Rusia. El ocaso de un Imperio.

Un gigante con pies de barro.

Una enorme extensión de más de 22 millones de km2, unos 150 millones de habitantes y gran cantidad de riquezas naturales (carbón, hierro, metales preciosos…) hacían del Imperio Ruso una gran potencia, al menos en apariencia. La realidad era muy distinta, a pesar de ser uno de los pilares europeos desde el final de las guerras napoleónicas, sufría un gran atraso económico y social que ponía a Rusia por detrás de otras naciones —como Francia, Gran Bretaña o Bélgica— y que la hacía francamente vulnerable.

El Imperio Ruso a finales del siglo XIX. Elaboración propia @Historia2punto0

Los mayores problemas se debían a la polarización económica de la sociedad. Por una parte, nobles y aristócratas poseían las actividades económicas más lucrativas y eran dueños casi únicos de las tierras de cultivo. Por otro lado estaban los campesinos y trabajadores industriales de las ciudades. La ausencia de clase media, fundamental en los cambios sociales y económicos de los otros países europeos, ayudó a la preservación de las condiciones de vida preindustriales.

La lectura del manifiesto de 1861 (1873). Grigoriv Myasoyedv

En 1861 Alejandro II impulsó una reforma para liberar a los siervos, conocida como Reforma Emancipadora que a la postre sería la primera piedra para la futura Revolución Rusa. Los campesinos, que suponían casi un 80% de la población, se encontraban fuertemente ligados tanto a la tierra como a los dueños de las mismas. Si bien es cierto que casi la mitad de los campesinos trabajaban en tierras del estado y estaba libre de estas presiones, el estigma económico y social de los siervos no fue superado hasta años después de la Revolución.

Junto a la liberación, los campesinos recibieron parte de la tierra que habían trabajado durante años, pero tuvieron que pagar importantes cargas a los señores. Aunque bien redactada, la ley de emancipación tuvo difícil y diversa aplicación. Algunos campesinos no llegaron a recibir las tierras prometidas, otros se endeudaron para hacer frente a los costes de sus nuevas propiedades y/o arrendaron sus tierras a los nobles. En esencia, la situación no mejoró la vida de los campesinos, que ahora libres, seguían viviendo en la escasez y la miseria.

Algunos de los recién liberados campesinos, al calor de la incipiente industrialización del país, emprendieron un gran éxodo a las ciudades que se incrementó en las dos últimas décadas del siglo XIX. A diferencia de lo que sucedía en otros países europeos en los que el proletariado urbano estaba mucho más fragmentado, la mitad de los obreros industriales rusos trabajaban en empresas de más de 500 empleados. Esto provocó una rápida concienciación de clase, que unido a la falta de derechos sindicales y las duras represiones que sufrían con frecuencia antes sus protestas, se convirtieron caldos de cultivo para las ideas revolucionarias que triunfarían pocos años después.

Cuando Nicolás II accedió al trono en 1894 se encontró al frente de uno de los estados más autoritarios del continente y muy lejos de abrir la mano ante los tiempos cambiantes, se aferró aún más fuerte a sus inmensos poderes, gracias al apoyo incondicional del ejército y de la Iglesia Ortodoxa. Poco a poco, durante los primeros años del siglo XX surgieron diferentes grupos opositores al zarismo desde diferentes sectores de la sociedad.

Desde el fracaso de la emancipación servil, las ideas anarquistas habían crecido rápidamente entre el campesinado. Se exigía una nueva y verdadera reforma agraria que acabara con los abusos de los terratenientes. Para ello, en ocasiones, se valdrían de acciones terroristas (propaganda por el hecho) contra los intereses de los grandes propietarios o contra ellos mismos. En 1901 se funda el partido Social Revolucionario que luchaba por los intereses campesinos a la vez que los ponía en primera línea de una futura revolución.

Campesinas rusas con su atuendo de fiesta. Negativo sobre cristal. (1909-1920) Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

En las ciudades fue el partido Social Demócrata, a partir de 1894, quien polarizó las protestas del proletariado urbano. Fieles seguidores de la palabra de Marx, consideraban a estos trabajadores como los verdaderos artífices de la revolución y que comandarían la sociedad tras la caída del capitalismo. No tardaron en surgir discrepancias entre los miembros del partido sobre la manera de afrontar esa revolución. En 1903 se escindieron entre una minoría moderada, mencheviques favorables a pactar con los liberales; y una gran mayoría que abogaba por un programa revolucionario, bolcheviques. Entre estos últimos se alzó como líder Vladímir Ilich Uliánov, un joven de poco más de 30 años que se hacía llamar Lenin.

