Historia de las mujeres (II): algunos ejemplos de la Prehistoria, la Antigüedad y la Edad Media

Si ayer iniciábamos el ciclo sobre Historia de las Mujeres, con un artículo sobre la Historia del Feminismo (puedes leerlo pinchando aquí), hoy continuamos con algunos ejemplos de mujeres en la Prehistoria, la Antigüedad y la Edad Media. Mañana, continuaremos con la etapa más reciente de nuestra historia.

Descubriendo a Eva

por Carmen Herranz

¿Dónde estaba Eva?

La llamada Venus de Willendorf. Viena

Si hablamos de la mujer en la prehistoria nos vienen a la cabeza esas figurillas denominadas “Venus” paleolíticas. Figurillas de mujeres generalmente rollizas y con los caracteres sexuales marcados. Denominadas así porque en un principio y, cayendo en el esencialismo, se hablaba de una diosa Madre o de la representación de un canon de belleza que cambia a lo largo del tiempo. Ninguna de estas hipótesis puede ser asegurada y desde la arqueología de género no son aceptadas.

¿Qué sabemos realmente de estas figurillas sin caer en imaginativas teorías? Las figurillas más antiguas aparecen generalmente, como ya planteaba Clive Gamble, en contextos domésticos, cercanos a los hogares. En una fase más avanzada estas figurillas aparecen asociadas a otros objetos como plaquetas grabadas y en lugares más bien ocultos; pero no sólo eso, el estilo que presentan estas figurillas cambian. Conforme avanza el tiempo van estilizándose pasando de ser mujeres a simples rayas esquemáticas, dando paso a un contenido totalmente abstracto. Lo que quisiera que representaran no fue estático ni en la estética, ni el tiempo y ni en el espacio por lo que hablar, por ejemplo, de la idea de una Diosa Madre que no cambia en 30.000 años no se sostiene.

Evolución de las "Venus". Extraída de Dixson, Alan F., and Barnaby J. Dixson. "Venus Figurines of the European Paleolithic: Symbols of Fertility or Attractiveness?." Journal of Anthropology 2011 (2012).

La figura femenina sigue representándose a lo largo del tiempo y haciendo una parada en el Mesolítico podemos observar que las representaciones femeninas cambian totalmente, muestra de ello es el denominado Arte Levantino. En este la mujer aparece en menor número que el hombre, esto indujo a crear hipótesis de patriarcados, lo cual tampoco puede demostrarse. Las mujeres aquí representadas son estilizadas, con senos marcados y caderas redondeadas como signo de identificación. La mayoría están representadas en escenas de recolección y de producción, también en contextos lúdicos o danzantes, aunque estos últimos también pueden interpretarse como mujeres que simplemente se están relacionando entre ellas.

Representación de mujeres en la Roca de los Moros. Valencia.

Las escenas cinegéticas se han asociado a hombres, sin embargo en el abrigo de Los Chaparros (Teruel) aparecen figuras que comparten el estilo de peinado, pero sin vestir la característica falda que se ha empleado para distinguir a las mujeres en este arte, ¿podrían ser “cazadoras”?.

La conclusión sobre el estudio de la figura de la mujer a través de este arte prehistórico es que no podemos crear y creer en hipótesis esencialistas y crear un contexto simbólico ni social en base a dichas hipótesis que no se sostienen por ningún lado.

Antes de sacar conclusiones debemos estudiar el espacio y los restos que dejaron en él los grupos prehistóricos.

 

Descubriendo a Eva... Redescubriendo a Adán

Los nuevos métodos empleados en la arqueología, ayudada de otras ciencias, han abierto una nueva visión a la reconstrucción del pasado. La arqueología de género ha permitido resaltar la importancia de roles femeninos infravalorados y de adecuar al contexto los sobrevalorados roles masculino. Esta arqueología aparentemente feminista y, en muchos casos los investigadores la usan como tal, en realidad pretende observar y descubrir cómo eran las relaciones y las actividades desempeñadas por hombres y mujeres. Es cierto que los estudios se centran en la mujer ya que durante siglos este género ha sido ignorado por los investigadores dándole un papel secundario. Lo ideal y, que acabará haciéndose, es estudiar ambos géneros y su interactuación por igual, es decir descubrir a la mujer y redescubrir al hombre y las actividades que cada uno desempeña dándoles la misma importancia a cada una.

Los antropólogos, hasta la década de los años 70, establecieron una división del trabajo basada en una redefinición del concepto de caza: caza se refería a la obtención de animales de gran tamaño mientras que, la recolección eran aquellas actividades que hacían las mujeres como la propia recolección, pero también incluían en sus estudios el marisqueo, la pesca y la caza de pequeños animales.  Por tanto, estos estudios ignoraban la complejidad de los roles. Las actividades de subsistencia que realizaban las mujeres iban más allá de la recolección de frutos y vegetales.

A demás esta supremacía e importancia del cazador se fundamentaba en otro pilar: la biología. La mujer por su anatomía y su función procreadora quedó reducida al campamento y a cuidar de la progenie mientras que el fuerte macho salía en busca de grandes piezas o eso es lo que nos han contado hasta ahora.

La bipedestación supuso un gran cambio para nuestra anatomía, la cadera se traslada y se estrecha. Ello hizo que los partos fueran prematuros y peligrosos. A su vez supuso un cambio de comportamiento, la cría que nace es inútil y dependiente de la madre durante al menos dos años que dura la lactancia. El tener una cría dependiente y el embarazo dio pie a apoyar esta idea de la mujer recolectora y del hombre cazador.

Esta idea llena de prejuicios se trasladó a los estudios sobre el comportamiento de los grupos paleolíticos poniendo a la mujer en un papel secundario y dando prioridad a la caza frente a otras actividades que finalmente sustentaban al grupo diariamente, como era lo obtenido de la recolección, en la que se incluyen plantas medicinales, y de la caza menor.

