Ambrosio Spínola: honra, deshonra y un cuadro de Velázquez

Hoy os traemos la biografía, logros y alguna que otra curiosidad de una de las figuras más importantes de la Monarquía Hispánica en el ámbito militar: Ambrosio Spínola. Además, protagonista de uno de los cuadros más famosos de Velázquez. ¿Sabéis cuál es?

Biografía y títulos

Ambrosio Spínola, retrato realizado por Rubens.

Ambrosio Spínola, retrato realizado por Rubens.

Ambrosio Spínola Doria nació en Génova en el año 1569 y falleció en Castelnuovo Scrivia en el año 1630. Se trata de uno de los militares más afamados y conocidos de la historia de España; I Duque de Sesto, I marqués de Balbases, Grande de España, Caballero de la Orden de Santiago y poseedor del Toisón de Oro[1]. General al servicio de la Monarquía Hispánica llegó a ser Capitán General de Flandes y Comandante del ejército español durante la Guerra de los Ochenta años.

Natural de la República de Génova[2] la Casa Spínola era una de las casas más poderosas de la zona junto con la casa Doria; entró al servicio de la Monarquía Hispánica en el año 1602 junto su hermano Federico en calidad de condotiero[3] y condotta, un contrato entre el capitán de los mercenarios y el gobierno al que alquilaban sus servicios. Con este traro, Spínola aportaba de su bolsillo gran parte de su fortuna familiar así como más de mil hombres al servicio de Felipe III de España.

 

Los logros de Spínola

La Guerra de los Ochenta Años o Guerra de Flandes

Se trata de un conflicto bélico que tuvo lugar entre los años 1568 y 1648 bajo los reinados de los monarcas hispánicos Felipe II, Felipe III y Felipe IV y que enfrentó a las Diecisiete Provincias de los Países Bajos contra su soberano, el Rey de la Monarquía Hispánica. Se inició, como mencionábamos, en el año 1568 con una rebelión contra Felipe II y contra Margarita de Parma, gobernadora por aquel entonces de las Provincias Unidas. Su fin llegó en el año 1648 con la Paz de Westfalia, en época ya de Felipe IV, con la forma de los Tratados de Paz de Osnabrück (15 de mayo de 1648) y de Münster (24 de octubre de 1648). Con éstos se ponía fin a la Guerra de los Ochenta Años y a la Guerra de los Treinta Años. La consecuencia más destacada de la forma de los tratados era el conocimiento de iure[4] de la independencia de la República de Holanda y el control del territorio de Lorena pro parte de Francia, lo que suponía la ruptura de las comunicaciones terrestres entre el Norte de Italia y Bélgica.

En el año 1603 Spínola participaba en el Sitio de Ostende y se hacía con la plaza en el año 1604; durante los siguientes años tomaría un gran número de plazas en los Países Bajos en nombre de la Monarquía Hispánica, en este periodo bajo el reinado de Felipe III.

En el año 1606 regresaba a España sumido en la ruina completa ya que había otorgado gran parte de su fortuna personal para continuar con los planes de la Monarquía Hispánica en Flandes poniendo el dinero por adelantado, dinero que no se le devolvió que supuso a partir de entonces los intentos de la monarquía por mantenerlo alejado de España. Aún con esas, en el año 1611 recibió el título de Grande de España, un título que ansiaba enormemente.

Entre los años 1609 y 1621 se producía lo que se conoce con el nombre de la Tregua de los Doce Años o Tregua de Amberes, un tratado de paz momentáneo entre la Monarquía Hispánica y las Provincias Unidas, y Spínola dejaba de operar en Flandes para hacerlo en otros territorios. En el año 1621, con el monarca Felipe IV, se ponía fin a la tregua y se reanudaba la guerra con los Países bajos y fue entonces cuando Spínola llevó a cabo una de las acciones más importantes, reconocidas y recordadas de su carrera; el sitio y la toma de Breda, entre los años 1624 y 1625.

Tras ello, regresó a España para solicitar y reclamar fondos para seguir las campañas en Flandes, pero se encontró con grandes desavenencias con el valido de Felipe IV, el Conde Duque de Olivares, que hizo todo lo que estuvo en su mano por quitárselo de encima.

La Guerra de los Ochenta Años supuso el desprestigio de la Corona Española tras perder el territorio, suponía además la quiebra de la Hacienda de la Monarquía Hispánica –por las enormes cantidades de dinero invertidas durante el conflicto– y sucesivas bancarrotas entre los siglos XVI y XVII. Por último, contribuía a lo que se conoce como “la decadencia de la Monarquía Hispánica” cuyos inicios podemos situarlos con el inicio también del reinado de Felipe IV, al que se le unirían conflictos como la Guerra dels Segadors o la Guerra de Restauración Portuguesa, ambos en el año 1640.

