Bailando con la muerte. El hombre, la muerte y el Medievo

La mayoría de los hombres no piensan en la Muerte ni en la Nada.

El Séptimo Sello (1957) Ingmar Bergman

Fragmento de una Danza Macabra en la iglesia de San Nicolás, ca. 1500 (Tallín, Estonia). En ella podemos ver a la Muerte representada como un esqueleto cubierto con un sudario que se lleva a los hombres y mujeres de cualquier condición.

La Muerte nace con nosotros, nos acompaña durante toda nuestra vida y nos arranca de este mundo tal y como llegamos, sin nada.

En la actualidad la muerte se ha convertido en un tema tabú, hasta no hace mucho tiempo formaba parte fundamental de la vida. El cambio de modelo demográfico en Occidente, con unas tasas bajísimas de mortalidad infantil y una cada vez más alta esperanza de vida nos ha llevado a extirpar el concepto de muerte de nuestros esquemas mentales y culturales.

Para el hombre medieval, no obstante, la muerte era parte esencial de su día a día y por tanto de su mentalidad y religiosidad. Por eso mismo se vería reflejada en la literatura, el arte, la filosofía y hasta en la configuración de las ciudades.

Además, y pese a la desconexión con la muerte de nuestra sociedad, la influencia de la imagen medieval de la Parca ha sido tan fuerte que aún se la representa como un ser esquelético con un sudario y con una guadaña en la mano tal y como se la empezó a retratar en las llamadas danzas macabras o danzas de la muerte.

Las macabras aventuras de Billy y Mandy, fue una serie de dibujos animados de los años 90 que contaba las vivencias de unos niños con su amigo Calavera. Como vemos la imagen medieval de la muerte se ha perpetuado hasta en ambientes cómicos e infantiles.

Enfermar y morir en la Edad Media.

Antes de adentrarnos en los significados de la muerte en el Medievo, respondamos a una pregunta que a priori pueda parecer de Perogrullo ¿de qué moría la gente en la Edad Media?

Hasta la llegada de la medicina moderna y de unos estándares mínimos de higiene y alimentación (que en algunos lugares de España no llegaría hasta bien entrada la década de los 60 del siglo XX), la mortalidad infantil era muy alta. Es imposible hablar de cifras, pero debió acercarse a las tasas actuales que presenta el continente africano. La malnutrición, las hambrunas, las enfermedades…provocaban que sólo una minoría de los nacidos llegara a cumplir los 5 años de edad.

Debemos hablar de la alta tasa de mortalidad femenina que en su mayor parte se debía a la alta tasa de natalidad. Era bastante frecuente que las mujeres fallecieran a la hora de dar a luz a algún de sus hijos, bien por complicaciones durante el parto o como consecuencia directa de él.

Las enfermedades, por su lado, se cebaban con el grueso de la población sin distinción de estamento, religión, edad o sexo. La enfermedad más común durante el medievo fue la tisis o tuberculosis, también conocida como la muerte blanca. Se trataba de una afección pulmonar que podía derivar en ulceraciones.

Muy común fue también el ergotismo provocado por el consumo excesivo del cornezuelo del centeno (un hongo parásito del cereal muy común) que ocasionaba trastornos nerviosos, psíquicos y problemas vasculares. Hay quienes apuntan que muchos de los casos «diagnosticados» como posesiones demoníacas podrían haber tenido su origen en el consumo de este hongo.

Por su parte la lepra afectaba a las personas no sólo en el plano físico, también en el social pues los afectados por esta enfermedad vivían apartados de la sociedad. Incluso hubo leprosos entre la realeza, como Balduino IV de Jerusalén que padeció la lepra desde niño, lo cual no le impidió ejercer con mano de hierro su mandato. Si recordáis la película El Reino de los Cielos (Ridley Scott. 2005), era el personaje interpretado por Edward Norton y que se ocultaba tras una máscara de plata.