Los nuevos estudios antropológicos que emplean una metodología más objetiva y muestran que por ser mujeres no tienen un papel secundario en el grupo, ni que sus actividades de subsistencia no son menos importantes para la supervivencia del grupo, todo lo contrario.

Ya en los años 70 hay antecedentes de estudios que remarcan la importancia de la recolección, la primera en resaltar la importancia de las actividades femeninas fue Sally Linton (1971). Esta investigadora destaca la importancia de la recolección en la que se incluían muchas más actividades importantes que los anteriores estudios pasaban por encima o discriminaban.  Por ejemplo, dentro de la recolección incluían todo lo que realizaba la mujer incluyendo la trapería, la caza menor y la pesca dando sólo importancia como modo básico de subsistencia la caza que realizaban los hombres.

A partir de los años 80 los estudios sobre género en Historia reflejaron una triple vía: las relaciones de género en la Prehistoria (en la que vamos a centrarnos); la historia de las mujeres arqueólogas y la situación de la mujer actual dentro de la profesión.

Luchando contra la idea que establecía a la mujer en un segundo lugar frente al hombre debido a las diferencias biológicas que la hacían más “débil” las investigadoras han intentado hacer visibles a la mujer, lo cual ha impactado sobre todo en la teoría de la evolución de nuestra especie. En los nuevos modelos ya no sólo aparece el hombre, a su lado se puede observar el modelo evolutivo de la mujer observando sus diferencias y semejanzas.

Os preguntaréis, ¿cómo podemos ver qué hace una mujer y lo que hace un hombre en la prehistoria? ¿Cómo interpretamos los espacios, las actividades y roles específicos a través del registro arqueológico?

Principalmente contamos con el registro arqueológico (los materiales que han dejado, como la industria lítica) y el propio espacio en el que estos restos se hayan.

Siempre se ha asignado al hombre la función del tallador, del fabricante de herramientas, generalmente aparece como un anciano que enseña al resto de niños, pero ¿por qué no hay mujeres talladoras? Sabemos que en la actualidad hay comunidades cazadoras-recolectoras en Australia y Nueva Guinea en donde las mujeres fabrican sus propias herramientas. Si ponemos la idea de que son las mujeres las que curten y trabajan las pieles, ¿no sería lógico pensar que también fabrican sus herramientas en piedra para tal finalidad? Lo que trata de plantearse es un espacio en el que no hay diferencias de género, quién fabrica qué o quién caza qué, sino espacios destinados a diferentes actividades: zona de despiece, hogares, zona de habitación…

Reconstrucción de un campamento. Extraído de INRAP

Para asociar materiales a distintos géneros se toman sobre todo los contextos funerarios, muy escasos y raros en el paleolítico, por lo que tampoco puede generalizarse el rol que juega cada género dentro de un grupo, en este caso más que de género estaríamos hablando de la posición social que ocupa el individuo dentro del grupo.

Si no podemos saber concretamente las actividades que hacía cada género, ¿por qué tenemos esa idea del hombre cazador y la mujer recolectora? Cuando vamos a un museo las reconstrucciones, dibujos, montajes… relacionadas con las piezas expuestas ayudan a entender el contexto al visitante. Pero, ¿cómo reflejan estos montajes los roles de género? Si observamos los paneles generalmente las mujeres, y no sólo en la prehistoria, aparecen cocinando, moliendo, preparando las pieles o tejiendo o, cuidando de la prole y los ancianos mientras que, los hombres aparecen realizando actividades que se han considerado desde la perspectiva actual más positivas o interesantes como es cazar, luchar, construir casas o en la prehistoria pintar las cuevas. Y así es cómo la gente cree que fue el pasado en realidad, las representaciones son clave para el entendimiento de la gente que visita los museos o yacimientos. Básicamente estas imágenes representan un pasado basado en los roles que hombres y mujeres han desempeñado hasta hace poco y que no podemos aplicar a la prehistoria. Se crea así la idea de que las mujeres y los hombres siempre han desempeñado el mismo papel a lo largo de la historia pudiendo así justificar el rol masculino sobre el femenino. Un claro ejemplo es la posición que adopta la mujer en la mayoría de las representaciones y es que se la pone de rodillas. Así en un extracto del estudio museológico de Mª Ángeles Querol nos dice:

«En cuanto a las posturas, la cifra más alta corresponde a los hombres de pie (62% de los casos), mientras que las mujeres sólo lo están en el 35%. La proporción de figuras sentadas es semejante en ambos sexos, pero no así la arrodillada, en donde las cantidades se invierten: el 22% de las mujeres lo están y el porcentaje de hombres en esta postura es sólo de un 7%.»

¿Y en qué estudios científicos se apoyan para poner a la mujer en un papel sumiso? En ninguno, simple y llanamente en la tradición judeo-cristiana. Por ello, si queremos igualdad, si queremos que las generaciones futuras dejen de aprender estos roles del hombre cazador y la mujer sumisa, estas representaciones deben de cambiar mostrando una sociedad igualitaria en donde los roles son compartidos y enseñar a estas futuras generaciones que ninguna actividad es más importante que otra sólo porque la haga un hombre o una mujer.

 

Bibliografía

  • Masvidal Fernández, C. : Bases para una nueva interpretación sobre las mujeres en la Prehistoria. Complutum 18, 2007, p. 209-2016
  • Soler Mayor, B. : Las mujeres en la prehistoria. Museo de Prehistoria de Valencia, 2008.
  • Cohen, C.: La femme des origines. Images de la femme dans la préhistoire occidentale. Belin-Herscher, Paris, 2003.
  • Hernando, A. : Arqueología de la identidad. Akal Arqueología, Madrid, 2002.
  • Querol, M.; Triviño, C. : La mujer en el origen del hombre. Bellaterra. Arqueología. Sánchez Romero, M. (ed.) Universidad de Granada, 2004.
  • Falcó Martí, R. : La arqueología del género: espacios de mujeres, mujeres con espacio. Centro de Estudios de la Mujer, Univesidad de Alicante, 2003.
  • Owen, L. : Distorting the Past: Gender and the Division of Labor in the European Upper Paelolithic, Tubingen, 2005.

