía estar cuerda, lo que la hacía vivir un día más, deseando salir de aquel infecto agujero y realzarse. Escuchó el sonido de un disparo, cerca de su casucha, y sintió como un escalofrío bajaba a lo largo de su columna vertebral.

No, por favor, necesitaba tiempo.

Con las pupilas dilatadas por el miedo, corrió al fondo de la pequeña casa, pasando por delate de una diminuta habitación con un sucio colchón en el suelo. Se adentró, y buscó con la mirada el armario que había al fondo.

El aire dentro estaba viciado, no habría las ventanas si podía, puesto que no quería a ninguna vecina fisgona merodeando por aquel lugar que era su pequeña fortaleza. Aspiró profundas bocanadas de aire, antes de entrar en el armario, cabiendo a duras penas. Se sentó en el suelo del mueble, y cerró las puertas. Sumida en la oscuridad, trató de controlar los latidos frenéticos de su corazón, sintiéndose como un ratoncillo escapando de un hambriento gato. Escuchó voces francesas, agudas e irascibles, y los golpes en la puerta de su casucha se hicieron más intensos. Tapó su boca con su mano derecha, respirando fuertemente contra esta, no queriendo hacer ruido, pero la sensación de asfixia la estaba ahogando.

Dios mío, ¿Por qué?

No podía ver su cajita, pero la palpó, recorriendo las joyas de la superficie, su frialdad. Aquello hizo que se ralentizase sus latidos, y una extraña serenidad la inundó. Ya está. No había más.

El perro sarnoso había encontrado su final.

Antes o después la iban a descubrir. Se preguntó por enésima vez quien la había descubierto, quién la identificó como la infame amante del conde Beauchene. Quizás fue una asquerosa campesina, de esas con el rostro tiznado y miles de niños tras sus faldas. O quizás fue otra gran dama caída en desgracia como ella, que la habría reconocido en el mercado. Ya poco importaba. Su final estaba cerca.

Y mientras escuchaba los gritos de afuera, los estruendos, la madera de la puerta siendo destruida, los pasos apresurados, buscándola como una jauría de perros cazadores tras su presa, Dorothée recordó sus días de luz y felicidad, los bailes, las risas, las copas y los platos que rebosaban comida, los conciertos, los jardines de Versalles. Recordó la felicidad al sentir en la piel el suave tacto del encaje, la primera vez que vio los ojos azules de Edouard, la sensación de estar entre sus brazos, sintiéndose protegida y amada.

No era digna de que el Señor la acogiese en su seno, había cometido casi todos los pecados que una mujer como ella podía cometer, pero ya no le importaba, solo le bastaba con volver a ver a Edouard, fuese donde fuese. La rastreaban, destrozando todo a su paso, ladrando ordenes, gritando su nombre. Claro, como si ella fuese a salir.

Cuando escuchó los pasos cerca de su destartalado cuarto, reaccionó. Podrían condenarla, llevarla a la plaza, podría quitarla su dignidad y su vida, podría ser ejecutada en la guillotina, pero nunca le arrebatarían aquellos recuerdos hechos de encaje, adornados con filigranas de luz y retazos de felicidad, que había hilados en aquellos últimos años de vida.

Robespierre, ni los revolucionarios le quitarían aquello.

Levantó uno de los tablones del suelo, y besó la cajita, con infinito cariño, la cubrió con su destrozada manta. La colocó al fondo del suelo, y volvió a poner el tablón en su sitio. Con aquella imperturbable serenidad, se quedó de rodillas, y cerró los ojos, sumiéndose en un silencio interno.

Las imágenes cruciales de su vida pasaron ante sus ojos, y por un breve instante, casi pudo vislumbrar el rostro de su madre perdida. Los revolucionarios entraron en su cuarto, y al reparar en el armario, se dirigieron hacia él.

Abrieron las puertas, y fue cuando ella decidió abrir los ojos.

