Cápsula histórico-bibliófila (II): la primera escritora de la historia.

Según el Diccionario de la Lengua Española, «un escritor o escritora es aquella persona que se dedica a escribir obras literarias». Así, sin entrar en detalles ni debates sobre si se debe o no vivir de ello de forma profesional, reconocida, o si vale con escribir por el más absoluto y puro placer de la inspiración.

A nosotros Dios nos libre de entrar a discutir este aspecto con nuestros seguidores -tras un breve sondeo, ni siquiera entre nuestro equipo nos pusimos de acuerdo-, así que os dejamos a vosotros la reflexión. Sin embargo, podría ser interesante puntualizar esta condición a la hora de señalar quién fue la primera escritora de la historia.

¿Quién fue la primera escritora de la historia?

Hagamos una muy breve enumeración de aquellas mujeres a las que podría tomarse como las primeras autoras:

Algunos han querido ver a Safo retratada en este fresco pompeyano pero podría tratarse también del retraro de la esposa del matrimonio de la casa.

Quizás a muchos os venga a la mente la griega Safo de Mitilene -o de Lesbos- (Lesbos, s. VII a.C.-id., s. VI a.C.), conocida como la primera poetisa de la historia de la humanidad y considerada por Platón como la décima musa. A pesar de su fama, todo lo que se sabe sobre su vida se deduce a través de sus escritos y de éstos, solo se conocen algunos poemas, fragmentos de citas tardías -es decir, que proceden de autores posteriores a su muerte- y del estudio moderno de papiros. El resto forma parte de la leyenda alimentada a través de los siglos.

 

Por otra parte, tenemos a Murasaki Shikibu (c. 978? - c. 1014?), escritora japonesa de la era Heian y autora en el siglo XI de la que se considera una de las primeras novelas de la historia de la literatura universal, Genji Monogatari -"La novela de Genji"- y la más importante de la literatura japonesa clásica, con sus cincuenta y cuatro capítulos y cuatro mil doscientas páginas.

 

 

Curiosamente sea quizá más desconocida para el público general la princesa acadia Enheduanna o Enkheduanna (2285-2250 a. C.). Mucho más antigua que Murasaki y Safo, Enheduanna fue hija del rey Sargón I de Acad, conocido como "el grande", y vivió en la ciudad-estado de Ur. Sin duda, si nos ciñésemos estrictamente a la definición de la Real Academia Española para el término de escritor, el primer autor, cuyo nombre se conoce, de una obra literaria fue poeta, aristócrata, alto cargo del gobierno y mujer. Esta mujer. Realizó los primeros textos que se pueden atribuir a un autor, poemas e himnos escritos en cuneiforme sobre tablillas de barro y de temática religiosa.

 

Christine de Pizan

Los que insultan a las mujeres por envidia son hombres indignos que, habiendo conocido a muchas mujeres de mayor inteligencia y de más noble conducta que la suya, sienten hacia ellas amargura y rencor. Cristina de Pisan

Christine de Pizan nació en Venecia en 1364 y murió en el monasterio de Poissy, Francia, hacia el 1430. Filósofa, historiadora, polemista, tratadista de asuntos morales y poeta humanista, es considerada como la primera escritora profesional de la historia -logró ganarse la vida con sus libros- y su obra más conocida es La ciudad de las damas (1405). Además, por esa obra, es también una de las primeras precursoras del feminismo en occidente, ya que se sitúa en el inicio de la llamada "querella de las mujeres" que veremos a continuación.  Hasta aquí su aséptica carta de presentación.

Ahora bien, habrá quien de forma malintencionada asegure que si a lo largo de la historia ha habido pocas mujeres cuyos nombres han pasado a los anales de la literatura, es porque no cuentan con la suficiente calidad literaria o artística para que su recuerdo perdure. Llegados a este punto, habría que recordarles que existen casos de obras atribuidas a varones que se debieron realmente a mujeres, o lo que es lo mismo, hubo mujeres que tuvieron que esconder su feminidad tras nombres masculinos para poder publicar y obtener aceptación.