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Las campeonas olímpicas de la Antigüedad

Por Alfonso Cuesta

Los Juegos Olímpicos eran una actividad tremendamente importante en la antigua Hélade. Con una dimensión religiosa y panhelénica, no sólo paralizaban al 'país' (al punto de existir una tregua olímpica) sino que además se utilizaron como punto de referencia cronológica. Así, los años en la antigua Grecia se contaban desde la primera Olimpiada, que en nuestro actual calendario corresponde al 776 a. C.

Sin embargo tanto la participación como la asistencia estaban prohibidas para las mujeres. Era tal esta prohibición que incluso existía una ley al respecto en Elis (o Élide, polis cercana a Olimpia y capital de la región del mismo nombre) por la que si se descubría a una mujer asistiendo a los juegos (o incluso mirando desde el otro lado del río Alfeo) como castigo sería despeñada desde el monte Tipeo.

Gracias a los testimonios de las fuentes clásicas conocemos algunas excepciones, por ejemplo sabemos que algunas sacerdotisas (a menudo del culto de Deméter) tuvieron algún tipo de permiso para observar los juegos en momentos concretos de la Historia. También hubo algún ejemplo de picaresca, en el año 404 a. C. Kallipáteira (o Fereníke) consiguió asistir a los juegos haciéndose pasar por el entrenador de su hijo Pisídoro, luchador que participaba en las Olimpiadas de ese año. Fue descubierta, y aunque se le respetó la vida, desde ese momento se promulgó una ley por la que los entrenadores (como ya pasaba con los atletas) deberían ir desnudos dentro del recinto sagrado.

¿Entonces ninguna mujer participó en los juegos? Bueno, en la modalidad de carreras de carros no sólo se premiaba al auriga ganador, sino también al propietario del carro y los caballos. Y fue mediante este 'vacío legal' que pudimos ver a la primera mujer ganadora de unas Olimpiadas. Corría el año 396 a. C. (la 96ª Olimpiada) y Esparta llevaba una importante sequía de victorias, debida principalmente al veto a participar en los juegos (desde 420 hasta probablemente el 400) al que habían sido castigados por haber invadido territorio eleo durante las Guerras del Peloponeso.

La primera campeona olímpica

La actriz británica Frances Wetherall (1868-1923) caracterizada como Kyniska. Fotografía (c. 1905), sobre postal de bromuro, de Percy Guttenberg.

Kyníska (también suele aparecer en castellano como Cinisca) fue una princesa espartana. Hija de Arquídamo II y hermana de Agis II y Agesilao II (todos ellos reyes de Esparta), Kyníska «deseaba vivamente la gloria en los Juegos Olimpicos» según nos cuenta Pausanias (3.8.1). El hecho de ser princesa no es casualidad, pues los gastos que se necesitaban para dedicarse a la cría de caballos (hippotrophía) limitaban esta labor a las clases más pudientes. Hablamos de poseer y mantener extensos pastos, establos, personal especializado (criadores, entrenadores, veterinarios, etc.), pero además para competir haría falta invertir en la construcción del carro y en la contratación de un auriga, así como sufragar el desplazamiento hasta Olimpia.

Quizás convencida por su hermano Agesilao, Kyníska participó como propietaria en la prueba de téthrippon (carro tirado por cuatro caballos), alzándose finalmente con la victoria. Por supuesto no pudo asistir a la prueba, pero al igual que a cualquier otro campeón olímpico se le permitió erigirse una estatua en Olimpia.

 

 

El grupo escultórico, obra de Apeles de Mégara, representaba el carro, los caballos y el auriga que participaron en la prueba y, junto a ellos, una estatua en bronce de la propia Kyníska. En la basa se podía leer esta inscripción:

“Reyes de Esparta fueron mi padre y hermanos; y yo, Kyníska, con un carro de veloces corceles vencedora, erigí esta estatua. Y afirmo que yo soy la única, de entre todas las mujeres de la Hélade, que ha recibido esta corona.”

Pero no sólo fue la primera mujer en ganar una prueba olímpica; también fue la primera mujer en ganarla dos veces consecutivas, pues cuatro años después se coronó de nuevo como ganadora de téthrippon en la Olimpiada del año 392. La figura de Kyníska se convirtió en modelo, no sólo para las mujeres espartanas sino para las de toda la Hélade. A su muerte se levantó en su honor un herôon (santuario dedicado a los héroes) en Esparta, que el propio Pausanias aún pudo ver en pie cuando visitó esta ciudad cinco siglos después.

“Kyniska gana el premio en las carreras de carros”. Ilustración del libro “Biographie des femmes illustres de Rome, de la Grèce, et du Bas-Empire” (Paris: Chez Parmantier, Libraire, 1825), de Mme. De Renneville.

 

Otras campeonas de carros

Habiendo pasado veinticuatro años desde la primera victoria de Kyníska, la también espartana Euryleonís (o Eurileónide en castellano) venció en la prueba de synoris (carro de dos caballos) en la Olimpiada de 368 a. C. Al igual que ocurrió con Kyníska, a Euryleonís se le erigiría una estatua en la propia Esparta, una polis que tradicionalmente sólo honraba a las mujeres muertas durante el parto (y a los hombres muertos durante el combate).

No fueron las únicas. A lo largo del tiempo sabemos que también se hicieron con la victoria en la carrera de carros otras mujeres, como la macedonia (o quizás argiva) Bilistiché (quién ganó las pruebas de téthrippon y synoris en 264 a. C.) o la también macedonia Berenice (que tras casarse con Ptolomeo I Sóter se convirtió en Berenice I de Egipto). En los Juegos Panatenaicos nos encontramos con un caso sorprendente: las hermanas Zeuxo, Encrateia y Hermione, hijas de Polícrates de Argos y de Zeuxo de Cirene (ambos progenitores también ganadores de los juegos). Por último, entre las vencedoras de las que apenas se sabe más que el nombre se encuentran Timareta y Theodota (ambas de Elis) y una tal Cassia de origen desconocido. Todas ellas pioneras, y a su modo precursoras, de las actuales campeonas olímpicas.

