Hermenegildo y Leovigildo. Choque de reyes.

En el año de 586 Leovigildo, uno de los monarcas más célebres de la Historia de España, se encontraba a las puertas de la muerte. En esos últimos instantes de vida, después de 14 años de reinado, después de una gran labor legisladora, tras combatir a los bizantinos y empujarlos hasta la costa, de haber unido a casi toda la Península bajo una misma corona, una sola mancha enturbiaba su memoria: el largo enfrentamiento que sostuvo con su hijo mayor, Hermenegildo, que supuso cinco años de guerra civil y la prematura muerte de su vástago.

Todo había comenzado cuando Leovigildo, en 572, conseguía una hazaña que no habían podido conseguir sus antecesores Ágila y Atanagildo, hacerse con el control de la rica y próspera Córdoba. Los bizantinos controlaban la ciudad y buena parte del valle del Guadalquivir, sobre todo gracias al apoyo de las élites hisparromanas, últimos descendientes del poder de Roma. De esta manera Leovigildo, que compartía el trono con su hermano Liuva (que combatía a los francos en la Septimania cerca de los Pirineos) se hacía con el control de la Bética y del fértil valle del Guadalquivir, las tierras más ricas y fértiles del sur de la Península.

Mapa de la península Ibérica durante el reinado de Leovigildo.

Esta conquista no solo supuso una gran victoria militar, también supuso un gran alivio para el tesoro visigodo, pues al subir al trono Liuva, había encontrado las arcas casi vacías. No obstante, y de forma inesperada Liuva fallecía pocos meses después de la toma de Córdoba. Quedaba así Leovigildo como único gobernante y aspiraba a convertirse en el gran unificador de la península. Leovigildo se dirigió hacia Toledo, dejando a sus espaldas a toda la Bética sometida a un férreo control personal. En la ciudad del Tajo, se hizo coronar con todos los atributos reales. Incluso para refrendar su poder y para difundir su nombre y su figura por todo el reino, hizo acuñar una moneda de oro llamada tremises. Al mismo tiempo asoció al trono a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, fruto de su primer matrimonio (una noble visigoda cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros). Así buscaba fortalecer y reafirmar la institución de la monarquía, asegurándola con una auténtica dinastía. Poco a poco, ambos hijos fueron acumulando poder y cargos, todo ello pese a las reticencias de la reina consorte, Gosvinta. La reina, de origen franco, ya había estado casada con el rey Atanagildo y era el nexo de unión entre los reinos franco y visigodo. Sobre este personaje, que la Historia ha vestido como intrigante y manipulador de la voluntad del rey, volveremos más adelante.

Los bizantinos ya no suponían una amenaza para el reino, sólo controlaban una estrecha franja de territorio en el litoral andaluz, por lo que asegurada la retaguardia el monarca emprendió una intensa labor legislativa. Tal y como nos relata el obispo Jiménez de Rada en su famosa obra Historia gótica, busca acercarse a la comunidad hispanorromana por lo que comienza por despenalizar el matrimonio mixto. Seguidamente, en su recién creada Aula Regia (órgano que le ayudaba al gobierno del reino formada por nobles, cortesanos y jueces), incluirá a importantes magnates de origen hispanorromano. Esta comunidad, ahora cercana a la corona, constituirá un auténtico grupo de presión que tendrá como resultado leyes y reformas cada vez más beneficiosas para los hispanorromanos.

No obstante, continuaba existiendo un foso infranqueable entre ambas comunidades, la religión. Los visigodos se habían convertido al cristianismo arriano cuando aún eran un pueblo federado de Roma; mientras que los hispanorromanos eran, en su mayoría, católicos. Las preocupaciones del rey a este respecto aumentaron cuando Hermenegildo, su primogénito, comenzó a acercarse a la fe católica y a muchos de los principales nobles hispanorromanos presentes en la corte. Leovigildo, en 579, pensó en darle a su hijo el cargo de la Bética, para que sus preocupaciones fueran más allá de los debates teológicos. Al mismo tiempo, lo casó con la princesa franca Ingunda (que era además nieta de la reina Gosvinta). Lo más peculiar del caso es que, Ingunda era un ferviente católica. Las crónicas hablan de cómo la insistencia de la reina, para que su joven nieta se convirtiera al Arrianismo, llegó al extremo del maltrato y los tratos vejatorios. Quizás fue este episodio el que abrió una pequeña brecha entre padre e hijo que no iba a hacer más que aumentar en los siguientes años. La joven pareja decide trasladarse a la Bética y establecerse en la pujante Sevilla.