Otra de las causas de muerte más común en la Edad Media fue la derivada de las complicaciones de tener escrófulas. Esta inflamación de los ganglios linfáticos del cuello provocaba un estado de debilidad tal, que el pobre infeliz que la padecía era pasto de toda clase de infecciones, en especial las pulmonares. No deja de ser curioso que en algunos países como Francia existía la creencia de que el toque del rey podía curar esta enfermedad.

Pero la enfermedad que, sin duda, marcó un antes y un después en la historia medieval europea fue la Peste Negra. Esta enfermedad asoló prácticamente toda Europa entre 1348 y 1350, llegando a cuotas de mortandad del 76% como en el caso de Bremen. Sobre las consecuencias de la peste, tanto poblacionales como sociales, hablaremos un poco más adelante.

Las grandes epidemias tanto de peste como de tifus o paludismo fueron bastante comunes y visitaban a la población periódicamente. Las minorías religiosas se convirtieron en cabeza de turco. Los judíos fueron los que peor parados salieron, pues la propagación de ciertas enfermedades o la contaminación de pozos de agua fueron algunos de los argumentos que se dieron para recluir a este sector de la población en barrios, como las aljamas en las ciudades castellanas o los calls en Cataluña. Los alzamientos contra los judíos fueron habituales en las grandes ciudades europeas y contribuyeron a crear un estado de violencia casi continuo. Las calles de Londres se convirtieron en sinónimo de muerte y crímenes durante casi todo el Medievo, especialmente bajo el reinado de Eduardo III.

Pese a la imagen estereotipada del Medievo,  durante esta época la medicina estaba muy bien considerada y gozaba de cierto prestigio, si bien es cierto que siempre se antepuso la salvación del alma a la del cuerpo. La existencia de hospitales, sobre todo en las ciudades y villas era bastante habitual. No obstante, el concepto de hospital como lugar de sanación que hoy día tenemos no coincidía plenamente con el del Medioevo. A los hospitales se iba a tener una «Buena Muerte» o simplemente a envejecer con cierta dignidad si no tenías quien cuidara de ti.

Grabado de 1609 en el que se ve a Enrique IV de Francia tocando a los enfermos con escrófulas. Como vemos esta costumbre medieval se prolongó hasta el siglo XVII.

Tan importante fue la creación de hospitales que incluso dio lugar a la creación de una de las órdenes militares internacionales más importantes: la Orden de San Juan de Jerusalén, también conocida como Orden Hospitalaria. En ocasiones estos hospitales acogían también a peregrinos, por lo que era muy habitual encontrarlos en torno a las vías de peregrinación, como es el caso del Camino de Santiago donde se asentaron precisamente los primeros hospitales de la Orden de San Juan en la Península Ibérica. Pero pronto la proliferación de enfermedades en ambientes urbanos provocó que los monarcas tomaran cartas en el asunto y obligaran a la creación de hospitales, bien dependientes de la corona o de los concejos y cofradías. Así estos centros asistenciales se convertían en lugares de aislamiento y control de las enfermedades.

La enfermedad fue poco a poco instrumentalizada por la Iglesia de varias formas. Se empezó a considerar los padecimientos del cuerpo como consecuencia directa de la insalubridad del alma. Los pecados tenían también su reflejo en la carne mortal.

También se utilizó con fines más pragmáticos, por así decirlo. Gracias a ciertas dolencias se pudo encauzar ciertos cultos. Si tenías la mala suerte de padecer la peste, san Roque era a quién debías dirigir tus plegarias. Otro tanto debías hacer con san Mauro si padecías de gota, san Lázaro con la lepra…prácticamente todas las enfermedades tenían su patrón.

El poder civil también se valió del sufrimiento para ensalzar a sus figuras más representativas. Así por ejemplo el famoso Enrique III el Doliente, que pese a sus muchas enfermedades y padecimientos hizo valer su fortaleza de ánimo y luchó hasta sus últimos días contra el reino de Granada.