Bibliografía

Fuentes clásicas

  • JENOFONTE “Agesilao”
  • PLUTARCO “Vidas paralelas: Agesilao - Pompeyo”
  • PAUSANIAS “Descripción de Grecia”

Monografías

  • KYLE, DONALD G.: "The Only Woman in All Greece": Kyniska, Agesilaus, Alcibiades and Olympia. Journal of Sport History Vol. 30, Number 2, Summer (2003), 183-203
  • FORNÍS, CÉSAR: Cinisca Olimpiónica, paradigma de una nueva Esparta. HABIS 44 (2013), 31-42

Mecenazgo femenino en la Edad Media castellana

Por Luis Miguel Fernández-Montes y Corrales

Imagen de la mujer en el medievo. Entre María y Eva

Quizás una de las imágenes más estereotipadas de la Historia haya sido la de la mujer. Vilipendiada, olvidada o directamente falseada, la mujer ha sido dejada de lado por los historiadores y por aquellos que ostentaban el poder intelectual y político.

La mayoría de los datos que poseemos acerca de las mujeres medievales provienen de textos que han sido compuestos por hombres. Sin embargo, no todos tuvieron una visión negativa de la mujer. Durante la Edad Media la mujer se movió entre la veneración (para algunos la Virgen María Inmaculda) y el desprecio (Eva, origen de todo pecado) de los escritores. Había pues, una facción de intelectuales que alababan la figura de la mujer y otra que la denostaban. Estas facciones tan enfrentadas se repartían en, básicamente, cuatro grupos:

  • Clérigos y monjes. Llevaban las palabras al pueblo llano de los Padres de la Iglesia, quienes tomaban gran parte de sus argumentos del estudio de las Sagradas Escrituras y, a partir del siglo XIII, de los pensadores y filósofos griegos.
  • La aristocracia.
  • La incipiente burguesía urbana.
  • Las obras y la vida de las autoras medievales.

Pero frente a la idea de inferioridad femenina heredada del mundo clásico y fraguada en los ámbitos monásticos de copistas e intelectuales, nació otra corriente que hablaba de la superioridad femenina. Los nuevos movimientos doctrinales surgidos dentro de la Iglesia en torno a la figura de la Virgen María jugarán, al menos esta vez, un papel fundamental en defensa de la mujer.

Al mismo tiempo, en el ámbito aristocrático, surgió el denominado amor cortés y el ideal caballeresco. Trovadores y juglares presentarán a la mujer como un objeto de culto del amor tierno, valeroso y devoto. En las novelas de caballerías—tan populares durante la Edad Media— los caballeros andantes tenían una dama a la que adorar y otorgar sus victorias: Lanzarote del Río tenía a Ginebra, Tirante el Blanco a Carmesina e incluso en la parodia por antonomasia de las novelas de caballería, Don Quijote de la Mancha, a Dulcinea del Toboso.

Señoras, princesas y reinas. La mujer noble en la Edad Media.

La imagen asociada a las damas de la Edad Media fue creada por la literatura y perpetuada hasta nuestros días por el cine. Quizás nos venga a la memoria el personaje de lady Marian interpretado por Mary Elizabeth Mastrantonio en Robin Hood Príncipe de los Ladrones (1991) como una noble aburrida, cansada de recibir pretendientes y de ser objeto de cantares y poemas. No obstante, las mujeres nobles del medievo gozaban de una relativa libertad. Por poner otro ejemplo cinematográfico, en la versión más reciente del mito de Robin Hood de Ridley Scott (2010) vemos a una Marian, esta vez interpretada Cate Blanchett, que se ha hecho cargo de los negocios, hacienda y gobierno de Loxley ante un marido ausente y un anciano e inválido señor del feudo.

Las terratenientes, por así llamarlas, ejercían un gran poder, aunque su condición de mujer muchas veces les impedía ejercer su autoridad, pues acaban formando parte del lote de tierras que sus padres o hermanos vendían al mejor postor, ya fuese por dinero o por influencias. Si quedaban viudas o sus maridos marchaban a cualquier guerra, como hemos visto en el pintoresco ejemplo de Marian, ejercían una notable influencia en sus dominios y eran prácticamente autónomas. Un ejemplo histórico y, a la vez poco conocido, es el de Saurina de Atienza o Entenza, hija de Berenguer de Entenza y esposa de Roger de Lauria, gran almirante de la flota de Pedro III de Aragón y que, mientras éste guerreaba en el Mediterráneo, dirigió con mano de hierro sus feudos (entre ellos el condado de la Concentania en Alicante, prestando gran atención al asentamiento de Ifach en el peñón homónimo, en la actual ciudad de Calpe). De hecho, a la muerte de Roger en 1305, el testamento especificaba que todas sus tierras y haciendas pasasen a manos de su esposa Saurina, en lugar de a sus hijos, como era habitual.

Tal y como aún sucede hoy las mujeres, incluidas las nobles, debían compaginar su actividad pública con la personal. La educación de los vástagos del matrimonio también quedaba a cargo de las mujeres, por lo que jugaba un papel importantísimo su formación intelectual. Los niños, tanto varones como mujeres, permanecían con su madre o con las mujeres de la familia hasta los seis años aproximadamente. Con ella aprendían a hablar, a comportarse, a vestirse y a comenzar a confeccionar el papel, dependiendo de su sexo, que le había tocado interpretar en la sociedad de la época. Según la autora de La Educación de Las Mujeres en el tránsito de la Edad Media a la Modernidad Cristina Segura Graíño, la Iglesia jugaría un papel determinante pues:

[…] era quien definía la orientación que debía darse a la formación de las personas y a los contenidos que debían suministrarse […]

Como hemos ya apuntado, es en ésta fase en la que se adquieren los conocimientos necesarios para desenvolverse en la sociedad y eran, más o menos, durante el primer periodo de aprendizaje, similares para ambos sexos. Existían tratados en los que se hacía especial hincapié en el comportamiento de las niñas y jóvenes, así como los ejemplos a seguir. En este sentido destacaremos la obra de fray Martín de Córdoba, El Jardín de nobles Doncellas (1468), escrito para la instrucción de la joven princesa de Asturias, Isabel de Castilla. Pero llegados cierta edad, niños y niñas eran separados y educados de forma diferente.