La Guerra de Sucesión de Juliers

Se trata de un conflicto que se produjo tras la muerte sin herederos del duque Juan Guillermo de Clèveris, gobernante del Ducado Unido de Juliers-Clèveris-Berg, un territorio localizado entre los Países Bajos Republuicanos o Provincias Unidas, los Países Bajos Españoles o Países Bajos de los Habsburgo y Francia y que se produjo entre los años 1609 y 1614 y en el que Spínola intervino en el año 1614.

La Guerra de los Treinta Años

Se trata de una guerra librada en la Europa Central (principalmente Alemania) entre los años 1618 y 1648, en la que intervinieron la mayoría de las grandes potencias europeas de la época y que marcaría el futuro del conjunto de Europa en los siglos posteriores. En este conflicto, Spínola lideró la campaña por el Bajo Palatinado[5], conquistando parte del territorio, hecho que le valió el grado de Gran Capitán.

Guerra de Sucesión de Mantua

Se trata éste de un conflicto dentro de la Guerra de los Treinta Años que tuvo lugar entre 1628 y 1631. En el año 1627 se producía la extinción de la línea hereditaria de la casa gobernante de Mantua, la Casa de los Gonzaga y ello producía a su vez el enfrenamiento entre Francia y los Habsburgo por el control del Norte de Italia.

Spínola era enviado en 1629 a Mantua para luchar por los intereses de los Habsburgo, pero fallecía el 25 de septiembre de 1630 arruinado, enfermo y parcialmente abandonado y desamparado por la Monarquía Hispánica de Felipe IV y Olivares.

 

Las Lanzas o La Rendición de Breda de Diego de Velázquez

La historia tras el cuadro

Las Lanzas o La Rendición de Breda de Velázquez (1634)

Las Lanzas o La Rendición de Breda de Velázquez (1634)

El asedio de la plaza de Breda se produjo entre agosto del año 1624 y junio del año 1625 en medio de la Guerra de los Ochenta Años y de La Guerra de los Treinta Años. Los Países Bajos, con Guillermo de Orange-Nassau a la cabeza como estatúder[6] de las Provincias Unidas, buscaban la independencia de la Monarquía Hispánica; en ese contexto Mauricio de Nassau tomaba la plaza de Breda en el año 1590 y, con el fin de la Tregua de los Doce Años, Felipe IV quería recuperar de nuevo el lugar.

En agosto de 1624 se sitia –contra los deseos del Conde Duque de Olivares– la Ciudad Fortaleza de Breda, gobernada por Justino de Nassau –hijo ilegítimo pero reconocido de Guillermo de Orange-Nassau, participante en el año 1588 en combate contra la Armada Invencible y gobernante de Breda entre 1601 y 1625– y defendida por más de 14.000 soldados.

La táctica de Spínola era la de atacar el ejército de Mauricio de Nassau, hijo legítimo de Guillermo de Orange-Nassau, ahora estatúder de las Provincias Unidas, con el objeto de cortar la comunicación y el suministro de armamentos, refuerzos y víveres. Para ello, se construyeron trincheras, barricadas, fortificaciones, túneles e incluso se anegaron terrenos inmediatos. Breda resistió asombrosamente, pero fue conquistada finalmente meses después, el 5 de junio del 1625, por los ejércitos de los Tercios de Flandes bajo el mando de Ambrosio Spínola.

 

¿Por qué pintar un cuadro de ello?

Diego de Velázquez pintó Las Lanzas o La Rendición de Breda bajo encargo por parte del Conde Duque de Olivares en el año 1634. Se trata de un óleo sobre lienzo de estilo barroco con unas dimensiones de 307cm x 367cm que actualmente se encuentra en el Museo del Prado, Madrid, España.

El encargo se le hizo al pintor de la Corte dentro del plan de decoración ideado por Olivares para El Salón de Reinos de El Palacio del Buen Retiro. Éste es un conjunto arquitectónico que se construyó en Madrid entre 1629 y 1640 bajo la batuta del arquitecto Alonso Carbonell a petición de Felipe IV y, en especial, de su valido el Conde Duque de Olivares. Comenzó como una ampliación de unas estancias del convento de San Jerónimo “el Real” y terminó por convertirse en un conjunto de más de veinte edificaciones, plazas abiertas y jardín en el límite oriental de Madrid. Pese que no fue le residencia oficial del monarca hispano, se construyó y se decoró con todo lujo, al mismo nivel que el Alcázar.

La campaña de decoración del palacio resultó importantísima, llevándose a cabo enromes esfuerzos diplomáticos y grandes gestiones con embajadores de Cortes extranjeras por parte de Felipe IV y, en especial, del Conde Duque. Las pinturas y cuadros se encargaron principalmente ex profeso para la ocasión a numeroso artistas de dentro fuera la Corte española y se concibieron para decorar una de las estancias más importantes y más simbólicas del Palacio del Buen Retiro, el Salón de Reinos. Éste se construyó entre 1630 y 1635 y su nombre se debe a que, casi a la altura del techo y entre las ventanas superiores, se encontraban representados los veinticuatro escudos de la Monarquía Hispánica.