La muerte como castigo.

La muerte constituyó un espectáculo morboso para buena parte de la población medieval. El ajusticiamiento de reos no solo se consideraba una justicia terrenal, también una justicia divina. Además, constituía un buen ejemplo para concienciar a los criminales aún no apresados, de lo que les podía suceder en caso de que la Justicia cayera sobre ellos. Las condenas a muerte eran pues una herramienta de control social en periodos de especial agitación como revueltas por hambrunas o enfermedades que veíamos más arriba.

La verdad es que era relativamente habitual contemplar ejecuciones públicas si hablamos de las grandes ciudades del continente europeo. La mayoría de leyes y reglamentos municipales y reales venían a coincidir en al menos seis delitos que conllevaban la muerte:

  • El incendio deliberado de una casa propia o ajena se castigaba con la horca.
  • Practicar alguna herejía (sobre las que hablaremos en nuestro próximo artículo) o la sodomía era camino directo para la hoguera.
  • El robo era castigado con la horca. Si bien es cierto que este castigo se reservaba para los ladrones reincidentes.
  • La falsificación de moneda, curiosamente uno de los crímenes más perseguidos, se penaba con la horrible condena de morir en aceite hirviendo.
  • Los crímenes de lesa majestad terminaban con el rebelde descuartizado. Tal y como le sucedía al final de la película Braveheart a William Wallace.

    Ejecución de Hugo Despenser el Joven (en un manuscrito de Jean Froissart). Este ambicioso y corrupto político inglés que fue amante de Eduardo II fue condenado a muerte en 1326 por la reina Isabel y su también amante Roger Mortimer. Fue ahorcado por ladrón y descuartizado por traidor a la corona. Parte de estos acontecimientos aparecen en la novela Un mundo sin fin de Ken Follet.

Esta condena pública también estimuló la caridad y surgieron cofradías de la Purísima Sangre o de la Buena Muerte que se encargaban de atender las necesidades espirituales de los condenados a muerte, correr con los gastos del sepelio, así como las correspondientes misas por su alma e incluso atender a los huérfanos y viudas en su caso.

De la buena y la mala muerte.

Los conceptos de buena y mala muerte fueron de los más debatidos y comentados por filósofos y teólogos del Medievo. Todos venían a coincidir en que la muerte era consecuencia directa del Pecado Original, pero que al mismo tiempo no suponía un final, era el paso para la Vida Eterna o la condenación. Para Agustín de Hipona la muerte del alma era el pecado, mientras que la muerte del cuerpo era un paso necesario para alcanzar a Dios. Tomás de Aquino por su parte veía la muerte como algo positivo, algo deseable para entrar en la Ciudad de Dios.

Pero el concepto de Buena Muerte para el mundo cristiano varió a lo largo de los siglos. En los albores del cristianismo una muerte violenta por motivos de fe era deseable, te convertía en mártir y te llevaba directamente al Cielo. Poco a poco, esta característica se fue diluyendo al mismo tiempo que cesaban las persecuciones y se convertía en religión oficial del Imperio Romano y, más tarde, en la mayoritaria en el Viejo Continente. Durante el periodo de la mal llamada Reconquista y las Cruzadas, este viejo concepto de la Buena Muerte en la lucha por la fe tuvo un repunte.

Más tarde el concepto de Buena Muerte se asoció a un momento de paz y tranquilidad, en ausencia total de pecado. El modelo a seguir son los santos que alcanzan la comunión final con Dios en el momento de la muerte. Pero no sólo los santos se enfrentarán a la muerte con paz y valentía.

La literatura medieval nos da varios ejemplos de ello. Por ejemplo, Gonzalo de Berceo en sus Milagros de Nuestra Señora nos narra la historia de Los dos hermanos, en los que a un hombre se le da la oportunidad de volver a la vida durante un mes para preparar su Buena Muerte, en los que pagará sus deudas, se despedirá de sus seres queridos, ayunará, dará limosna, confesará sus pecados para afrontar con serenidad la muerte.

