Eros y Psique

Una de las leyendas más populares de la mitología grecorromana es, sin duda, la historia de amor de Eros y Psique. Sus raíces se encuentran en el folclore popular y la transmisión oral, pero fue Apuleyo quien la puso por escrito por primera vez en el siglo II dentro de su obra más famosa: El asno de oro, también conocida como Las metamorfosis.

El autor y su obra.

Apuleyo nació entre los años 114 y 125 en Madaura, África, en el seno de una familia de buena posición. Fue enviado a estudiar a Cartago, pero su padre murió a finales de esa etapa y recibió una importante herencia que le permitió dedicarse a viajar y seguir aprendiendo. Completó su formación en Atenas y Roma y volvió a Cartago a dar conferencias como sofista. En un viaje a Alejandría cayó enfermo y se alojó en casa de la madre de su amigo íntimo Ponciano, al que conoció en Atenas. Esta estancia se prolongó un tiempo y tuvo como resultado la boda entre Apuleyo y la madre viuda de su amigo. A la muerte de Ponciano, su hermano denunció a Apuleyo por engañar a su madre con magia, pero el escritor salió absuelto tras defenderse a sí mismo con el discurso conservado en su obra Apología. Tras los datos del pleito, la información sobre su vida es mucho más dudosa. Sabemos que El asno de oro fue una de sus últimas obras.

La obra trata de Lucio, un mercader de Corinto convertido accidentalmente en asno, y de las peripecias que vive hasta recobrar su forma humana. Esta obra es una versión ampliada de otra griega más antigua llamada Lucio o el Asno. El texto de Apuleyo, precursor de la novela picaresca, alterna pasajes serios con cómicos e inserta otras historias ajenas al hilo conductor. De éstas, la que más destaca, tanto por extensión como por estilo y mensaje moral, es la de Eros (Cupido o Amor) y Psique (Alma). Tanto la obra como el mito de Eros y Psique en sí han sido fuente de inspiración en las artes literarias y pictóricas de los siglos sucesivos.

Ilustración de Marta Hernández realizada para Historia 2.0 © MARTA HERNÁNDEZ. Todos los derechos reservados /All rights reserved. PROHIBIDA su utilización.

Psique, la encarnación humana de Afrodita

Cuenta la leyenda que Psique era la hija menor de las tres hijas de un rey. Sus dos hermanas mayores estaban casadas con príncipes de otras ciudades. Eran hermosas, pero ni de lejos como ella. Su belleza era tal que la gente empezó a verla como la representante de Afrodita entre los mortales y comenzaron a lanzar flores a su paso y a pedir su favor y protección. El fervor llegó a tal punto que los templos de la propia diosa quedaron vacíos, y su culto, desatendido. Cuando Afrodita se enteró de esta situación, se enfureció tanto que, celosa, llamó a su hijo Eros para pedirle un favor: hacer que Psique se enamorara del ser más abyecto y desgraciado que existiera, maldito tanto en posición social como en fortuna e integridad.

Con ese cruel encargo, Eros partió en busca de Psique. No era algo muy diferente a sus actividades habituales, pues se lo conocía por su insolencia y atrevimiento, además de por los múltiples escándalos en los que involucraba a dioses y mortales. Sin embargo, cuando vio a la joven quedó tan impactado por su belleza que se disparó la flecha en el pie.

Psique, por su parte, tenía un problema de amores bien distinto, y es que, pese a su reverenciada belleza, nadie se atrevía a cortejarla y sus padres no conseguían casarla. Su padre, desesperado, acudió al Santuario de Apolo en Mileto para consultar al oráculo. Éste le dijo que su yerno no sería mortal, sino un monstruo alado a quien temían hasta los propios dioses. Debería llevar a su hija a la cima de un tálamo fúnebre, vestida con ricas galas, y dejarla allí sola.

Al anochecer, la procesión se puso en marcha como si fueran a un funeral, con llanto y duelo. Psique, resignada, consolaba a sus seres queridos. Una vez sola y a oscuras sintió miedo, pero entonces Céfiro, el viento del oeste, la hizo descender hasta el fondo del valle y aterrizar en un césped florido donde se durmió. Al despertar se encontró junto a un bosque atravesado por un río cristalino. Allí había una casa de oro, marfil y piedras preciosas. Entró en ella, asombrándose con las riquezas que había por todas partes y preguntándose quién viviría allí. Una voz le dijo que todo aquello era suyo y sus sirvientes, invisibles, la atenderían en todo. Y por la noche llegó su nuevo marido, pero la advirtió de que no podría verlo. Tan solo le pedía que confiara en su amor y todo saldría bien. Consumaron el matrimonio y él se marchó antes de que llegara el alba.

Esta situación se prolongó durante un tiempo y Psique se enamoró de las palabras y caricias de Eros, pero pasaba los días sola y le resultaban largos y tristes.