En un principio, esta instancia se concibió como lugar en el que la familia real asistiría a la representación de funciones teatrales y eventos lúdicos varios, sin embargo, en seguida adquirió un simbolismo mucho más amplio; no se dejaron de llevar a cabo representaciones ociosas pero se le agregó una importante función ceremonial y política. Se colocó el trono del monarca y fue el lugar donde éste recibía a sus visitas –de la Corte o extranjeras– cuando se encontraba en el Palacio del Buen Retiro. Se convirtió en el Salón del Trono del Buen Retiro y su función era la de impresionar a sus visitantes, fuesen vasallos o foráneos. Para ello, la decoración jugó un importantísimo papel al adquirir un simbolismo sustancialmente más amplio que el del simple embellecimiento del lugar. La decoración pictórica ganó un importante valor político, como se puede uno imaginar.

Y para ello había que escoger momentos históricos relevantes, que contasen la historia de la grandeza de la Monarquía Hispánica –en franco declive– e impresionasen a los visitantes, incluso si para ello había que escoger a figuras como Spínola, quien no había sido en absoluto del agrado del Conde Duque. Y es que, aunque a Olivares no le gustase mucho su artífice, la toma de Breda fue un hecho importante cargado de simbolismo y magnanimidad. No sólo fue una gran victoria española –aún dentro de una guerra que se perdió–, sino que el sitio de Breda fue una lección magistral de estrategia militar por parte de Spínola.

Además de ello, la actitud de éste para con los vencidos fue un enorme gesto de caballerosidad y dignidad; Spínola pactó una capitulación honrosa que reconocía la enorme valentía del enemigo, al que otorgaba el permiso de que la guarnición abandonase la plaza en formación de orden militar, con las banderas al frente. Mostró un gran respeto y trato digno al enemigo y llevó a cabo una entrevista de cortesía al esperar personalmente fuera de la plaza al general Nassau.

Detalle del cuadro; Spínola a la derecha y Nassau a la izquierda.

Detalle del cuadro; Spínola a la derecha y Nassau a la izquierda.

Y este preciso instante es el que capta Velázquez; los protagonistas en el centro del cuadro son Spínola y Nassau, quien entrega las llaves de la ciudad en símbolo de rendición y está en una postura a medio camino de arrodillarse, algo que parece estar evitando Spínola con el gesto de su brazo, siendo esto todo un gesto de deferencia que muestra la no intención de humillar al enemigo. No se trata de la clásica imagen en la que vemos al vencedor sobre el vencido, el clara posición humillante o triunfante. En el arte del Renacimiento abundan las escenas de rendiciones militares, y su finalidad es casi siempre la de subrayas la capacidad del rey de aplastar a sus enemigos; el vencedor se eleva por encima del vencido, que se aproxima al conquistador despojado de armas y de hombres, en la postura propia del que suplica humillado.

El cuadro de Velázquez se aparta claramente de esta convención. En primer lugar, vencedor y vencido confluyen en un encuentro de sorprendente benevolencia. En segundo lugar, Justino de Nassau aparece acompañado de una escolta de sus propios hombres, situados a la izquierda con sus picas y alabardas de enseña anaranjada. Las fuentes de tan insólita representación de una rendición se encuentran en parte en la esfera de los hechos y en parte en la de la ficción.

Tras la capitulación, se redactaron unas condiciones de rendición considerablemente generosas para los vencidos, a los que se les permitió abandonar la ciudad tres días después y de manera ordenada, entre el tronar de los tambores y el ondear de las banderas. En el año 1627, Jaques Callot representó la retirada tal y como se había producido en realidad; Spínola sentado en el caballo y flanqueado por sus tropas, observa a la columna holandesa que se retira encabezada por una carreta en la que van el comandante holandés y su familia.

La rendición de Breda, Jaques Callot, 1627. (Detalle, Princeton University, Art Museum).

La rendición de Breda, Jaques Callot, 1627. (Detalle, Princeton University, Art Museum).

La clemencia que Velázquez recoge en su cuadro tuvo así su origen en los datos históricos, pero el punto central de la ceremonia –la entrega de llaves en la plaza– introduce una variación con respecto a los hechos reales. La entrega de llaves como símbolo de rendición era un motivo frecuente en pinturas y estampas, y Velázquez pudo haberlo tomado de una de ellas. No obstante, la idea empezó a circular de inmediato por la corte gracias a una obra de Pedro Calderón de la Barca, que se representó en 1625 para conmemorar la victoria. En el clímax del drama, titulado El Sitio de Breda, Nassau entrega las llaves de la ciudad a Spínola, quien las recibe con las palabras que están materializadas en el cuadro de Velázquez:

“Justino yo las recibo

y conozco que valiente

sois; que el valor del vencido

hace famoso al que vence.”