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Historia Contemporánea > La Gran Guerra

Sophie entró en su habitación, aquella que antes compartía con su hermana, dejó el candil encima de la mesilla y el cuaderno sobre la cama, y volvió sobre sus pasos para cerrar la puerta. Caminaba de puntillas, despacio y en silencio, intentando no hacer ningún ruido que pudiera delatarla. Después, se sentó en la cama, dobló la almohada y apoyó la espalda contra ella. Con sumo cuidado, como si de un objeto extremadamente valioso se tratara –y, en cierto modo, así era, al menos para ella–, cogió el cuaderno. Estuvo observándolo detenidamente antes de abrirlo.

Sólo tenía ocho años, pero no era tonta. Era perfectamente consciente de todo lo que pasaba a su alrededor. O, al menos, de casi todo. Notaba que las gentes del pueblo habían cambiado en los últimos años; que ahora se respiraba tristeza por las calles. Oía a su madre llorar por las noches, cuando creía que todos dormían, y luego la veía cada mañana, tratando de sonreír pese a todo, fingiendo ser fuerte delante de ella. También sabía que si su padre apenas estaba en casa con ellas, era porque pasaba día y noche en la taberna, bebiendo hasta la embriaguez y acabando la jornada en una confrontación, verbal a veces y física casi siempre, contra cualquier vecino y por cualquier razón. Mucha gente en el pueblo creía que también ella y su madre eran maltratadas por su padre, pero no era así. Su madre apenas salía de casa porque todavía no había sido capaz de superar la muerte de su hijo ni la marcha de su hija mayor, y aquél era el mismo problema que había conducido a su padre al alcoholismo. Ahora, con Jean-Paul muerto y sin noticias de Eléonore, Sophie sabía que ya sólo estaban los tres, y que su padre jamás habría hecho nada por perjudicar ni a ella ni a su madre. Era cierto que tampoco se podía decir que se desviviera por ellas, pero, cuando estaba en casa y sobrio, las trataba bien. En realidad, no era un mal hombre. Por el contrario, era un buen padre, y quería mucho a su madre, pero se sentía culpable del actual estado de su familia. Por eso bebía, bebía y bebía. Para intentar olvidar.

Sophie también era consciente de que en la guerra moría gente, y más en aquella que llamaban Gran Guerra. Sabía que su hermano no había sido ni la primera víctima ni la última. Lo único que su ingenua mente infantil no lograba comprender era la necesidad de aquellas pérdidas. Por eso le gustaba jugar en la plaza del pueblo, porque desde allí se oían las conversaciones que los hombres mantenían sobre aquel conflicto. Oyó muchas veces que su hermano era un héroe, vio a los vecinos brindar solemnemente por él en numerosas ocasiones, escuchó innumerables estrategias de combate que prometían una rápida victoria… Pero pronto llegó a la conclusión de que nadie conocía la utilidad de la guerra. Así, concluyó que los mayores, en ocasiones, tampoco eran mucho más sabios que los niños, aunque fingieran serlo.

Estrechó el cuaderno contra su pecho y suspiró profundamente antes de decidirse a abrirlo. No estaba segura de querer hacerlo y sabía que sus padres no querían que lo leyera –ellos mismos habían evitado hacerlo–, pero sentía la necesidad de leerlo, de saber qué había vivido su hermano desde que se marchó. Qué había visto, qué había sentido, qué había pensado antes de… Sacudió la cabeza. Sí, necesitaba saberlo. Se sentía tremendamente sola desde que Jean-Paul se alistó en el ejército y, unos pocos meses más tarde, su hermana se marchó como enfermera al frente. Ahora creía que leyendo aquel diario sería como si estuvieran otra vez juntos, como si su hermano hubiera regresado para contarles a las dos sus aventuras. Los echaba mucho de menos; estaban muy unidos y siempre la habían tratado con mucho amor, siempre la habían protegido. Por eso, tras esforzarse mucho hasta conseguir leer sin atascarse apenas, se subió a una silla y logró encontrar el cuaderno en el armario más alto de la cocina, detrás de los pocos botes de legumbres que quedaban. Su madre no sabía que lo había encontrado y su padre, como casi todas las noches, no estaba en casa.

Al fin, se puso cómoda, abrió el cuaderno y aspiró su aroma profundamente, creyendo que olería como su hermano. Sin embargo, lo único que percibió fue la podredumbre de las trincheras. Tosió un poco, pero, después de tanto tiempo armándose de valor y buscando aquel cuaderno sin descanso, no dejó que aquel horrible olor a muerte la desanimase, y comenzó a leer.

