Arqueología e Historia (Desperta Ferro) nº 12 "Tarteso"

Este nuevo número de Arqueología & Historia está dedicado a Tarteso, uno de los temas más controvertidos de la Arqueología e Historia de España. Gracias a este nuevo número podemos adentrarnos no sólo en una retrospectiva sobre el tema, también un estado de la cuestión y las perspectivas de futuro de la investigación.

Tarteso en las fuentes y los inicios de la arqueología tartesia por Francisco Gracia (Universitat de Barcelona)

El profesor Gracia hace un recorrido por las fuentes documentales y arqueológicas del mundo tartesio. Desde los textos clásicos de Heródoto a las posibles menciones en la Biblia (hipótesis que se ha retomado tras la aparición de restos fenicios del siglo IX a. C. en la zona de Cádiz y Huelva), vemos como la idea de la existencia de un reino en el extremo occidente del Mediterráneo se fraguó en las mentes de los investigadores de finales del siglo XIX y principios del XX. Es aquí donde entran en juego figuras tan importantes como las de Bonsor, los hermanos Siret o Schulten.

Estos investigadores, sobre todo éste último, intentaron emular al alemán Schliemann y sus trabajos en Troya, intentando hallar una capital del reino de Tarteso, en este caso sin éxito. Estas teorías se perpetuaron hasta finales de los años sesenta, cuando se dejaron de lado las teorías filológicas y se empezó a considerar a Tarteso como una cultura material que no implicaba necesariamente la existencia de un estado jerarquizado.

Ritos funerarios y estructura social en Tartessos por Mariano Torres Ortiz (Universidad Complutense de Madrid)

Mariano Torres Ortiz de la UCM nos trae un análisis sobre los ritos funerarios de Tartessos que en el registro arqueológico han sido, hasta ahora, los que más datos nos han dado sobre la cultura tartesia.

El Bronce Final se caracteriza por la casi total ausencia de manifestaciones funerarias debido, probablemente, a la costumbre atlántica de depositar los restos del finado en las corrientes de los ríos quedando únicamente depósitos de armas, y solo en algunos casos, encontramos algunos broches de cinturón y otros objetos de bronce. Otros objetos que se han relacionado tradicionalmente con el mundo funerario han sido las estelas de guerrero, que si bien fueron asociadas desde finales del siglo XIX a enterramientos, los estudios realizados en los años 90 del siglo XX han considerado a estas piezas más como hitos de demarcación de territorios más que como indicadores de tumbas, si bien es cierto que los recientes hallazgos en la provincia de Córdoba en la que una de estas estelas está en directa relación con tres cremaciones reabre el debate sobre su carácter y significado. Las escasas tumbas de cremación se sitúan al final de este periodo (en algunos casos con serias dudas) y son de un marcado carácter indígena pese a las teorías de un posible origen fenicio.

Durante el siglo VIII a. C. ya en la Edad del Hierro el paisaje tartésico se llena de necrópolis, fenómeno asociado a la proliferación de asentamientos estables. Gran parte de los enterramientos se realizan bajo túmulo como los de la necrópolis de Setefilla (Lora del Río, Sevilla). Los vasos funerarios son en general de cuerpo ovoide o urnas bicónicas. El ajuar se limita a cerámicas a torno y a mano muy decoradas, fíbulas, brazaletes, cuchillos y algún broche de cinturón. Pero no todos los enterramientos se realizan bajo túmulo. Las necrópolis de Cruz del Negro o del Acebuchal, por ejemplo, han datado enterramientos de esta época por medio de los broches de cinturón hallados en las tumbas.

Más tarde durante el siglo VII a. C. se observa una clara diferenciación en las necrópolis, donde aquellas que se realizan bajo túmulo serán ahora propiedad de un linaje que se distinguirá del resto de la población creando grandes construcciones funerarias como las de la del túmulo A de la ya mencionada necrópolis de Setefilla, con casi 30 metros de diámetro y más de 3 metros de altura. Dichos túmulos aristocráticos, más o menos complejos, se reparten por todo el territorio y bien podrían ser además de símbolo de estatus, marcadores de territorio para estos linajes. Los ajuares, como los hallados en el túmulo de El Palmerón en Huelva, son muy ricos: jarras y braseros de bronce, armas, broches de cinturón, vasos de alabastro, ánforas fenicias (que denota el consumo ritual de vino) y un largo etcétera que componen alguno de los ajuares más destacables del periodo orientalizante.