Las hermanas maliciosas

Una noche, Eros advirtió a Psique acerca de sus hermanas. Éstas tenían intención de ir a buscarla, pese a creerla muerta, y no debía contestarles ni mirarlas si las escuchara llamarla. De lo contrario, le traerían desgracia. Psique, lejos de hacerle caso, le suplicó que se las dejara ver hasta que lo convenció. Eros insistió, incluso con amenazas, que no hiciera caso a lo que le dirían y no intentara ver cómo era él, porque entonces se arruinaría su felicidad.

Céfiro trajo a sus hermanas al fondo del valle y éstas quedaron asombradas con la casa que poseía su hermana. Por supuesto, intentaron averiguar con quién se había casado, pero Psique se limitó a contestar que su marido era un príncipe joven y guapo que pasaba todo el día fuera de caza. Las despidió, cargándolas de regalos, y las hermanas volvieron a sus casas muertas de celos y quejándose de sus propios maridos. Empezaron a sentir que Psique las había tratado con arrogancia, por lo que escondieron las riquezas que habían traído consigo y fingieron el llanto para convencer a sus padres de que su hija menor estaba muerta. En realidad, ambas tramaban un plan para destruirla.

Pasaron los meses y Psique quedó embarazada de Eros, quien le anunció que su hijo sería un dios siempre que ella mantuviera su palabra y no intentara verlo. Una noche, la avisó también de la inminente visita de sus hermanas y nuevamente le hizo prometer que se mantendría leal a él. En aquella visita, las hermanas volvieron a sacar el tema de su marido y Psique, que ya no recordaba lo que les había contado, les dijo que era un rico mercader de cabello cano que pasaba mucho tiempo fuera comerciando. Tras eso, las volvió a cargar de regalos y a despedir. Pero las hermanas volvieron una tercera vez, ya convencidas de que había algo raro en todo aquello, y consiguieron que Psique confesara que no había visto nunca a su marido. Entonces ellas envenenaron su mente, convenciéndola de que su esposo era un monstruo que estaba esperando a que llegara a la plena madurez para devorarla. Le pidieron que, cuando él se durmiera, cogiera una navaja de afeitar y una lámpara de aceite y lo apuñalara en el corazón. Ella siguió el consejo de sus hermanas pero, cuando llegó el momento, reparó en el carcaj con flechas al pie de la cama. Examinó una y se pinchó un dedo con la punta. Entonces se acercó a su marido con la lámpara y descubrió quién era, sintiendo una renovada pasión por él por efecto de la flecha. Para su mala suerte, al acercarse derramó aceite de la lámpara sobre su hombro derecho y Eros se despertó, descubriendo la traición de su amada.

Eros se marchó sin decir nada, pero Psique se agarró a su pierna y voló con él hasta que cayó, ya en el exterior. Entonces él se posó sobre un ciprés cercano y le echó en cara que hubiera ignorado sus advertencias, arruinando así su felicidad. Una vez se hubo ido, la casa desapareció y Psique se quedó sola en medio de la oscuridad. Corrió hacia el río y se lanzó de cabeza al agua para poner fin a su tormento, pero el río la devolvió a la orilla sana y salva. El dios Pan, que se encontraba en la cima de la montaña y presenció la escena, fue a consolarla y le aconsejó que buscara el perdón de su marido.

Psique emprendió su viaje, y en su camino pasó por casa de sus hermanas. Éstas, al escuchar el resultado de la historia, corrieron de nuevo a la roca en la que habían dejado a su hermana aquel día lejano para intentar que un dios las tomara por esposas a ellas también. Lo que encontraron, sin embargo, fue su justo castigo. Céfiro las empujó por el precipicio y murieron despedazadas. Psique continuó su camino, vagando de templo en templo y viendo rechazadas sus peticiones de ayuda a otros dioses. Por su parte, Eros se refugió en casa de su madre para sanar sus heridas, y cuando Afrodita se enteró de su relación con su rival, montó en cólera y mandó a Hermes a todos los rincones con el mensaje de que quería capturar a la joven.

Las pruebas de Afrodita

Fue la propia Psique quien se presentó en uno de los templos de la diosa, donde una de sus siervas la llevó ante ella arrastrándola del cabello. Afrodita comenzó su venganza mandando a sus esclavas Inquietud y Tristeza para que la torturaran. Después, ella misma tomó el relevo, amenazando incluso con provocarle un aborto antes de darle una paliza.

Su tortura se volvió más refinada, encargándole a la desdichada una prueba imposible. Hizo traer un gran montón de semillas de trigo, cebada, mijo, semillas de amapola, garbanzos, lentejas y habas, todo mezclado, y le ordenó que los separara antes del anochecer. Psique ni siquiera lo intentó, sabiendo que no lo conseguiría. Entonces, una hormiga que conocía bien lo duro de la tarea se compadeció de ella y llamó a sus compañeras para ayudarla. Terminaron el trabajo a tiempo y desaparecieron. Afrodita no creyó que lo hubiera conseguido sola, pero le dio un trozo de pan y la dejó dormir allí. Ni Eros ni ella sabían que estaban tan cerca el uno del otro.