Los niños pasaban a ser responsabilidad del padre que los instruía en las armas, la guerra, la equitación y la caza. Por su parte, las niñas permanecían con sus madres y adquirían, siempre de forma empírica, los conocimientos necesarios para realizar las labores domésticas que una vez formasen su propia familia recaerían sobre el peso de sus hombros. Se han documentado cartas en las que se habla de la mejor manera de atender los asuntos domésticos, aunque pocas más referencias documentales tenemos al respecto. Pero también sabemos que las mujeres cortesanas aprendían, además de los buenos modales que la corte exigía, a recitar, a jugar al ajedrez, a cantar, a tocar instrumentos musicales, algo de cetrería y de equitación…en definitiva todos aquellos conocimientos que les permitieran entretener de los más diversos modos a los varones de la corte. Como vemos la imagen de la anodina y aburrida dama se va diluyendo poco a poco, para dar paso a la verdadera posición de la mujer noble durante la Edad Media.

En Las Siete Partidas de Alfonso X (compuestas alrededor de 1265) se desaconsejaba la enseñanza a las mujeres más allá de la lectura (y ésta sólo debería limitarse a los libros religiosos) pues, en su opinión, les hacía que se distrajesen de sus labores. El Rey Sabio desaconseja, por ejemplo, que las mujeres sean abogadas, oficio el cual requería un hábil manejo de la lectura y la retórica.

Algo muy similar sucedía con la escritura. Disciplina cultivada por muy pocos, incluso dentro de la nobleza. En honor a la verdad, fue poco común su enseñanza y uso tanto entre hombres y mujeres. Se consideraba un saber superfluo, pues existían copistas y escribanos que daban fe de lo escrito para cualquier trámite o compostura legal, judicial o epistolar. Según afirman algunos autores, las mujeres al instruirse en la escritura podían componer cartas de amor y engañar a sus “castos” maridos. Además, se consideraba una ocupación propia de los monjes y los conventos. Quién no recuerda a fray Venancio de Salvemec de El nombre de la Rosa, copiando y miniando los códices que traducía del griego y del árabe. No obstante, los conventos femeninos también fueron centros de estudio y transmisión de saber en las que las mujeres fueron las protagonistas.

 Arte femenino y mecenazgo femenino.

Antes de adentrarnos en los ejemplos más destacados del mecenazgo femenino en Castilla a lo largo de la Edad Media, nos detendremos en una cuestión que parece haber sido dejada de lado, no solo por los estudios curriculares, también por los estudios más académicos sobre la Historia del Arte: ¿existe una diferencia entre el arte producido o patrocinado por mujeres y el realizado o financiado por los hombres? Para la historiadora del arte Noelia García Pérez (El patronazgo artístico femenino y la construcción de la historia de las mujeres: una asignatura pendiente de los estudios de género), no existe ningún tipo de duda. Efectivamente los roles que la sociedad a lo largo ha asignado al hombre y a la mujer, han traído como consecuencia que exista una diferente percepción del mundo. Además, a esta diferente asignación de papeles, añade una serie de estudios psicológicos, literarios, artísticos, musicales, pedagógicos... que concluyen que las mujeres perciben la realidad que les rodea de forma diferente que los hombres y, por lo tanto, tanto sus manifestaciones artísticas son radicalmente diferentes. Así mismo, concluye que el mecenazgo era la única vía de escape para las mujeres en la Edad Media para expresar su creatividad, pues la posibilidad de crear ellas mismas era realmente complicada.

Sin embargo, puede que la visión contemporánea de los roles de género, no sea válida para la Edad Media, del mismo modo que no lo son las concepciones de la estética o la idea de belleza. Creemos que la producción de arte es inherente al ser humano y una de las capacidades que lo distingue del resto de miembros del reino animal. Por lo tanto, no creemos que pueda existir ninguna diferencia formal o estética entre una obra producida o patrocinada por un hombre y la de una mujer.

Para la investigadora del CSIC Therese Martin “concebir, fundar y sufragar una obra de arte o arquitectura se concebía en la Edad Media como algo que hoy equiparamos a la creatividad”, por lo tanto, sí que a esas mujeres durante el Medioevo se las consideraba artistas, si bien no eras ellas que realizaban las obras de arte. La labor artística era compartida por ambos, mecenas (fuera hombre o mujer) y el artesano. De ahí que muchas inscripciones, como la que encontramos en la iglesia de San Salvador de Nogal de las Huertas (Palencia) en las que dice:

IN NOMINE DOMINI NOSTRI IHESU CHRISTI

OB HONORE SANCTI SALVATORIS

ELVIRA SANCES HOC FECIT

XEMENSU FECIT ET SCULPSIT ISTAM PORTICUM ORATE PRO EO.

Que, más o menos, se traduciría así:

En nombre de Nuestro Señor Jesucristo/en honor a San Salvador/Elvira Sánchez hizo esto/Jimeno hizo y esculpió esta puerta rogad por él.

Como vemos se coloca en primer lugar a la noble dama que posibilitó, gracias a su donación, la creación de la puerta. Después al artesano que la realizó junto con el verbo esculpió. Si bien hoy vemos, un mecenas y un artista, durante la Edad Media aquellos que podían leer la inscripción veían a dos artistas que contribuyeron a la creación del edificio.

Como veremos a continuación las motivaciones que llevaban a las mujeres, en su mayoría nobles, a convertirse en patronas de artistas podían ser varias, religiosas, estéticas, incluso la exención de impuestos, pero la primordial fue la reafirmación de su poder temporal.

Las mujeres en la familia real de Alfonso VI.