A los pocos meses de la marcha de Hermenegildo e Ingunda, llegaron a la corte toledana las noticias sobre la definitiva conversión del hijo del rey. Se había hecho bautizar por el obispo de Sevilla, el futuro santo Leandro, y se hacía llamar Juan. Las dudas sobre la sincera conversión de Hermenegildo, o si pesaron más las razones políticas y de poder han dividido a los historiadores desde entonces. El caso es que, llevado por la ambición, y con el firme apoyo de la aristocracia hispanorromana bética, rompió con el reino de su padre no sólo en el plano religioso, también en el político. Hermenegildo se proclamó rey de la Bética.

En el año 580 surge un foco rebelde en tierras vascas que Leovigildo se apresura a sofocar. Este periodo es aprovechado por Hermenegildo que comienza a asegurar su posición. Por un lado, se gana el apoyo de Mérida, otra de las ciudades más importantes de la mitad sur del reino; y por otro, firma un acuerdo con bizantinos que le garantizaban la no intervención en el conflicto entre padre e hijo. También lo hace con el rey suevo Miro, también católico, que tiempo atrás se había enemistado con Toledo. Según se puede extraer de sus movimientos políticos, Hermenegildo nunca trató disputar el trono toledano a Leovigildo, más bien su intención era crear su propio reino en el sur de la península y establecer sus propias redes de poder con los pueblos del mediterráneo occidental.

De este periodo data el famoso dintel de la supuesta iglesia erigida por el propio Hermenegildo, conservado hoy en el museo arqueológico de Sevilla, en el que se narra la persecución del rey Hermenegildo por parte de su padre. Reprimida la revuelta vascona en el 582, Leovigildo centra sus esfuerzos en hacer entrar en razón a su hijo. Intentó acercarse a su hijo convocando un sínodo de obispos arrianos y resolver así la cuestión religiosa. A pesar de sus esfuerzos, llegada la primavera de 582 no le queda más remedio que armar un gran ejército y dirigirse hacia Sevilla a la que ponen sitio.

Dintel de la iglesia fundada por Hermenegildo en Sevilla. En él se describe como Hermenegildo, en su segundo año de mandato es perseguido por el rey Leovigildo.

 

Durante los dos años de sitio Hermenegildo se esforzó en buscar más apoyos que le permitieran lanzar un ataque al ejército de su padre. Pero Leovigildo siempre había sido un hábil gobernante, mucho más que su hijo, e hizo que los principales aliados de Hermenegildo, los bizantinos, dejaran su neutralidad a cambio de más de 30.000 sólidos de oro. Unidas las tropas bizantinas y las toledanas pocos apoyos le restaban ya al joven rey rebelde. El rey Miro, que había acudido en su ayuda se entera de la difícil situación de su aliado, pese a lo que ataca Sevilla sin mucho éxito. Firma la paz con Leovigildo poco antes de morir a causa de las heridas recibidas en la batalla.

Hermenegildo se ve en una difícil situación. Su mujer y su hijo recién nacido se hallaban de camino a Bizancio como rehenes. Sus apoyos entre la aristocracia sevillana habían desaparecido y el ejército de su padre le pisaba los talones. Al amparo de la oscuridad, sortea el asedio y huye hasta la ciudad de Córdoba en busca de los apoyos que había perdido en Sevilla. No obstante, tampoco es recibido por ninguno de los grandes magnates que antaño regalaron sus oídos y apoyaron sus pretensiones de poder. Solo y desesperado con las tropas de su padre entrando en la ciudad, se refugia en una iglesia.