Ya en el siglo VI a. C. se generaliza la tendencia de las tumbas principescas junto con las, cada vez más habituales, necrópolis urbanas. En los ajuares más ricos comienzan a aparecer elementos de origen griego y oriental, como escarabeos. A estos se suman otros elementos autóctonos como fíbulas, armas y diversos objetos relacionados con el uso de caballos o carros.

Fenicios en Tarteso: de la invisibilidad literaria a la evidencia arqueológica por Eduardo Ferrer-Albelda (Universidad de Sevilla)

La historiografía española en cuanto al tema de Tarteso de ha dividido en dos periodos, siendo el punto de inflexión entre ambas los años 60 del siglo pasado. Hasta esa fecha, Tarteso era “el germen racial de España” y se tomaban como fuente primordial los textos clásicos por más que estos en ocasiones incurrieran en numerosas contradicciones. Bonsor y Schulten trataron de emular a Schliemann combinando literatura y arqueología con escaso éxito en el coto de Doñana.  Cuando parecía agotarse este modelo, en los años 50 el hallazgo “casual” del conocido como Tesoro del Carambolo reabrió un inusitado interés sobre Tarteso, retomando con fuerza la idea del germen de la cultura española.

Durante los años 60, en medio de los profundos cambios sociales y culturales que sufría nuestro país y que cristalizarían en la década siguiente, Tarteso se convirtió en poco más que una cultura indígena, un ámbito de influencia regional previo a la colonización fenicia, denominado como “orientalizante”. En cualquier caso, hoy no se discute la riqueza arqueológica y material que supone Tarteso, pero ya no es considerada como una sociedad con una ciudad-estado fuerte, ni siquiera como una cultura arqueológica, más bien como un conglomerado de pueblos y etnias entorno a un río Tarsis donde el componente fenicio fue determinante.

La lengua tartesia por Eugenio R. Luján (Universidad Complutense de Madrid)

Actualmente los investigadores y lingüistas que se enfrentan al estudio de la lengua tartesia se dividen en dos grupos: aquellos que la denominan “escritura tartésica” y por tanto adscriben por completo esta lengua a la cultura tartésica; y por otro lado, aquellos que la definen como “escritura del sudoeste” pues consideran que su uso sobrepasaría los límites geográficos de esta cultura. De hecho, hoy sabemos que la mayoría de las inscripciones que poseemos en esta lengua proceden de regiones que podríamos llamar marginales de Tarteso.

La escritura del sudoeste es la más antigua de todas las lenguas paleohispánicas. Su origen se encuentra en una adaptación del alfabeto fenicio para escribir las lenguas autóctonas. Las encontramos, en su mayoría, en un único soporte: estelas de forma rectangular u oval, que seguirían el esquema de lectura que vemos en la imagen.

 

Esquema de lectura de la estela de Fonte Velha VI (Bensafrim, Portugal)/ @Historia2punto0

La mayoría de ellas han sido encontradas fuera de contexto arqueológico por lo que sólo podemos intuir su función. Aunque la mayoría de ellas carecen de elementos decorativos, algunas poseen ciertas figuras que recuerdan a las “estelas de guerrero” del periodo orientalizante, por lo que podríamos establecer cierta continuidad entre ambos tipos, y calificarlas pues de estelas funerarias, que son además el tipo epigráfico más común en la Historia.

La cronología de la lengua del sudoeste es uno de los temas más polémicos de su estudio. Dependiendo de la línea de investigación, por quienes consideran esta lengua como tartésica o del sudoeste, alargarán más o menos su final por lo que variará entre el siglo IV a. C. o llegando hasta el I a. C. Lo que parece estar claro, es que el inicio de la utilización de esta lengua debe situarse en torno al siglo VI a. C.

En cuanto a la familia lingüística, poco podemos decir hasta el momento. Pese a que profesores como José Antonio Correa o John T. Koch han sugerido un posible origen celta (los onomásticos celtas aparecen con bastante frecuencia, posiblemente como fruto de las migraciones que nos relata Plinio), los datos son insuficientes para encuadrar la lengua tartésica dentro de una familia concreta.