A la mañana siguiente la llevó a un bosque donde pastaban carneros salvajes con vellones de oro y le pidió que le trajera esa lana. Psique fue, pero con la intención de suicidarse y terminar con su agonía. Sin embargo, la ninfa del río al que pretendía tirarse le advirtió que no profanara sus aguas con su muerte y le aconsejó que esperara a que los violentos carneros se durmieran y entonces cogiera la lana que había quedado enredada entre las ramas de los arbustos. Eso hizo y superó así la prueba, pero aun sin obtener de Afrodita más que recelo y furia.

En la siguiente prueba, la diosa estaba convencida de que nadie podría ayudarla: Psique debía subir a la cima de una alta montaña con una jarra y coger agua del río negro que riega las marismas estigianas. Debería completar esta tarea antes de salir el sol. El camino lo guardaban dragones, por lo que la muchacha estaba convencida de que esa vez sí moriría. Y al acercarse, una vez más encontró ayuda. El águila de Zeus, que debía un favor a Eros, cogió su jarra y llegó hasta la cima sobrevolando a los dragones. Afrodita, por supuesto, se enfureció aun más al ver a Psique aparecer viva, con la jarra y dentro del plazo.

Le ordenó entonces una última prueba: bajar al infierno. Le dio una caja y le encomendó llevarla hasta Proserpina y pedirle un poco de su belleza. Psique subió a una alta torre, creyendo que tirarse desde ella sería la forma más rápida de llegar al inframundo. Pero la torre habló y la detuvo, señalando que si su alma se separaba de su cuerpo, jamás podría regresar. Le indicó cómo proceder; debía dirigirse a Lacedemonia, donde encontraría una entrada. Atravesaría las cuevas con dos monedas en la boca y una tarta de cebada en cada mano. En su camino encontraría un asno cojo cargado de leña con un conductor, también cojo, que le pediría ayuda con la carga, así como unas viejas hilanderas que querrían que les echara una mano con su labor. En ningún caso debía hacerlo, sino ignorarlos y pasar en silencio. Cuando llegara hasta el barquero Caronte debería darle una de las monedas, pero tenía que ser él quien la sacara de su boca. También en esa travesía, un muerto intentaría que lo ayudara a subir a la barca, pero no debía compadecerse. Una de las tartas se la daría a Cerbero, y la tarta y la moneda restante debería guardarlas para la salida. En casa de Proserpina, ésta la acogería con gran hospitalidad, pero ella tenía que sentarse en el suelo y pedir solo un pedazo de pan negro. Y, sobretodo, la norma más importante era no abrir la caja. Psique cumplió todo a rajatabla y consiguió salir, pero una vez en el exterior sucumbió a la tentación la abrió. En vez del secreto de la belleza, lo que encontró fue un sueño profundo que la dejó como muerta.

Eros, ya restablecido de su herida y sin soportar estar lejos de Psique, se fugó de casa de su madre y la fue a buscar. Cuando la encontró, volvió a guardar el sueño en la caja y la despertó con una flecha. Tras amonestarla porque, una vez más, su curiosidad la había metido en líos, la envió a completar la misión mientras él arreglaba su situación. Dicho esto, partió inmediatamente en busca de Zeus y le suplicó que aprobara su matrimonio. El rey de los dioses accedió por el cariño que le tenía, y ya de paso, a cambio de alguna hermosa muchacha que hubiera en aquel momento entre los mortales. Mandó a Hermes a avisar a todos los dioses para que acudiesen a una asamblea, bajo la amenaza de una multa si faltaban. El anfiteatro celestial se llenó.

Zeus anunció que el hecho de que Eros sentara la cabeza con el matrimonio era algo bueno, y que Afrodita no vería manchado su linaje por tener una nuera mortal porque él mismo le daría la ambrosía para igualarla a los dioses.

Por fin, tras tantas penurias, Eros y Psique tuvieron una boda formal ante los dioses y pudieron estar juntos con la aprobación de Afrodita.

BIBLIOGRAFÍA

  • Apuleyo, Lucio: El asno de oro. Madrid, Cátedra, 2006.

  • Hope Moncrieff, A. R.: «Mitología Clásica», Serie Mitología. Madrid, Edimat Libros, 1998.

Si quieres utilizar este texto perteneciente a Historia 2.0, no olvides citarnos de la siguiente forma:

Elías Viana, Marta: Eros y Psique en: Cápsulas históricas. (14 de febrero de 2017) Historia 2.0. [Blog] Recuperado en: http://historiadospuntocero.com/eros-y-psique/ [Consulta: fecha en que hayas accedido a esta entrada]

Marta Elías Viana

2 comments

  1. Alicia Montero 9 Agosto, 2017 at 18:19 Responder

    Hola, Marta. Me gustó mucho la versión que incluiste aquí de la historia de Eros y Psique contada por Apuleyo. Se mantiene fiel y está muy bien redactada. la citaré en un ciclo de lecturas sobre Psicoanálisis que hemos titulado precisamente Eros y Psique. Para leer a Freud y Lacan.- Saludos desde Maracaibo, Venezuela.

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