Las mujeres que rodearon a Alfonso VI de León y de Castilla, hermanas, esposas y concubinas (llegó a casarse cinco veces y tuvo al menos dos concubinas) estuvieron, en su mayoría, muy relacionadas con el mundo del mecenazgo y el arte. Sus dos hermanas Urraca (a la que denominaremos infanta, para distinguirla de su sobrina a la que llamaremos reina) y Elvira fueron dos enérgicas mujeres, que se adentraron en terrenos tradicionalmente masculinos, y no nos referimos al mecenazgo, sino al de la política y la guerra. Cierto es que ambas infantas, permanecieron solteras a lo largo de su vida, hecho el cual, influyó notablemente no sólo en su carácter, sino también su forma de actuar. Junto a ellas podemos destacar a la segunda esposa de Alfonso VI, Constanza de Braganza, la esposa que más años estuvo al lado del monarca. Esta reina, de más allá de los Pirineos, introdujo las nuevas corrientes artísticas europeas en la Península Ibérica.

Pero quizás, una de las mecenas más importantes de este periodo sea la reina Urraca I, sucesora de su padre Alfonso VI. Al igual que otras reinas reinantes (es decir, que reinaron por derecho propio y no como consortes) europeas contemporáneas como Matilde de Inglaterra (que aparece como personaje en Los Pilares de la Tierra) o Melisende de Jerusalén (que nada tiene que ver con la sacerdotisa roja de Canción de Hielo y Fuego) utilizaron el patronazgo en las artes, y más concretamente en la arquitectura, como un elemento más de refuerzo de sus reinados.

Volviendo a las hermanas del rey Alfonso, las infantas Urraca y Elvira, destacaron en las donaciones en arte suntuario que hicieron a la iglesia de San Isidoro fundada por sus padres. Uno de los casos más curiosos es el del llamado Cáliz de la infanta Urraca, realizado con dos copas de ágata de posible origen romano unidas con un armazón de oro y joyas. Cuenta con un pequeño retrato hecho con pasta vítrea (y de aspecto arcaizante) junto a la cual hay una inscripción:

IN NOMINE DOMINI VRRACA FERDINANDI

Su intención era la integrar piezas antiguas (las copas o el retrato de pasta vít

Cáliz de doña Urraca: En es una de las piezas de orfebrerías más destacadas de la Edad Media. Se puede apreciar el rostro en pasta vítrea con cierto aire arcaizante.

rea) dentro de la orfebrería eclesiástica, con la idea de reforzar la idea imperial del gobierno de su padre Fernando I. Esta costumbre estaba muy arraigada en el imperio otónida, por lo que, al menos, debemos suponer a la infanta Urraca un conocimiento amplio de los gustos y modas europeas, así como de sus cortes reales. Así parece confirmarlo un crucifijo, hoy perdido, que la infanta donó también a San Isidoro. Dicho crucifijo-relicario contaba con una pequeña efigie de la infanta Urraca. El paralelo más claro, también lo encontramos en la familia del emperador del Sacro Imperio con el crucifijo de la reina Gisela de Hungría (hermana del emperador Enrique II).

 

Gracias a las donaciones que realizó Alfonso VI, Constanza de Borgoña, podemos rastrear su importantísima labor de patronazgo arquitectónico. Muerta su mujer en 1093 el monarca dona al monasterio de Sahagún:

[…]los palacios que mi mujer Constanza fabricó […]

[…]el baño que mi mujer, ella misma, construyó cerca de los palacios[…]

Tenemos confirmación, a través de las dos crónicas anónimas de Sahagún que afirma que la reina

[…] a su costa e propia mesión avía hedificado (el palacio y los baños) […]

y sigue

[…]el palacio, como ya diximos, la reina donna Costança avía hedificado e aparejado a uso de los huéspedes, abastado de muchas alhaxas e otras cosas necesarias […]

Crucifijo del rey Lotario: Posible paralelo para el Cáliz de doña Urraca. En este caso podemos ver un camafeo de época romana con la efigie del emperador Augusto.

Pero la importancia de la reina Constanza como mecenas reside en que gracias a ella el Románico fue introducido en León. La mayoría de los trabajadores (canteros, artesanos, escultores…) que empleó la esposa de Alfonso VI en la construcción de estos edificios (hoy desaparecidos) eran de origen ultrapirenaico. Según la investigadora Therese Martin en su artículo The art of a Reigning queen as dynastic propaganda in twelfth-century Spain varios de los capiteles del Panteón de San Isidoro muestran claras semejanzas con el de la iglesia de Saint Sermin de Toulouse. No sería descabellado pensar que los mismos artesanos o talleres participasen en ambas construcciones. Siguiendo la teoría de la investigadora del CSIC, estos artesanos o talleres, serían contratados por la infanta Urraca al ver los resultados de las obras patrocinadas por su cuñada en Sahagún, para realizar las obras del ya mencionado Panteón.

 

Si bien como hemos dicho la infanta Urraca se encargó de la fase inicial de la construcción de la basílica de San Isidoro, fue su sobrina la reina Urraca quien culminó la obra. Recibió un templo con una cubierta de madera y lo convirtió en uno de los edificios clásicos del Románico español con la característica bóveda de cañón. Se consta, tanto en la escultura como en la arquitectura, un cambio de mano de obra. Probablemente el taller empleado por su tía y madre dejó paso a uno procedente de las obras de la catedral de Santiago de Compostela, dada la similitud de las tallas y las coincidencias de las marcas de cantero.

Capiteles de San Isidoro: A la izquierda, el llamado de la soberbia y a la derecha de la lujuria son dos de los capiteles que más semejanzas poseen con los presentes en la iglesia románica de Saint-Sermain de Toulouse.

María de Molina. El nacimiento del molinismo.

María de Molina (1264-1321) es una de las figuras claves de Castilla desde finales del siglo XIII hasta el primer cuarto del siglo XIV. Esposa de Sancho IV y madre y abuela de Fernando IV y Alfonso XI, respectivamente, su influencia política y cultural estos tres reinados tan decisivos en la Historia de Castilla, ha hecho que muchos autores acuñen el término molinismo para referirse a este momento histórico.