Encontraremos más ejemplos en la literatura castellana y europea acerca de la Buena Muerte. Las Cantigas de Nuestra Señora de Alfonso X, por ejemplo, hacen referencia en varias ocasiones a este concepto.

Os que bõa mórte mórren  e son quitos de pecados,

son con Déus e con sa Madr' e   sempre fazen séus mandados.

CNS nº 233

Los diversos romances y cantares de gesta que hablaban de la muerte de los grandes caballeros, como Rolando o sir Gawein, equiparándola con la de los santos. Ellos saben que van a morir al final de su misión, pero las aceptan con tranquilidad. Incluso en la parodia más grande jamás escrita acerca de un caballero, El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, el buen don Quijote en sus últimas horas recupera la razón y hace las paces con Dios muriendo en paz y alcanzando una serena muerte como nos habla su epitafio:

Yace aquí el hidalgo fuerte

que a tanto estremo llegó

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfó

de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco,

fue el espantajo y el coco

del mundo, en tal coyuntura,

que acreditó su ventura

morir cuerdo y vivir loco.

Cap. LXXIV El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. II parte.

En contraposición a esta Buena Muerte teníamos la Mala Muerte. Esta era aquella que llegaba de improviso, de forma violenta, por lo que a partir del siglo XII las muertes de los caballeros en los romances dejaron de tener como escenario el campo de batalla, como acabamos de ver con el inmortal manchego.

Muerte de don Quijote. Grabado de Gustave Doré. Don Quijote, recuperada la razón, muere en compañía de sus amigos y familiares. En paz con Dios como un buen y notable caballero andante.

Fue un concepto que sirvió a teólogos y eclesiásticos para realizar un efectivísimo control de la población que, ante el miedo de la condenación eterna, seguían a pies juntillas los designios de la Santa Madre Iglesia en muchos casos más por miedo y por superstición que por la fe en Cristo. Y es que, pese a las severas prohibiciones de Roma, la gente seguía llevándose a la tumba amuletos y otros objetos queridos incluso entre los más notables. Bonifacio VIII (1235-1303) tomó cartas en el asunto y estableció dispensas para estas y otras prácticas, como el tratamiento previo de los cuerpos para asegurar su incorruptibilidad.

Cualquier muerte violenta e inesperada despertaba sospechas de maldiciones, brujería o simplemente castigo divino. Cuando, cosa habitual, algún ladrón fallecía en medio de una fechoría por algún accidente se consideraba una intervención del Cielo para reprobar la conducta poco cristiana del malhechor.

Ya desde muy temprano, en el Concilio de Braga de 561, se condenó el suicidio como un gran pecado (sólo Dios, dador de vida, puede poner fin a tu existencia). El hecho de que Judas Iscariote se quitara la vida tras entregar a Jesús, explica la enérgica condena a este acto. Pero eran muchos los que caían presa de la melancolía y decidían poner fin a sus días. Aquellos no merecían ser enterrados en suelo santo por lo que acababan enterrados en los cruces de los caminos. Nuevamente hacemos referencia a la película El Reino de los Cielos (Ridley Scott. 2005) en la versión del director, mucho más notable que la que se exhibió en los cines y que os recomendamos encarecidamente si sois capaces de estar pegados al asiento las casi 4 horas de metraje.

La Peste Negra y el Apocalipsis.

El año de 1348 está marcado en la Historia europea como una de las fechas cruciales en la creación de su propia identidad. Una epidemia de peste arrasó el continente, vaciando ciudades sin distinguir a pobres o ricos, señores o siervos, cristianos o judíos. Ni tan siquiera los reyes escaparon a esta enfermedad. Alfonso XI de Castilla falleció de pestilencia mientras sitiaba Gibraltar.