Velázquez hace de la rendición de Breda algo más que una victoria militar; el triunfo de las ramas está presente en el lienzo, desde luego, mediante el célebre motivo de enhiestas picas españolas, cuyo número y destacada presencia contrastan con las arruinadas tropas holandesas de la izquierda. Pero, en el centro del cuadro, Spínola coloca una mano amable sobre el hombro de Nassau y de esa manera le impide que se arrodille para hacerle entrega de las llaves. Tras el general español se encuentra su caballo, cuyos cuartos traseros ocupan de forma llamativa la parte derecha del lienzo. El caballo sin montura adquiere en este contexto una importante significación, pues lo normal habría sido mostrar a Spínola sentado a horcajadas sobre él mientras mira desde esa altura al enemigo vencido, tal y como vemos en La rendición de Jülich o Juliers de Jusepe Leonardo. En La Rendición de Breda, en cambio, los dos hombres se encuentran en condiciones de igualdad; ya no es un cuadro del poder militar español, sino una metáfora de la superioridad moral española, que refleja la gloria del monarca en cuyo nombre Spínola manda a sus tropas y que glorifica la fe en que él y sus antepasados han jurado defender[7].

La rendición de Juliers

La rendición de Juliers de Jusepe Leonardo.

Se trata de una obra fascinante no sólo debido a su originalidad en la interpretación de la historia y la tradición, sino también por el modo en que Velázquez ha sabido captar las reacciones de unos hombres corrientes ante lo que parecía uno de los hechos decisivos de la guerra con los holandeses. Algunos de los soldados y oficiales observan la ceremonia con profunda atención, pero otros parecen distraídos bien por cosas que ocurren fuera del cuadro, bien por sus propios pensamientos y emociones. La orquestación de este complejo conjunto está perfectamente sintonizada en su significado; todas las cosas y todas las personas están situadas en el lugar adecuado. Pero por debajo de esa superficie –gracias a las radiografías del cuadro– podemos entrever un notable proceso de ensayos y enmiendas.


Bibliografía

  • BROWN, Jonathan. Velázquez. Pintor y cortesano. Alianza Editorial, Madrid, 2006
  • ELLIOTT, John. BROWN, Jonathan. Un palacio para el Rey. El Buen Retiro y la Corte de Felipe IV. Taurus Ediciones, Madrid, 2003
  • ELLIOTT, John. La España Imperial. Biblioteca Historia de España, Madrid, 2006-
  • FLORISTÁN, Alfredo (coord.). Edad Moderna. Historia de España. Ariel, Barcelona, 2005.
  • LYNCH, John. Los Austrias. Crítica, Barcelona, 2007.

 

[1] La Insigne Orden del Toisón de Oro es una orden de caballería fundada en 1429 por el duque de Borgoña y conde de Flandes, Felipe III de Borgoña. Es una de las órdenes de caballería más prestigiosas y antiguas de Europa, y está muy ligada a la dinastía de los Habsburgo y a las coronas de Austria y España.

[2] Estado italiano independiente entre los siglos XI y XVIII, en el siglo XVII era prácticamente un protectorado de la Monarquía Hispánica, además de ser los genoveses los banqueros de la reino español.

[3] Los condotieros (en italiano: condottieri; singular condottiero) eran mercenarios al servicio de las ciudades-estado italianas desde finales de la Edad Media hasta mediados del siglo XVI. La palabra condottiero deriva de condotta, término que designaba al contrato entre el capitán de mercenarios y el gobierno que alquilaba sus servicios.

[4] De iure o de jure, es una locución latina, pronunciada [ deːˈjuːɾeː ], que significa literalmente «de derecho», esto es, con reconocimiento jurídico, legalmente. Se opone a de facto, que significa «de hecho»

[5] Un territorio histórico situado al oeste del río Rín.

[6] Estatúder (en holandés, stadhouder, que significa literalmente 'lugarteniente') fue un cargo político de las antiguas provincias del norte de los Países Bajos, que conllevaba funciones ejecutivas. Al unificarse dichas provincias en la Unión de Utrecht, se creó un cargo supremo: el de Estatúder y Capitán General de las Provincias Unidas de los Países Bajos, controlado de continuo por los Estados Generales. Su función era dirigir la política y las actividades militares de las provincias neerlandesas. En 1747, tras una revuelta, el cargo se convirtió en hereditario.

[7] BROWN, Jonathan. Velázquez. Pintor y cortesano, pp. 117 y ss.

Laia San José

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