Pero hay algo más. Tanto las tres escritoras anteriores como nuestra protagonista de hoy tienen un punto en común: nacieron en el seno de una familia aristocrática, acomodada.

¿Por qué recalco este hecho? Porque Christine nació en una familia de gente culta y bien relacionada con el poder. Su padre, Tomás de Pizan, fue un destacado médico y astrólogo cuyos cuidados se disputaron algunos de los príncipes más importantes de la época. Cuando contaba con un año de edad, su padre fue llamado a Francia por Carlos V el Prudente. Este monarca contaba con una extraordinaria biblioteca -origen de la actual Biblioteca Nacional de París- y abrió a la familia las puertas de la corte y a un más que holgado bienestar. Este hecho permitió a la niña crecer rodeada de sabios, artistas y todo el conocimiento a su alcance.

En una sociedad atada a los preceptos de los moralistas cristianos -muchos de los cuales consideraban que la principal razón de la existencia de la mujer era su papel para parir- y donde las mujeres que accedían a una educación eran minoría, que Christine no tuviera que dedicarse a las labores domésticas, religiosas ni maritales y pudiera destinar su tiempo a profundizar en su educación, fue un privilegio que marcó la diferencia.

Su padre y su marido, Étienne de Castel -notario y secretario de la corte-, la apoyaron y alentaron a desarrollar y potenciar sus dotes intelectuales, y lo cierto es que vivió por ello una vida y un matrimonio excepcionalmente felices.

Lamentablemente, esa felicidad duró poco y a lo largo de una década, Christine vio como su padre perdía apoyos en la corte a la muerte del rey Carlos; como su propio padre moría y como se quedaba viuda y al cargo de dos hijos, su madre, una sobrina y una difícil situación económica. Con veinticinco años tuvo que responsabilizarse de sacar adelante a la familia, malvendiendo propiedades, joyas y muebles y soportando todo tipo de rumores insidiosos que surgían en torno a la figura de la joven viuda sobre sus amoríos imaginarios con diversos hombres.

Fueron de nuevo sus ansias de conocimiento y la literatura quienes la salvaron del hundimiento, puesto que Christine se refugió en la Biblioteca Real donde pasaba horas escribiendo y leyendo todo lo que caía en sus manos - desde los textos clásicos hasta los tratados filosóficos contemporáneos-. De hecho, fue en ese momento cuando comenzó a tomarse cada vez más en serio la escritura. Al advertir el interés con que sus versos eran acogidos, se decidió al fin a reunir en un primer libro sus Cien baladas, obra a la que seguirían a lo largo de los años más de una treintena y a las que Christine hacía editar en preciosos libros copiados a mano, ilustrados con miniaturas y encuadernados en ricas telas, metales preciosos y bien curtidas pieles.

Esos lujosos volúmenes fueron a parar a las manos de los más altos personajes de la corte, quienes pagaban por ellos fuertes sumas de dinero. Y así, y gracias a su tenacidad, conocimiento y fuerza de voluntad, su obra no solo alcanzó el éxito en París sino que también tuvo una gran resonancia en la corte inglesa. Su obra fue evolucionando desde la poesía amorosa a textos históricos y tratados políticos y morales, lo que fue desde luego un camino realmente singular para una mujer de su época.

Sin ir más lejos,  su fama y prestigio se acrecentaron de tal forma que en 1404, el duque de Borgoña le hizo un sorprendente encargo: escribir una relación del reinado de su hermano, el fallecido Carlos el Prudente. Fue un hecho excepcional, no solo porque fue una obra escrita por encargo, sino también porque, hasta entonces, las crónicas de la historia de la familia real francesa habían corrido a cargo de los monjes de la abadía de Saint-Denis o de algunos grandes personajes cercanos al trono, pero jamás se le había pedido a una mujer.

Este texto resultó ser un verdadero tratado político en el que la autora plasmó sus ideas sobre el cometido del príncipe, las bases del buen gobierno y conceptos sobre el ejercicio del poder, anticipándose así al papel que décadas más tarde desarrollaron otros tantos humanistas.