Como ya hemos visto, el mecenazgo de las artes será uno de los instrumentos más eficaces para ayudar a la legitimación y afianzamiento del poder de los monarcas. Recordemos que Sancho IV, esposo de María de Molina, subió al trono pese a haber sido desheredado por Alfonso X. Por otra parte, durante la minoría de edad de su hijo Fernando IV, María tuvo que luchar por la bula papal que legitimara su matrimonio y su descendencia. Finalmente, bajo el tutelaje de su nieto Alfonso XI, hubo de hacer frente a las diferentes facciones de nobles que intentaron minar el poder real. María de Molina creó un lenguaje artístico (también político y social) que, en nombre de los diferentes monarcas y en el suyo propio, ayudó a fortalecer un linaje que desde su comienzo siempre estuvo en tela de juicio.

En su primer testamento, que data de 1308, María Molina establece que sus restos han de reposar en la Capilla de la Santa Cruz en la catedral de Toledo, junto a los de su marido y los restos de Alfonso VII y otros monarcas que Sancho IV había hecho trasladar. Enterrarse junto con sus antepasados más ilustres, no hacía sino robustecer la legitimidad del rey. María introducirá un elemento nuevo con su sepulcro, un yacente:

[…] que aya vna figura en çima del monumento en que esté yo figurada con abito de frayra predicadera […]

Sepulcro de Sancho IV: Situado en la capilla de la Santa Cruz en la Catedral de Toledo.

Sabemos, aunque no lo especifica en su testamento, que en 1309 (año de la más importante campaña de su hijo Fernando IV contra el reino nazarí) mandó construir una nueva tumba en la mencionada capilla y reubicar los restos de su marido. Dicho sepulcro contaría con otro yacente. Para muchos investigadores, como Fernando Gutiérrez Baños, junto al sepulcro de Sancho IV se encontraría el que María hizo tallar para sí misma. Sea como fuere, lo que es seguro es que la reina fue la encargada de patrocinar la realización de ambos, justo en un momento clave para el reinado de su joven hijo que había retomado la idea de cruzada de su progenitor.

Sepulcro de María de Molina: Santa María la Real de Valladolid.

María de Molina reforzará también su propia figura como madre, reina y guardiana de los reinos de su hijo y nieto, con donaciones y patronazgos de diversas obras de arte a los monasterios dominicos del reino. Tal fue el caso de los de Toro y Valladolid, donde reposaban los restos de dos de sus hijos. Muestra de su poder temporal, fue la asignación en su segundo testamento de 1321, de los portazgos de las mencionadas villas, para la culminación de las obras de las capillas donde reposaban los restos de los infantes. Aunque la obra cumbre de su programa propagandístico, presente también en este segundo testamento, fue el monasterio de Santa María la Real de Valladolid.

Con esta construcción, en la que finalmente será enterrada, no solo demostraba ser una devota cristiana, también se ganaba el favor de la orden cisterciense, un apoyo crucial para el reino y el sostén de la corona. Así pues, asocia todas las fundaciones que hace a su persona, no sólo convirtiéndose en su mecenas, también haciendo enterrar allí familiares suyos, como los ya referidos infantes o su hermanastra Blanca Alfonso de Molina. De esta manera, María de Molina se convirtió en una de las figuras clave para el desarrollo cultural y artístico del último tercio del siglo XIII.

Leonor López de Córdoba, la primera mujer del reino.

Hasta ahora hemos visto cómo las mujeres mecenas eran miembros de la familia real, cuando no las propias reinas. No hemos hecho mención a las mujeres del pueblo llano que ejercían labores de patronazgo, eso sí mucho más modestas, y que sin duda debieron ser mucho más comunes. Aquellas mujeres que bordaban y cosían las casullas o dalmáticas de los sacerdotes rurales, o las que donaban dulces para las cofradías de Ánimas del Purgatorio tenían un claro interés, significarse delante de sus vecinos como figuras destacadas. Exactamente igual que las reinas e infantas que hasta ahora hemos visto.

Un caso especialmente destacable dentro de la Edad Media castellana, fue el de Leonor López de Córdoba. No sólo destacó como mecenas, también como escritora (es la primera mujer en componer una autobiografía) y, sobre todo, política.

La mayoría de los datos que hoy conservamos sobre su biografía proceden de su propia pluma. Aunque los originales se perdieron tras la desamortización del convento de San Pablo de Córdoba, conservamos una copia del siglo XVIII en el la Biblioteca Colombina de Sevilla. Así sabemos que Leonor vino al mundo entre diciembre de 1362 y enero del año siguiente en Calatayud. Provenía de una familia ilustre, su madre Sancha Carrillo era sobrina de Alfonso XI y, por lo tanto, prima de Pedro I el Justiciero. Su padre, Martín López de Córdoba era maestre de las órdenes de Calatrava y Alcántara. Leonor pasa sus primeros años de vida en el Alcázar de Segovia, junto con las hijas del rey Pedro y de su amante María Padilla (aunque él siempre la consideró su legítima esposa), Beatriz y Constanza. La relación entre las infantas (habían sido reconocidas herederas al trono al poco de nacer Leonor) debió ser muy estrecha ya que fueron sus madrinas. Tras el asesinato del rey Pedro I en 1369, el padre de Leonor protege a las hijas del monarca y, junto con su propia familia, huye a Carmona. Pese a que obtiene el perdón real, Enrique II prende al padre de Leonor y lo hace ajusticiar en su presencia en la plaza de San Francisco en Sevilla en 1371.

Leonor es encarcelada junto a sus hermanos pequeños, su joven prometido Gutiérrez de Hinestrosa durante casi nueve años. Es en la cárcel dónde contrae matrimonio con doce años de edad. Sobre la figura de su marido poco sabemos, a parte de los escasos comentarios que hace de él en sus escritos la propia Leonor y cómo su mala gestión les llevó perder toda su hacienda. Es entonces cuando, a la vez que su marido desaparece de la Historia, ella toma las riendas de su familia y de su economía.