Al pasar la primera hoja, una carta doblada en muchos pliegues cayó sobre su regazo. Iba firmada por un tal Marc Doumont. Sophie lo recordaba perfectamente: era el hombre que había ido a su casa a anunciarles la muerte de Jean-Paul. Fue él quien trajo el diario. En aquel momento creyó entender que era el capitán al mando de su hermano. Sólo lo había visto aquella vez, escondida detrás de la esquina del pasillo, pero le pareció bastante huraño. Sophie volvió a doblar la carta y la guardó donde estaba. Poco le importaba lo que pudiera decir aquel hombre. Al menos, de momento. Al final del cuaderno también descansaban numerosas cartas que tampoco iban firmadas por su hermano. No las leyó, pero reconoció los nombres de quienes las habían escrito: eran muchachos del pueblo, amigos de Jean-Paul, que tampoco habían regresado. De algunos no se tenían noticias desde hacía ya tiempo, así que Sophie supuso que jamás regresarían. Pensó en entregar las cartas a sus destinatarios, pero le asaltó la duda de si las familias de aquellos muchachos querrían leerlas o si, igual que había hecho su madre con el cuaderno de su hermano, las esconderían en el armario más recóndito de la casa. O, tal vez, recibirían la noticia del fallecimiento de sus seres queridos del mismo modo que su padre: dejándose caer, sin remedio aparente, en los oscuros brazos del alcoholismo. Al imaginar tanto sufrimiento, sacudió la cabeza y decidió dejar aquellas cartas de nuevo donde las había encontrado. Ya pensaría más tarde qué hacer con ellas, pero, en ese momento, estaba demasiado nerviosa como para decidir nada.

Por fin, abrió el cuaderno por la primera página y comenzó a leer.

21 de febrero de 1916:

Ya llevo aquí algo más de un año y todavía recuerdo cuando no era más que un chiquillo que iba a la escuela todos los días. Entonces hacía solamente unos meses que había estallado la guerra, y nuestro profesor nos hablaba de los hombres del pueblo que habían ido al frente. Todo sonaba tan precioso… Héroes invencibles luchando por la patria, matando enemigos todos los días… ¡Cómo los admiraba yo, que sólo tenía diecisiete años! La guerra acabará en unos meses, seremos unos héroes ante el mundo entero, derrotaremos a nuestros enemigos, nuestros soldados son los mejores… Cosas así nos decía el profesor, pero, claro, ¿qué iba a saber él, que nunca había salido del pueblo? De todas formas, entonces yo estaba convencido de aquello. En ese tiempo pensaba que ya era un hombre, así que me alisté voluntario en el ejército. Ahora me doy cuenta de que sólo era un crío estúpido, y me arrepiento cada día de aquella estúpida decisión. Hoy, que cumplo diecinueve años, he descubierto que ya soy realmente un hombre: durante este tiempo he vivido cosas que nadie debería haber vivido jamás.

Lo cierto es que al principio todo fue bien. El entrenamiento me resultó un poco duro e inútil, ya que me iba a dedicar a salir de las trincheras de vez en cuando para matar alemanes durante un par de meses; luego, todo acabaría y regresaría al pueblo victorioso, y mis padres estarían orgullosos de mí, y volvería locas a las chicas, y quizás el alcalde preparara una fiesta a nuestro regreso. O eso creía yo. Ahora sé que todo eso era una tontería, que la guerra no funciona así. Mi vida consiste, básicamente, en pasar día y noche cubierto de barro, entre cadáveres en descomposición, comer el pan que nos dejan los bichos, matar ratas con la culata del fusil, combatir inútilmente contra la lluvia achicando agua para tratar de evitar que se inunde la trinchera, obedecer ciegamente las órdenes de un idiota con uniforme de general al que la vida de sus hombres le importa bastante poco, y rezar para que el siguiente disparo no llegue a mí. Y todo porque los alemanes son nuestros enemigos y tenemos que enseñarles lo que vale un peine. O eso dicen aquellos hombres condecorados de rango superior que me alientan a seguir luchando sin descanso pero que ni siquiera se han molestado en aprender mi nombre y que no han salido nunca de la protección de la trinchera. De hecho, ya no estoy seguro de quiénes son mis enemigos: ¿por qué voy a querer matar yo a un hombre que no he visto en mi vida? Antes de que comenzara todo esto ni siquiera sabía que los alemanes eran nuestros enemigos. Igual no lo son… Igual también tienen familia y amigos, gente que lloraría su muerte… Bueno, no lo sé. Supongo que sí, pero, de todas formas, ya da igual.