Ambos partidos vivieron y actuaron en las sombras. Su clandestinidad acentuó su radicalización, al contrario que en otros países de Europa, donde la integración de los partidos socialistas facilitó su encaje en el juego democrático. La clandestinidad y las posiciones radicales de ambos partidos atrajeron a los jóvenes intelectuales de clase media y alta que engrosaron sus filas y quienes, posteriormente, tomaron el mando de los partidos.

Un joven  Lenin de algo más de treinta años ya era líder de Partido Obrero Socialdemócrata Ruso.

Cabe mencionar por último a otro partido opositor al zarismo, el partido Constitucional Demócrata, conocido como KD, cuyos seguidores eran llamados kadetes. Esta organización política que aglutinaba a la clase media urbana y a profesionales liberales e intelectuales abogó por un estado en forma de monarquía constitucional.

El Imperio Ruso y el mundo.

La guerra ruso-japonesa.

El final del siglo XIX supuso la desaparición de los grandes imperios coloniales como el de España y la consolidación de otros nuevos con África como tablero de juego, tras la Conferencia de Berlín (1884-1885).

Rusia luchaba por tener una salida al mar que le permitiera extender su influencia comercial. La vía occidental estaba cortada, pues Gran Bretaña era dueña y señora del Mar del Norte e impedía la comunicación entre el Báltico y el océano Atlántico. La única alternativa era mirar hacia el Este. Para ello Rusia había iniciado en 1891 los trabajos de la línea férrea transiberiana y movía su diplomacia para asegurar su zona de influencia en las costas asiáticas.

Dibujo publicado en la revista «Alma Española» en su número 15 de febrero de 1904. En el pie de foto de la misma nos decía: «El resumen de la versión oficial rusa es el siguiente: la escuadra japonesa—16 barcos y 20 torpederos sorprendió en la noche del 8 á la rusa, fondeada en el lago del Puerto-Arturo, ocasionándola averías de consideración. En la popa del Cesarewich, un torpedo destruyó el departamento del timón y el servomoto.» Hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional.

Tras la derrota en la guerra contra Japón, en 1894, China había abandonado Corea reconociendo su independencia, pasando de este modo a la esfera de influencia nipona. China también había cedido la península de Lao-Tung, Formosa y las islas Pescadores. Rusia, que veía peligrar el tránsito ferroviario que surtía de suministros a sus puertos (cerrados por mar durante el invierno) consiguió con el apoyo de Francia y Alemania que Japón cediera el dominio de Port Arthur, en su poder desde la guerra contra China.

Situación de Port Arthur. Elaboración propia @Historia2punto0

Así desde 1897, Rusia controlaba el importante puerto coreano que comienza a refortificar. Además, prolongaron hacia la costa el ferrocarril a través de la Manchuria y levantaron fuertes en todos los puntos estratégicos de la comarca en los que establecieron guarniciones y funcionarios públicos. En contra todas las promesas hechas a Japón convirtieron toda la Manchuria en una provincia rusa.

Todas estas acciones levantaron las sospechas de Japón y Gran Bretaña (cuya flota había sido expulsada de Port-Arthur ante la amenaza rusa de hacer saltar por los aires todos sus barcos). Pocos años más tarde, en 1902, Rusia pretendía adquirir unos barcos acorazados en los astilleros de Portsmouth destinados a Chile, pero el gobierno británico lo evitó quedándose para su propia flota ambos buques. El mismo año Japón, intentando buscar una salida diplomática al conflicto, ofrece reconocer el dominio ruso sobre Manchuria a cambio de que se retirasen de Port-Arthur y dejaran de amenazar la península de Corea. Muy lejos de aceptar el trato, las tropas del Imperio Ruso como si de un moderno Rubicón se tratara cruzaron, el río Yalú que separaba Manchuria y Corea, dando un casus belli a Japón.

El ejército zarista era uno de los más grandes del momento, pero en el extremo oriente de su imperio sólo tenía destinados 350.000 efectivos. Por su parte Japón tenía unos 850.000 soldados y podía movilizar en poco tiempo a más 200.000 en el continente. El gobierno nipón, no contento aún con estos números, reclutó a voluntarios hasta formar un ejército de un millón y medio de soldados.