Pocos son los grafitos en lengua tartésica, más allá de los presentes en algunas cerámicas y, algunos de ellos, en recientes estudios han demostrado no ser realmente más que símbolos o decoraciones que nada tienen que ver con la escritura.

Los onomásticos y topónimos son escasos en época plena tartésica, sí que abundan algo más en el periodo inmediatamente posterior.

La escritura tartésica es hoy un enigma que dista mucho de resolverse en los próximos años.

Túmulos tartésicos. La arquitectura del poder por Sebastián Celestino y Esther Rodríquez (CSIC / Junta de Extremadura)

Aún hoy el modelo de poblamiento en el Medio Guadiana durante la Edad del Bronce es un auténtico misterio, pues los datos que tenemos se limitan prácticamente a la vivienda de plata oval hallada bajo las estructuras romanas del Cerro Borreguero (Zalamea de la Serena, Badajoz). No obstante, el incremento de la población del siglo VI a. C. llevó aparejado un fenómeno muy particular, la construcción de grandes edificios a lo largo del curso del Guadiana. Estos grandes edificios tendrían unas características comunes, destacando su posición privilegiada en torno al río (exceptuando Cancho Roano, en Zalamea de la Serena, que se encuentra lago más al interior), de planta rectangular siguiendo patrones mediterráneos, gruesos muros de adobe y tapial sustentados por grandes cimientos de piedra, orientación al Este… Estas características se reflejan en tres de las construcciones mejor conocidas hasta la fecha: Cancho Roano, La Mata (Campanario, Badajoz), ambos excavados en su totalidad, y Casas de Turuñuelo (Guareña, Badajoz), en proceso de estudio actualmente.

Pese a que se ha intentado buscar paralelos al otro lado del Mediterráneo, los verdaderos antecedentes de este tipo de construcciones se hallan en el SO peninsular, en el núcleo tartésico original.

Por motivos que desconocemos, a principios del siglo IV a. C. estos edificios son progresivamente abandonados, incendiados y amortizados con arcillas, lo que les da su característica forma tumular. El uso de estos edificios sigue siendo cuestión muy debatida entre los investigadores. Mientras que el carácter cultual de Cancho Roano parece fuera de toda discusión, la presencia de un gran número de molinos de mano, ánforas y otro tipo de recipientes en La Mata parecen indicar que se trataba de un edificio destinado al almacenaje de excedentes o quizá la residencia de un gran terrateniente. Los escasos datos que hasta ahora disponemos de Casas de Turuñuelo apuntan, si bien se trata aún de una hipótesis, a una función templaria, pues el altar en forma de piel de toro extendida, la parrilla y los caladeros de bronce parecen apuntar a esta posibilidad.

Las estelas del oeste y el componente autóctono en Tarteso por Sebastián Celestino (CSIC / Junta de Extremadura)

Al igual que hemos visto a lo largo del presente número con los diferentes aspectos de la cultura tartésica, la nomenclatura de las estelas ha sido uno de los debates más acalorados entre los investigadores. Actualmente el nombre por el que se las conoce es el de “estelas de guerrero tartésicas”. En la mayoría de las ocasiones hemos encontrado estas estelas (se conocen unas 150) fuera de contexto arqueológico, bien reutilizadas en cercas, dinteles de puertas o con inscripciones en épocas posteriores por lo que su finalidad, como veremos más adelante, será difícil de determinar.

Como podemos ver en la ilustración, encontramos varios tipos de estelas clasificadas tanto por su cronología, como por su iconografía. Las más antiguas, denominadas como “estelas básicas”, se datarían en torno al siglo IX a. C. anteriores pues a la colonización fenicia, presentando un escudo con escotadura en V, una lanza y una espada como únicos elementos.

Con posterioridad, las “estelas con figura humana” hacia el siglo VIII a. C. muestran elementos de carácter mediterráneo lo que denota una clara influencia fenicia.

Las estelas complejas, las armas e incluso las figuras humanas pierden importancia en detrimento de una cantidad enorme de objetos cuyo fin era el de reflejar el estatus y el prestigio de quien o quieres erigieron la estela. Destacable es el tocado de cuernos con el que aparecen algunos personajes, que bien pudieran denotar una equiparación con el dios Baal.