La semana pasada llegaron más jóvenes dispuestos a morir por la patria; decían que era lo más noble que podían hacer en esta vida. Yo no pude hacer otra cosa más que reírme. Antes hubiera estado totalmente de acuerdo con ellos, sí, pero ahora no veo la parte noble de la guerra. Toda esta miseria no puede tener lado bueno. Es imposible.

Ahora que lo pienso, quizás esto no sea tan horrible como lo estoy contando y la explicación a todo sea que ayer perdí a dos de mis mejores amigos: a Pierre y a dos compañeros más les cayó encima un obús, y François desapareció durante un asalto. Sólo deseo que siga vivo, que haya sabido esconderse y que regrese algún día de esta semana, tranquilo, sonriente, pidiendo una jarra de cerveza como quien llega a una taberna. Así es él. Además, hace tres semanas, Dominique perdió las piernas y murió en la enfermería; los enfermeros se quedaron su reloj de oro. Charles, Edouard y Pascal cayeron nada más salir de la trinchera dos días después. Algunos celebran que no fueran ellos, y ríen y cantan absurdas y groseras canciones en la trinchera para matar el tiempo (tengo que dejar de usar ese verbo, ya no lo soporto), pero yo no puedo hacer eso sabiendo que no volveré a ver a mis amigos. No tengo fuerzas suficientes para cantar. Supongo que perder a tus compañeros te hace ver las cosas desde otra perspectiva, y cada uno lo soporta de una forma diferente.

Acaban de comunicarme que esta misma mañana los alemanes han atacado Verdún, y que, dentro de un par de días, seremos movilizados allí para defender la ciudad. Se rumorea que han estado más de diez horas bombardeando la zona, así que estoy algo nervioso, la verdad. Ojalá pudieran venir conmigo mis amigos; siempre me he sentido más seguro con ellos a mi lado. No sé qué va a ser de ellos. La mayoría están a mi derecha, junto al resto de compañeros que hemos perdido durante estos últimos días. Supongo que mañana, si tenemos algo al menos remotamente parecido a un pequeño momento de paz, los enterraremos en el cementerio de la retaguardia. Espero que allí descansen y sean más felices de lo que han sido aquí. Tengo cartas que me dejaron para sus familias y espero poder entregarlas todas algún día. No sé cuando, pero tengo esperanzas. Marcel dice que es lo último que se pierde, pero yo prefiero perder antes la esperanza que las piernas. Ni siquiera sé si podré sobrevivir a mañana o si moriré y nadie me recordará jamás. Creo que eso es lo que más miedo me da: que me olviden; que después de todo el sufrimiento muera y nadie me recuerde, y sólo sea un número más en la lista de bajas. Puede que mi familia no me olvide, pero ni siquiera estoy seguro de que ahora me recuerden. Hace mucho tiempo que no sé nada de ellos. Supongo que ellos tampoco saben nada de mí.

Es muy tarde, y me esperan días duros, así que voy a intentar dormir un poco, hasta que me despierten el ruido de los disparos y los gritos, como siempre. Espero poder dormir mejor hoy: tengo la manta que usaba Dominique para protegerme del frío. La he encontrado esta mañana escondida en su petate. Me siento mal por usarla cuando él todavía está aquí, esperando un sitio donde descansar al fin. Creo que le enterraré con ella. Se lo merece. Mañana seguiré escribiendo. Estoy muy cansado y tengo sueño. Y frío. Y miedo. Mañana seguiré escribiendo, si puedo.