La querella de las mujeres, la ciudad de las damas y el protofeminismo occidental

Pero lo que más llamó la atención de sus contemporáneos fue su intensa actividad como polemista. Casi sin ser consciente de ello, la escritora inició lo que con el tiempo se llamaría «la querella de las mujeres»; un debate literario y académico sobre las cualidades intelectuales y morales de las mujeres.

Hay que tener en cuenta que la autora vivió en una sociedad medieval misógina que era capaz de burlarse y abusar de una viuda obligada penosamente a salir adelante. "De la exaltación del amor o el duelo por el amado de sus primeras obras, había ido pasando a una poesía en la que se lamentaba de la pérdida de los valores caballerescos, con su respeto hacia las mujeres, y en la que constaba el nacimiento de una nueva sociedad basada en el dominio de la fuerza física y la violencia, donde los seres más débiles -y las mujeres entre ellos- se veían sometidos a toda clase de vejaciones y malos tratos". (Caso, 2005).

La «querella» propiamente dicha comenzó en 1401 cuando Jean de Montreuil, preboste de la ciudad de Lille hizo llegar a Christine un tratado que acababa de escribir sobre Le Roman de la Rose -El libro de la rosa-, en cuya segunda parte un respetado profesor de la Universidad de París establecía mediante abstracciones pseudofilosóficas una extensa teoría misógina en la que las mujeres eran consideradas, entre otras lindezas, como seres astutos y traidores y en donde el amor se convertía en la pura satisfacción de los deseos al servicio de las necesidades del hombre.

Harta de desprecios e indignada por el tono de superioridad procedente de los hombres, Pizan respondió al preboste para mostrar su grado de consciencia y orgullo respecto a su género. Montreuil se indignó por la actitud de la autora y la denunció públicamente buscando las simpatías de otros destacados miembros para ponerlos en su contra. Para sorpresa e indignación de muchos, la escritora no se encontraba sola en su defensa de las mujeres. A pesar de la misoginia habitual de la universidad parisina, el canciller de la propia institución y otros personajes de la corte se pusieron del lado de Pizan.

"La querella o debate se mantuvo viva al menos durante tres años más antes de renacer una y otra vez en los siglos venideros, sucediéndose las cartas de los defensores y los atacantes de las mujeres, y siempre entre ellos la voz de Pizan, que cada vez se dejaba oír con más seguridad, con más rigor y confianza en sí misma y en sus congéneres". (Caso, 2005)

Pasaba así a la historia como una de las primeras y grandes defensoras de los derechos de las mujeres en la sociedad, reclamando para su género respeto, independencia y dignidad.

En 1405 escribió su obra más representativa: Le Livre de la Cité des Dames -El libro de la ciudad de las damas-, un alegato en favor de la mujer en el que la escritora reivindicaba su valor moral, intelectual, político y hasta guerrero a lo largo de la historia.

En dicha obra, Razón, Rectitud y Justicia proponen a Christine crear una Ciudad de las Damas como espacio utópico en el que pudieran reunirse todas las mujeres que a lo largo de la historia han demostrado su valor, su talento, su castidad, su fuerza, su inteligencia, su generosidad y sus muchas virtudes en campos bien diversos. El libro conoció tanto éxito como rechazo -hay que tener en cuenta que en él, se construía un universo de autoestima y dignidad femeninas como nunca se había visto antes- e inspiró a muchas mujeres que participaron de aquella larga «querella de las mujeres» a través del tiempo.

 


Bibliografía

CASO, Ángeles. Cristina de Pisan y «la querella de las damas». En: Las olvidadas. Una historia de mujeres creadoras. Editorial Planeta, 2005.

 

Si quieres utilizar este texto perteneciente a Historia 2.0, no olvides citarnos de la siquiente forma:

GODINO CUETO, Irene. "Cápsula histórico-bibliófila (II): la primera escritora de la historia." En: Cápsulas históricas. (21 de marzo de 2017) Historia 2.0. [Blog] Recuperado en: http://historiadospuntocero.com/primera-escritora-historia/ [Consulta: fecha en que hayas accedido a esta entrada]

Irene Godino Cueto

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