La influencia cultural, social y económica de la Peste fue enorme. Se creyó que el fin de los días, el Apocalipsis había llegado a la Tierra. Llevó a un cambio de la mentalidad de la sociedad, que bien se entregó a la más exacerbada religiosidad o a los gozos de la vida y del cuerpo. Recordemos cómo los protagonistas del Decameron de Giovanni Boccaccio narran en sus cuentos las vivencias quienes se encuentran en estos dos extremos.

Por desgracia, en contraposición a lo que ocurre en Italia o Francia, los datos de la incidencia de la Peste en los reinos peninsulares (tanto las coronas de Aragón y Castilla, como de Portugal). Se limitan a unas cuantas crónicas andalusíes y algunas pinceladas de las poquísimas fuentes cristianas. Sabemos que se sucedieron varios y sucesivos brotes, con mayor o menor virulencia, hasta el año 1400 fecha de la última epidemia que puso en jaque a ciudades como Córdoba o Sevilla, sedes habituales de la corte por aquella época.

Aunque existe bastante controversia al respecto, parece ser que la entrada de la Peste Negra en la Península Ibérica se produjo a través del Camino de Santiago hacia 1348 y que, como ya hemos visto, con la muerte de Alfonso XI, para 1351 había llegado a la costa atlántica andaluza. Sin embargo, todavía hoy los estudios sobre la peste en nuestro país se encuentran en estado muy embrionario.

La Muerte en la obra maestra del cine sueco El séptimo Sello (1957) de Ingmar Bergman. Probablemente una de las mejores versiones de la Muerte en el mundo del cine.

Durante la epidemia, los hospitales y las iglesias se convirtieron en centros de contención de la enfermedad y, en muchas ocasiones, en los lugares donde se velaba a los muertos. Los muertos se acumulaban y los pequeños cementerios de las ciudades (se concentraban en torno a 30 pasos de las iglesias según la bula pontificia de 1059) no daban abasto para acogerlos.

Pinturas murales, las portadas de las iglesias y catedrales góticas, romances y poemas giraban en torno a la muerte. La muerte ya no era algo deseable. Causaba temor y pavor. Se convirtió en un monstruo que nos arrancaba todo. Podemos decir que la imagen de la Muerte, que hoy aún tenemos, es la Muerte medieval.

Bibliografía.

AMASUNO, Marcelino. Cronología de la Peste en la Corona de Castilla durante la segunda mitad del siglo XIV en Studia Historica. Historia Medieval.  1992. nº 12, pp. 25-52

CLARAMUNT, Salvador. La Muerte en la Edad Media. El mundo urbano en la Conferencia impartida en la XII Semana de Estudios Medievales, dedicada a «La muerte en la Edad Media», Barcelona del 25 al 29 de junio de 1985.

MITRE FERNÁNDEZ, Emilio. Muerte y modelos de muerte en la Edad Media Clásica en Edad Media: revista de historia, 2003-2004 nº 6, (Ejemplar dedicado a: La muerte y el más allá), pp. 11-31

RUIZ DE LOIZAGA, Saturnino. La peste en los reinos peninsulares según documentación del archivo vaticano (1348-1460). Museo Vasco de Historia de la Medicina y de la Ciencia. Bilbao. 2009.

UGARTE, Ana Luisa Haindl. La Muerte en la Edad Media en Revista Electrónica historias del Orbis Terrarum. 2009. nº1, pp. 103-206

Si quieres utilizar este texto perteneciente a Historia 2.0, no olvides citarnos de la siguiente forma:

FERNÁNDEZ-MONTES Y CORRALES, Luis Miguel. Bailando con la muerte. El hombre, la muerte y el Medievo. en: Artículos (26 de octubre de 2017) Historia 2.0. [Blog] Recuperado en: https://historiadospuntocero.com/bailando-con-la-muerte-el-hombre-la-muerte-y-el-medievo/  [Consulta: fecha en que hayas accedido a esta entrada]

Luis Miguel Fernández-Montes y Corrales

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