Jean-Paul Herault

Se detuvo leyendo el nombre de su hermano, pero un ruido la sacó de sus pensamientos de golpe. Temerosa de que la descubrieran in fraganti, rápidamente cerró el cuaderno, lo escondió debajo de la almohada, apagó el candil, se metió en la cama y se tapó con las sábanas. Contuvo la respiración y escuchó atenta. A juzgar por el sonido de una silla cayendo y las maldiciones posteriores, su padre acababa de regresar a casa. Suspiró aliviada cuando escuchó la puerta del dormitorio de sus padres cerrándose, pero decidió no volver a levantarse.

Repasó mentalmente lo que acababa de leer. Verdún le sonaba de algo y ahora sabía de qué: aquel hombre extraño que se presentó un día en su casa asegurando conocer a su hermano les había informado de que el fallecimiento de Jean-Paul se había producido el 23 de octubre de 1916, bajo fuego enemigo, en Verdún. Jamás olvidaría esa fecha. No pudo evitar pensar que su hermano era un héroe por sobrevivir tanto tiempo allí. En aquel preciso instante, poco antes de quedarse dormida, decidió que iba a dedicar toda su vida a lograr que nadie olvidara nunca a su hermano, ni al resto de soldados que combatían en aquella guerra, aunque fueran alemanes, porque todos merecían ser recordados por sus seres queridos y porque aquellos seres malvados que habían causado la guerra y entregado las almas de miles de hombres a los fusiles, fueran quienes fueran, debían aprender que eso estaba mal. Muy mal. Y porque las generaciones posteriores debían evitar a toda costa que aquello se repitiera. Su mente infantil no lograba comprenderlo de otra forma. Y los hombres que discutían acaloradamente en la taberna estrategias de guerra, en lo más profundo de sus corazones, tampoco.

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Historia Contemporánea > Ucronia

Preludio:

El Paseo de los tilos volvía a su esplendor, se habían replantado los arboles, pues ya no era necesario el habitual desfile propagandístico. París poco a poco volvía ser la ciudad envidiada, y los rigores del frio y el calor sufridos apenas unos años ya solo quedaban en un recuerdo aún no muy lejano. Los viejos veteranos contaban sus aventuras en países cercanos pero desconocidos, algunos exóticos pero con gentes que no eran muy diferentes a ellos, añoraban la belleza de las mujeres que había conocido y creaban celos y envidias entre sus compatriotas. Habían perdido la guerra pero no la dignidad.

Todo comenzó hacia poco, un grupo de campesinos atemorizados acudieron a la autoridades locales relatando hechos extraordinarios, no se dio crédito a sus "ignorantes" afirmaciones.

En Amsterdam la reina Guillermina volvía de su exilio para ocupar su palacio y ordenaba un escrupuloso estudio sobre la actuación de sus súbditos y los comerciantes extranjeros. En Roma, Viena Varsovia, Praga,.... por primera vez en muchos años se veía sonreír a sus gentes.

Acto I:

350.000 hombres son muchas vidas y todo por un delirio, - afirmaba un oficial que asistía a un consejo de guerra acusado desertor- eso sin contar las de nuestros aliados y colaboracionistas... Esta espiral solo nos llevará al caos y somos un pueblo racionalista. Debio causar impresión su afirmación, pues a los pocos días Generales y Mariscales retomaron un proyecto ya de antiguo elaborado.

En el barrio de Pankow, sucedieron fenómenos inexplicables: una especie de torbellino se abría paso entre casas e industrias pero mágicamente no dañaba a nadie. Mientras tanto Germán Orazl, salía de su rutinario trabajo como meritorio en el Pergamonmuseum. Habitualmente solía ir a tomar con su camaradas unas "turbias", pero aquel día la idea de volver otra vez a Alexanderpalzt le parecía ridícula, e incluso le desviaba de su hogar. - Estoy harto de aguantar a estos prepotentes del partido que se mofan de mi por vivir en un barrio periférico- pensó amargamente.