Las siguientes líneas siguen los escritos de Guillermo de Tours, que nos cuentan como Leovigildo, compadeciéndose de su hijo mandó a su hermano pequeño, Recaredo, para convencer a su hermano de que se entregara. El historiador merovingio pone en boca del príncipe las siguientes palabras:

Acércate tú y póstrate a los pies de nuestro padre, y todos tus pecados serán perdonados.

Convencido o no, sabemos que Hermenegildo se presentó ante su padre y se arrojó a sus pies pidiéndole perdón. Su padre lo levantó, secó sus lágrimas, hizo que lo vistieran de acuerdo a su rango y lo condujo al campamento. Pero si los acontecimientos se asemejaban a la parábola del hijo pródigo, el final no iba a ser nada parecido. Una vez en medio del campamento y a la vista de su ejército, le despojó de los atributos que apenas le había otorgado y lo vistió con unos harapos. De esta guisa fue llevado a Toledo, donde se le condenó al exilio. Su destino fue Valencia.

A partir de aquí, los datos difieren según los autores y las fuentes. Para unos la descontenta nobleza valenciana vio un instrumento en el joven príncipe para levantarse contra Leovigildo; para otros fue la noticia de la muerte de su amada esposa, Ingunda, la que le llevó a aunar en torno a sí un grupo de nobles con los que, una última vez, alzarse contra su padre. Desde Valencia se dirigió a territorio franco en busca del apoyo de la familia de su difunta esposa. Pero el destino le esperaba en Tarragona. Nuevamente traicionado, fue hecho prisionero y, con grilletes en manos y pies, arrojado a una celda. Según Guillermo de Tours, fue asesinado el día de Pascua del año 585 y, justo antes de ser ajusticiado, su padre le tendió la mano mandándole a uno de sus obispos para darle la comunión arriana. Hermenegildo, aunque este episodio se encuentra entre la bruma de la leyenda, no sólo se negó a tomarla, sino que con ayuda de sus cadenas casi estrangula al pobre obispo.

Ilustración de Pablo Arellano realizada para Historia 2.0 © PABLO ARELLANO. Todos los derechos reservados /All rights reserved. PROHIBIDA su utilización.

A Hermenegildo se le consideró siempre un traidor después de su muerte. Incluso cuando cuatro años después de su asesinato, su hermano  Recaredo, se convirtió junto con todo el reino, al catolicismo. Mil años más tarde el empecinamiento del monarca Felipe II, llevó a Sixto V a elevar a Hermenegildo a los altares. Fue considerado mártir de la Iglesia Católica   y patrón de los ejércitos españoles.

El triunfo de San Hermenegildo (1654). Francisco Herrera el Joven. Museo del Prado.

Su triunfo llegó un mileno más tarde, pero su muerte cambió la Historia del Reino visigodo pues llevó a la unión de dos sociedades en apariencia, irreconciliables. Su rebeldía hizo avanzar a la Historia.

BIBLIOGRAFÍA

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MORÍN DE PABLOS, Jorge et alii. El ejército visigodo. El triunfo de la caballería. Arqueología Militar. Número 35. Año 2006. Págs. 30-37.

NICOLAS, Klein. Historia de un rey y un príncipe. La rebelión de Hermenegildo en e-Legal History Review. Número 11. Año 2011

SANZ, Rosa. La intervención bizantina en la España de Leovigildo en Erytheia. Revista de estudios bizantinos y neogriegos. Número 6 (1). Año 1985. Págs. 45-59

VALLEJO-GIRVÉS, Margarita. Los exilios católicos y arrianos bajo Leovigildo y Recaredo en Hispania Sacra. Volumen 55. Número 111. Año 2003. Págs. 35-48.

Si quieres utilizar este texto perteneciente a Historia 2.0, no olvides citarnos de la siguiente forma:

FERNÁNDEZ-MONTES Y CORRALES, Luis Miguel. " Leovigildo y Hermenegildo. Choque de reyes." en: Cápsulas históricas. (7 de febrero de 2017) Historia 2.0. [Blog] Recuperado en: http://historiadospuntocero.com/hermenegildo-y-leovigildo/[Consulta: fecha en que hayas accedido a esta entrada]

Luis Miguel Fernández-Montes

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