En 1396 obtiene el permiso de los reyes para abrir una tienda de jabones de la que obtiene cuantiosos beneficios. Pero en 1400 estalla un brote de peste en Córdoba. Las descripciones minuciosas que hace en sus memorias sobre los estragos de la enfermedad, son hoy una de las mejores fuentes para el estudio de la peste bubónica y sus síntomas. Tras un año en la localidad de Aguilar, vuelve a la ciudad de Córdoba y es cuando decide, según ella misma por la inspiración de la propia Virgen María, comenzar a escribir su autobiografía. Por entonces Leonor contaba con 40 años.

Cubierta de la Iglesia Conventual de San Pablo (Córdoba): La crucería en forma de estrella, recuerda a una de las letanías de la Virgen María, stella matutine, es decir "estrella de la mañana".

En 1404, la reina Catalina de Lancáster, esposa de Enrique III da a luz al príncipe Juan (que reinará como Juan II). Es entonces cuando la reina decide tomar como mujer de confianza a Leonor. En honor al nacimiento, Leonor manda construir una magnífica cúpula en la capilla de la Trinidad (hoy de Nuestra Señora del Rosario) en la iglesia conventual de San Pablo en Córdoba. Las nervaduras recuerdan a una estrella, uno de los símbolos de la Virgen María (stella matutina). Todas las obras patrocinadas por Leonor, estarán en íntima relación con alguna de las advocaciones marianas.

La madre de Catalina fue Constanza de Castilla, que como ya dijimos, mantuvo una estrecha relación con Leonor. Debido a esta familiaridad, no es de extrañar que la relación entre ambas ya fuera estrecha antes del acceso a la privanza.

Leonor intervino, junto a los reyes de Castilla, en los asuntos del reino incluso después de la muerte de Enrique III en 1406, asistiendo entonces a la ahora regente Catalina y a Fernando de Antequera. El prestigio de Leonor era tal que la crónica de Juan II dice:

[…] tenía una dueña natural de Córdova, llamada Leonor López, hija de don Martín López, maestre que fue de Calatrava en tiempo del Rey Don Pedro, de la qual fiaba tanto, é la amaba en tal manera, que ninguna cosa se hacía sin su consejo. E aunque algo fuese determinado en el Consejo donde estaban la Reyna y el Ynfante, é los obispos de Sigüenza é Segovia é Palencia é Cuenca, é doctores Pero Sánchez e Periañez, é muchos otros Doctores y Caballeros, si ella lo contradecia, no se hacia otra cosa de lo que ella quería […]

Aunque permaneció siempre fiel a la reina, la extremada ambición del Fernando de Antequera hizo que Leonor cayera en desgracia. En 1412 es expulsada de la corte, junto con el resto de personas de su confianza. Fernando había hecho correr el rumor de que se había aliado con ella para apartar a Catalina de la regencia. Pese a que pocos meses después de la marcha de Leonor de la corte, Fernando de Antequera se convertiría en Fernando I de Aragón, la reconciliación con la reina nunca se produjo. Leonor moría en 1430, siendo la primera mujer en escribir una autobiografía en lengua castellana. Leonor no sólo fue mecenas, sino que fue ella misma una mujer de gran talento para las artes, conocedora de textos clásicos y de una erudición poco común para la época.

La animadversión que ha sufrido (y podríamos decir que sufre, habida cuenta el desgaste mediático de las mujeres en política de la actualidad) cualquier mujer con algo de poder a nivel historiográfico han empañado y oscurecido la labor de Leonor como valida. Pocas son las líneas (o ninguna) que se dedican actualmente, no sólo en los libros de texto de secundaria sino en los manuales de Historia Medieval, a ésta hábil política de la Baja Edad Media castellana, siendo todavía hoy, demasiado alargada la sombra de Fernando de Antequera.

Bibliografía

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  • GARCÍA PÉREZ, Noelia. “El patronazgo artístico femenino y la construcción de la historia de las mujeres: una asignatura pendiente de los estudios de género” en BOSCH FIOL, Esperanza, FERRER PÉREZ, Victoria A. NAVARRO GUZMÁN, Capilla (Coord.) Los feminismos como herramientas de cambio social. (I), mujeres tejiendo redes históricas, desarrollos en el espacio público y estudios de las mujeres. Universidad de las Islas Baleares. 2006. Págs. 121-128
  • MARTIN, Therese. “Decorar, aleccionar, aterrorizar: Escultura Románica y Gótica” en ROBLES GARCÍA, Constantino LLAMAZARES, Fernando (Coord.)  Real Colegiata de San Isidoro: relicario de la monarquía leonesa. EDILESA. 2007. Págs. 104-143
  • —— “Mujeres, hermanas e hijas: el mecenazgo femenino en la familia de Alfonso VI” en Anales de la Historia del Arte. Madrid. Volumen extraordinario (2). 2011. Págs. 147-179
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  • RIVERA GARRETAS, María Milagros. “Introducción y edición crítica. Vida y tragedias de Leonor López de Córdoba. Memorias. Dictadas en Córdoba entre 1401 y 1404” http://www.ub.edu/duoda/bvid/obras/Duoda.text.2011.02.0001.seccion5.html (Consulta 25/02/2017)
  • ROCHWERT-ZUILI, Patricia. “El mecenazgo y patronazgo de María de Molina: pruebas e indicios de unos recursos propagandísticos y didácticos.” en THIEULIN-PARDO, Helena El mecenazgo y patronazgo de María de Molina: pruebas e indicios de unos recursos propagandísticos y didácticos. http://e-spania.revues.org/25482 (Consulta 21/02/2017)
  • SEGURA GRAÍÑO, Cristina. “La Educación de Las Mujeres en el tránsito de la Edad Media a la Modernidad” en Historia de la educación: Revista interuniversitaria. Número 26. 2007. Págs. 65-83

 

 

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