Acto II

Una joven paseaba por los vericuetos del Tiergarten, ajena a la sordidez de la ciudad que enmascara el parque; deambulaba, como dejándose llevar por sensaciones ajenas a su voluntad, pues se sentía feliz, consciente y distante a la realidad que le envolvía. Estoy lejos de casa- pensó- y cuando caiga la noche quizá puedan llegar los bombardeos aéreos. Había oído muchas historias tenebrosas de lo que estaba sucediendo.

A paso rápido, casi a la carrera cruzo Bradenburg Tor y Pariserpalz casi poseída por un temor inconsciente que la atenazaba, solo quería llegar al Underbhan que la devolviera a casa, pero no contaba que los tacones de sus zapatos, estaban tan acabados como la guerra y se quebraron en un último esfuerzo. Germán contempló la escena. Sirenas de alarma comenzaron a escucharse en la ciudad...

Acto III.

Ya en casa Germán no podía dejar de pensar en aquella joven que había conocido de forma casual,. En su cabeza revoloteaban mil ideas, sueños y fantasías que le evadían de una triste realidad, la espera agónica de un derrota anunciada ¿que ocurriría el día después?.

Un avión se estrello en el aeropuerto de Tempelhof aquella noche y los ladridos de los canes poco contribuyeron al poco descanso que se podía permitir una sociedad atenazada. A la mañana siguiente, como de forma sistemática y cotidiana los ciudadanos encendieron sus aparatos de radio, pero en esta ocasión no había ningún tipo de señal, ni siquiera en toda la amplitud del dial. Germán no le dio la mas mínima importancia, desayuno lo poco que había administrado, comprobó la temperatura exterior y se dispuso a atravesar el Spree como cada día. Pero aquel día no era uno cualquiera Ya cerca de Friedrichstrasse una joven rubia se abalanzó sobre él y con voz palpitante le dijo No te has enterado todavía, la guerra ha terminado, el führer ha sido asesinado y la Wehrmacht ha tomado el control del país, ahora mismo están pactando la capitulación... - ¿Pero cómo lo sabes?- dijo incrédulo. - Las Valquirias, las.. las Valquirias, llegaron anoche a Mitte y de forma asombrosa nos desvelaron lo que había ocurrido, lo del avión, lo de...-. Un estallido corto el monologo.... y una nave de proporciones gigantescas oscureció el paisaje

Acto IV.

En "La guarida del lobo" no quedaba piedra sobre piedra, solo cenizas y restos calcinados de lo que antaño fuera fortaleza inexpugnable. Nadie en los alrededores daba crédito a aquel rayo luminoso que rompió la noche y desintegro de un soplido todo lo que abarcaba su luz. La cabeza del General Fromm era un mar de dudas, - ¿quien ha sido?... Todo estaba previsto para la reunión de mañana- ... se preguntaba una y otra vez.... - Bueno es igual, ahora solo queda fijar los términos del acuerdo de rendición, y que sea lo que sea-....

La joven de nuevo se abrazo impetuosamente al cuerpo de Germán, mientras gritaba casi histérica.. por fin, por fin....por fin...

Epilogo:

En el puente de mando, se recibía una lacónica comunicación; "Exito en su misión. Regresen lo antes posible a su espacio temporal convencional. Felicitaciones". Un gatito ronroneaba en los brazos de la comandante de la nave que una vez más se preguntaba si era muy ético eso de alterar la Historia....

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Historia Actual > Rosas Amarillas

Alguien seguía visitando el lugar de muerte de Edward, no importa quién, gente sin rostro, sin emociones, sus sentimientos no importan, nadie piensa en esa persona que ha día de hoy sigue acudiendo hasta su foto, la cual busca con cara de horror entre las miles y miles de fotografías que encuentra en los pasillos de los barracones, siente como las miradas se le van clavando en la espalda como puñales, sin embargo no son las miradas que se les esperan: desgarradas, doloridas, miradas de auxilio…la desesperación cubre sus rostros, miradas a punto de apagarse.

