Un año en la Antigua Roma

Qué curioso es el calendario. Algo que rige nuestras vidas cotidianas –además, a diario– y a lo que, sin embargo, le prestamos tan poca atención. Por ejemplo ¿sois conscientes de que “calendario” procede del término latino kalenda? ¿Que el mes de julio debe su nombre a Julio César y agosto a Augusto? ¿O que septiembre se llama así por ser antiguamente el séptimo mes del calendario romano?

Probablemente sí conozcáis algunas de estas curiosidades (si no todas), al fin y al cabo todo esto podría ser considerado cultura general. Pero, ¿acaso sabíais que las semanas romanas duraban 8 días y no 7? ¿que febrero fue durante mucho tiempo el duodécimo mes, y –de hecho– precedía a enero? ¿o que para ajustar el calendario oficial al solar se usaba un mes adicional llamado interkalaris cada dos años? Este es el tipo de cosas (y muchísimas más) que aprenderemos gracias a “Un año en la Antigua Roma” de Nestor F. Marqués, a quien quizás muchos conoceréis por su proyecto Antigua Roma al día.

El libro está concebido en dos partes. En la primera se nos cuenta el origen del calendario romano, que empezó siendo de tipo lunar. Así, los días más importantes se regían por las fases de la luna. El mes comenzaba con las calendas (kalendae), el momento en que había luna nueva visible. Cuando la luna estaba en cuarto creciente llegaban las nonas (nonae), llamadas así porque duraban 9 días según el tipo de conteo romano (sobre la manera, inclusiva, en que contaban los romanos también existe un interesante apartado). Finalmente tenemos las idus (sí, en latín es un término femenino; aunque estemos hartos de oír la expresión “los idus de marzo”). Las idus marcaban la fase plena, es decir la luna llena. La luna menguante, sin embargo, parece ser que no tenía una gran importancia, aunque es posible que se refiriesen a este momento como nundinae post idus.

Por aquel entonces el año romano tenía 10 meses, y comenzaba en marzo (Martius), mes dedicado al dios de la guerra, pues era el momento en que se empezaban a preparar las campañas bélicas de verano (combatir en invierno siempre ha sido mala idea, que se lo digan si no a Napoleón o a Hitler). En definitiva, este primer calendario (atribuido a Rómulo) duraba 304 días, lo que evidentemente obligó a su posterior modificación.

Con Numa (siempre según la leyenda) vino la primera gran reforma, pasando a ser un calendario “lunisolar”. En este momento las calendas, nonas e idus (aunque se mantuvieron) dejaron de coincidir con las fases de la luna. Se añadieron además dos meses: enero (Ianuarius) y febrero (Februarius), colocados respectivamente en las posiciones 1ª y 12ª. Los meses tenían 29 (Ianuarius, Aprilis, Iunius, Sextilis, September, November, December) o 31 días (Martius, Maius, Quintilis, October); con la excepción de Februarius que ya desde entonces contaría con solo 28. A pesar de esta reforma, aún había que añadir cada cierto tiempo un mes para mantenerlo ajustado.

Lo cierto es que aunque se fueron haciendo diversas modificaciones durante la época republicana, el momento definitivo no llegaría hasta que Julio César ordenase una reestructuración profunda del calendario. El calendario juliano, como es conocido, se mantuvo vigente en algunas partes de Europa hasta el mismísimo siglo XX (por eso el famoso 25 de octubre ruso tuvo lugar, en realidad, en el mes de noviembre). El calendario gregoriano (que es el que utilizamos en la actualidad) fue una modificación –necesaria– hecha por el Papa Gregorio XIII en 1582 (aunque como hemos dicho, no todos los países lo adoptaron de inmediato).

Un pequeño desfase de 10 días en 16 siglos no quita el gran mérito que tuvo en su momento el calendario juliano. Fue entonces (año 46 a. C.) cuando los 355 días del calendario romano anterior pasaron a ser nuestros actuales 365 (y perdimos, irremediablemente, a nuestro querido mes interkalaris). El orden de los meses pasó –definitivamente– a corresponderse con el actual, con enero y febrero como primer y segundo mes del año.

Poco después Quintilis pasaría a llamarse julio en honor al gran dictador romano. Su heredero, el emperador Augusto, tampoco sería menos y Sixtilis se convertiría en agosto. Curiosamente, también hubo otros intentos posteriores de cambiar el nombre de los meses. Por suerte o por desgracia, ni Nerón, ni Domiciano ni Cómodo acabaron saliéndose con la suya.

Tras este breve (pero exhaustivo) repaso a la organización del calendario romano el libro pasa a su segunda parte, quizás la más esencial. Si alguien tiene interés en saber cómo vivían el día a día los romanos esta parte colmará todas sus expectativas. Mes a mes, y fiesta a fiesta, se nos explicará pormenorizadamente todas las actividades “oficiales” que se hacían en Roma. Los famosos días fastos y nefastos, las festividades, la vida cotidiana... todo tiene  cabida.

Tomando como punto de partida los fasti que han llegado a nuestros días, el autor pone fecha y nos explica todas las festividades importantes a lo largo del año civil. Siguiendo un esquema básico, al principio de cada mes se nos presenta un calendario con todos los días, marcando los más importantes. A continuación se nos explican las distintas festividades que tienen lugar ese mes y la fecha (ya fuese fija o variable) en la que se celebraban. Así, podremos saber más sobre las festividades más importantes del calendario romano (las Lupercalia en febrero, las Cerealia en abril, las Saturnalia en diciembre, etc.) pero también descubrir otras tan curiosas como las Divalia Vel Angeronalia (21 de diciembre) dedicadas a la diosa Angerona, protectora de las anginas, o quizás ante la angustia y el miedo... pero con un cometido muchísimo más importante: ser guardiana del nombre secreto de Roma.

Para finalizar esta reseña he de hacer mención tanto a las llamativas ilustraciones que adornan el libro (obra de Silvia Gutiérrez) así como al precioso acabado de la portada en tonos rojos y negros con letras blancas. Una obra rigurosa, escrita en tono divulgativo, que hará las delicias de todo aquel interesado en la cotidianidad de la antigua cultura romana.


Sobre el autor del libro:

Néstor F. Marqués es arqueólogo especializado en la Roma clásica, tecnólogo y divulgador cultural. Compagina su labor en el campo de la tecnología aplicada al patrimonio, con la investigación histórica y arqueológica, así como la docencia para diversas instituciones. Ha creado museos virtuales y producciones audiovisuales, desarrollando la enseñanza junto a estrategias de difusión para diversas instituciones culturales y museos. Toda su experiencia se puede ver aplicada en el proyecto de difusión cultural del mundo romano, Antigua Roma al Día en el que se da a conocer la cultura de la antigüedad a través de los medios tecnológicos en red.

 

Alfonso Cuesta

Cuéntanos que opinas

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continúas navegando estás dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies ACEPTAR

Aviso de cookies