El uso que pudieron tener las estelas, es un tema de largo recorrido y discusión entre arqueólogos e historiadores. Si bien en un principio se les atribuyó una función funeraria (como estelas o cenotafios), la falta de contexto arqueológico impide confirmar esta teoría. Lo mismo ocurre con la posible función de marcadores de territorio, por la ya mencionada descontextualización y por su pequeño tamaño.

Las cosas de Tartessos: cultura material en la Iberia de los siglos VIII a VI a. C. por Javier Jiménez Ávila (Consorcio Ciudad Monumental Histórica-Artística y Arqueológica de Mérida)

Desde el siglo VIII al VI a. C. circularon por toda la península un gran número de objetos suntuarios y de prestigio de materiales preciosos tales como el oro, el marfil o el bronce con una clara influencia oriental. Dichos objetos representan las manifestaciones más occidentales de la tradición de Próximo Oriente. Estas auténticas obras de arte saldrían, con casi total seguridad, de talleres artesanos regentados por individuos de origen fenicio. Por lo general, estos objetos aparecen en contextos funerarios en el interior de la península denotando el prestigio de sus ocupantes. De forma tradicional se ha venido incluyendo a estas tumbas dentro de la cultura tartésica.

Si bien el trabajo con oro se conocía en la península Ibérica desde el Calcolítico, la llegada y contacto con los fenicios, supuso un salto cualitativo considerable en sus producciones. Así encontraremos elaborados pendientes, diademas, anillos, cuentas de collar, etc. Todos ellos, como después demostrará la escultura ibérica, dedicados al ornato femenino. De forma muy excepcional se utilizaría el oro para realizar broches de cinturón, vasijas (como en el tesoro de la Aliseda) o en los célebres candelabros de Lebrija. A pesar de sus marcados rasgos orientalizantes, el origen hispánico de estos objetos está lejos de toda duda, siendo quizás el exponente de la orfebrería en oro más famoso el tesoro de El Carambolo.

En cuanto al bronce, seguirá un camino similar al de las joyas. De un periodo que coincidiría con el Bronce Final, en el que la producción en este metal se limitaba a armas y a herramientas, se pasará a un momento en el que los objetos realizados en bronce estarán relacionados con el ritual y el boato.

El marfil será el elemento que completará la triada de objetos de prestigio de las aristocracias peninsulares. Además, las factorías fenicias presentes en el SO peninsular jugarían un papel importantísimo en el comercio de este material en todo el Mediterráneo.

Cuando acabó todo. Un final para el mundo tartésico por José Luis Escacena (Universidad de Sevilla)

La caída en manos de Nabucodonosor en el 573 a. C. de Tiro, la antigua metrópolis fenicia impulsora de la colonización mediterránea, provocó un efecto dominó que acabaría afectando a la península Ibérica y provocando el fin de la cultura tartésica.

El gran santuario del Carambolo (Camas, Sevilla) es quizás el mejor indicador de este periodo de ascenso y caída. Desde su época de esplendor en el siglo VII a. C., cuando la plata de las minas andaluzas inundaba el Mediterráneo, llegando a nutrir a los mismísimos faraones de Egipto, a su momento de gran decadencia cuando ya en el siglo siguiente, el santuario se vio abandonado y reutilizado como centro de producción metalúrgica.

Introduciendo el n.º 13, El periodo de Vendel en Escandinavia. Un preludio a la Era Vikinga por John Ljunkvist (Uppsala Universitet)

El número 13 (12+1 para los más supersticiosos) de la revista Arqueología & Historia, nos adentra el periodo inmediatamente anterior a la Era Vikinga. Pese a que solemos considerar el periodo de las invasiones vikingas como el momento en el que estas sociedades tomaron contacto con la "civilización" al mismo tiempo que saqueaban, sabemos que las sociedades previkingas tuvieron contactos, gracias al comercio, con lugares tan remotos como África o Asia.

El conocido como periodo de Vendel se sitúa entre el 550 y el 800 y estará marcado por singulares crisis y migraciones que poco a poco forjarán el carácter de una sociedad que marcaría para siempre la Historia de Europa.

Luis Miguel Fernández-Montes y Corrales

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