Pero mi Edward no, mi Edward era tan duro, aguantó escondido en un agujero en Cracovia durante un año entero, yo ni siquiera podía visitarlo, ni mandarle cartas. Lo peor no fue aquel año en el que no lo pude ver nunca, cuando llegaba la noche y terminaba de trabajar en la fábrica mis pensamientos aturdían mi cabeza de tal manera que solo dormía dos horas al día, mi Edward vivía como si fuese una maldita rata sin haber hecho nada, sin saber si algún día volvería a sentir sus azules ojos en mi cuerpo, sin abrazarlo, las lágrimas acudían a mis ojos en aquellos momentos, solía permitirme ese descanso ya que durante el resto del día estaba vigilada a todas horas, si algún espía de las SS me veía se cundiría el pánico.

Edward estaba muerto, eso estaba claro, desde que el primer nazi entró en Alemania Edward debía estar muerto en la mente de todos aquellos que lo conocíamos, es ese agridulce modo de vida en el que tu corazón sigue latiendo pero tu cuerpo ha desaparecido.

Estos son algunos de los pensamientos que incluso a día de hoy, cuando han pasado tantos años de su deportación y muerte me siguen acudiendo a la cabeza cada noche, cuando el cielo de Cracovia se torna negro y a mi mente acude el sabor de sus besos, esos besos que se hicieron cortos aunque en algún momentos parecían tan eternos…Sin embargo últimamente ha asaltado a mi cabeza una idea nueva, quiero escribir la historia de Edward y sé que esto no es nada novedoso, que el cine, la literatura y el teatro en ciertos momentos ha llegado incluso a abusar de este tema, entrando a los tópicos que tanto me enfadan, quizá ese sea el motivo por el que quiero contar esto, las palabras salen de mi boca a borbotones, sin quererlo, sin estructurarlas, con coletazos de rabia, la que llevo conteniendo desde que tenía 24 años.

Edward Pietrzak, o como fue conocido en sus meses de deportado, número 12328 era hijo de un general polaco que luchó en la guerra polaco-soviética de 1920. En este momento Polonia consiguió por segunda vez formar una República y conseguir la ansiada libertad como país, la que irónicamente, perdimos a manos de nuestros “salvadores” los rusos. Nuestros gobernantes de aquel momento, entre ellos el padre de mi Edward, tuvieron que tomar decisiones de las que estoy segura que no se sintieron del todo orgullosos, como firmar pactos de no-agresión con los soviéticos. Lo que nadie sabía era que Alemania, que en ese momento de devastación, estaba sembrando tal odio hacia nosotros.

Edward y yo vivíamos en la eterna ciudad de Cracovia, fuimos juntos al colegio, cosa que solo pudo ser posible porque nuestros padres eran adinerados. Desde muy pequeño Edward me regalaba flores, siempre rosas de color amarillo, decía que cuando las veía en los puestos de Rynek le recordaban al color de mi pelo y a mí eso me encantaba. Sin embargo todo no pudo ser así de perfecto, mi madre murió cuando yo tenía dieciocho años, una mañana nevada de algún día de noviembre que por algún motivo he borrado de mi cabeza. Una semana después Edward se presentó en mi casa con un ramo de rosas amarillas, llevaba diez años sin verlo, él tenía veinte años y la complexión física de un hombre alto y fuerte, vestido con el uniforme típico de los soldados polacos.

Cierro los ojos, intento recordar cómo llegamos a esa situación, solo sé que desde ese momento amé a Edward, al que le añadí el artículo de cariño, y que ese amor se mantendrá en el fondo de mi corazón hasta el último día de mi vida.

Se hace muy difícil estar enamorada de alguien que está condenado a morir y no poder sacarlo de tu cabeza, él no quería que lo esperase, cuando los nazis invadieron Polonia él sabía que su cabeza valdría oro, como la de todos aquellos que sin ser judíos o gitanos estaban condenados a morir a manos de alemanes y mientras yo, me resistía a creer que eso sería así, las noticias de la política de Hitler eran recibidas cada vez con mayor recelo, ni siquiera serviría exiliarnos, todo lo que nos rodeaba en aquel momento era sangre, injusticia, temor, miedo, suciedad, ira y desgarro.

Durante aquel año en el que Edward estuvo escondido y los meses de su deportación me seguía negando a mí misma que nuestra historia fuera a terminar aquí, Edward saldría Auschwitz, como los alemanes la llamaban y nos iríamos a vivir lejos de aquí, los americanos y los ingleses vendrían a rescatar a todos los que sin quererlo habíamos acabado bajo el yugo de Hitler, estaba segura. Qué pena no haber sabido toda la verdad de lo que estaba pasando…

No es mucho lo que puedo contar de mi Edward porque desde el 26 de octubre de 1939 no volví a saber nada más de él, solo me quedan su sentencia a muerte y su fotografía, una de las muchas que están expuestas en los pasillos del campo de concentración de Osciecim, trato de no llamarlo Auschwitz ya que si lo hago la sombra de aquellos años parece perseguirme. Poco sabíamos de que se estaba depurando personas allí de una de las formas más horribles que he visto en mi vida, gaseándolos como su fueran cucarachas, no sé si Edward también murió gaseado, ahorcado, fusilado o simplemente de aquellas condiciones en las que vivía, las cuales yo ignoraba.

Sigo acudiendo al campo, una vez al mes cojo el minibús, lleno de turistas expectantes por conocer aquel terrible lugar, ansiosos por ser partícipes de la historia de mi país, el que quisieron devastar y convertir en una inmensa pradera, en eso estoy orgullosa de ser polaca, lo que los siglos de invasiones no consiguieron han fortalecido a mi país, a sus gentes y sus ciudades, si tantos muertos han hecho posibles la paz, sé que Edward se sentiría orgulloso.

Me bajo a las puertas del campo, a las afueras de Osciecim, camino hasta la entrada, aquí siempre habrá turistas que desde el momento en el que entren serán conscientes de lo que pasó esta gente, guardo la fila y entro, no necesito guías ni mapas, voy directa al barracón 13 el último de la derecha, camino hasta la mitad del pasillo, ahí está, me mira, clava sus ojos en mí, aunque lo hace con todo el que pasa por su lado, este Edward siempre será un pillín. La fila de entrada avanza, se hace un tapón, la gente quiere entrar, tiene ansias por absorber toda la historia de este lugar y yo, solamente quiero pillar una rosa amarilla en la esquina superior de su foto.

En el verano de 2015 visité Auschwitz con el corazón en la mano, es un sitio donde en cada esquina se sigue respirando el sufrimiento de todos los que murieron sin razón, la foto de Edward me llamó la atención entre las miles que hay, podría haberme fijado en cualquier otra pero aquella rosa me hizo creer en que después de tantos años aún habría alguien llorando por Edward, ni siquiera puedo imaginarme lo que debe ser. Esta historia es un todo ficticio que desde el momento que vi su foto me asaltó a la cabeza, es un tributo a un país que como el ave fénix, ha resurgido de uno de los momentos más duros de la historia.

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Historia 2.0

41 comments

  1. Karen Arian 3 Noviembre, 2015 at 09:30 Responder

    El relato que más me ha gustado es el de Historia Antigua: El último solsticio.
    Me ha transportado completamente al lugar y tiempo relatados. Me ha llegado al corazón.

  2. Guadalupe Martín 3 Noviembre, 2015 at 13:24 Responder

    Me ha gustado mucho el último solsticio, porque me gusta la historia antigua y porque te trasporta a esa época en la que aún estábamos conectados con la naturaleza y lo importante de la vida…
    Lo importante de la vida es la salud, el amor, la amistad el respeto a nuestro planeta…

  3. Andrea Olson 8 Noviembre, 2015 at 18:44 Responder

    Por mi Diosa, realmente ha sido muy complicado elegir un solo trabajo. Hay textos realmente buenos por su calidad narrativa y su recreación histórica. En particular, destacaron para mí “Cuento de equinoccio otoñal” y “El último solsticio”. Sin embargo, me decanto por “El último solsticio” ya que además de sus cualidades textuales, me parece que hace una recuperación muy valiosa de la visión femenina de la Historia, así como de la sabiduría ancestral de los pueblos, y de la vida cotidiana y celebraciones en comunidad. ¡Enhorabuena!

  4. Fabián Gómez 10 Noviembre, 2015 at 17:26 Responder

    A pesar de alguna situaciones “curiosas” con algunos votos, no se puede negar que todos son muy buenos, pero mi favorito es “Cuento de equinoccio otoñal”

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