La experiencia y la modernización de la armada japonesa tras la guerra chino-japonesa será esencial para esta contienda. Si bien Rusia contaba con una flota mucho más numerosa, estaba anticuada y con una oficialidad mediocre.

El resultado fue una aplastante victoria de Japón. De 16 batallas navales que tuvieron lugar durante el año y medio que duró la contienda, el país nipón se impuso claramente en 12 de ellas, en 2 ocasiones las naves rusas se retiraron y en otras dos el resultado fue indeterminado. La batalla definitiva se produjo en Mukden, frente a las costas de Manchuria y constituyó la derrota final del Imperio Ruso. Fue la batalla naval más grande hasta el inicio de la Gran Guerra.

La Revolución de 1905

El movimiento insurreccional de 1905 contra el Zar fue un toque de atención de los graves problemas que había acumulado el Imperio en las últimas décadas. Este levantamiento, que tuvo un éxito parcial y efímero, sería un ensayo de la Revolución de 1917 y en la que personajes clave como Lenin, tendrían ya un papel muy destacado.

Fotograma de la célebre película El acorazado de Potemkin (1925) de Serguéi M. Eisenstein. En el filme se narra la historia de la tripulación del acorazado Potemkin que rebeló contra los oficiales uniéndose a las protestas contra el Zar en Odesa en el verano de 1905.

La crisis económica de 1902-1903, unida a las malas cosechas, las continuas huelgas, alzamientos campesinos y una oleada de atentados anarquistas minaron el poder y el prestigio de la casa real rusa que gobernaba despóticamente. Pero la gota que colmó el vaso fue la derrota contra Japón. La imagen de Rusia resultó gravemente dañada. Antaño acabó con Napoleón y uno de los ejércitos más temibles de la Historia, ahora era derrotada con claridad por Japón, un país que hasta hacía unos años vivía en la Edad Media. El descontento era general en todos los estratos sociales.

En el mes de enero de 1905 una manifestación pacífica de campesinos se encaminó al palacio de Nicolás II en San Petersburgo buscando «protección y justicia» pues las condiciones laborales de los campesinos habían vuelto casi a los tiempos de la servidumbre. La protesta fue disuelta por el ejército. El resultado fue desastroso: cientos de heridos y decenas de muertos tiñeron de rojo las escalinatas del palacio zarista. La jornada, conocida como Domingo Sangriento fue la chispa que hizo prender la revolución. Las huelgas, protestas y los ataques contra los intereses de los patrones y propietarios se extendieron por toda Rusia durante varios meses.

Fue durante estas revueltas cuando surgieron por primera vez los soviets o consejos de los representantes de los trabajadores, organizados por el partido Social Demócrata, dominado entonces por los mencheviques, pero en la que destacó nuevamente el ya experimentado Lenin. En el campo mientras tanto, el partido Social Revolucionario encabezó las ocupaciones de tierras por parte de los campesinos. Los kadetes intentaron aprovechar del ambiente revolucionario para elevar sus propuestas liberales.

Ante la imposibilidad de acabar con las protestas, el Zar aceptó emprender una serie de reformas para intentar contentar a los insurrectos. Creó la Duma, una asamblea de representantes, prometió la creación de una constitución, la mejora de las condiciones laborales (jornada laboral de 10 horas) y otras mejoras sindicales. Aunque contentó a la mayoría de miembros del KD, un gran número de mencheviques y bolcheviques quedaron defraudados, pues exigían ya la imposición de la dictadura del proletariado.

Nicolás II, celoso de su poder que consideraba un derecho divino, no tardó en anular sus propias reformas. Si bien convocó a la Duma entre 1906 y 1916, nunca consintió un control político sobre sus decisiones, jamás permitió la participación real del pueblo y mucho menos la instauración de un régimen democrático.

La consecuencia más importante de la revolución de 1905 fue la concienciación de toda la oposición en bloque de que sólo la eliminación del zarismo podía cambiar el país.

La Gran Guerra.

Para entender el panorama previo a la Gran Guerra, hay que tener en cuenta las viejas rivalidades europeas, recelos, envidias, miedos y rencillas territoriales entre las diferentes naciones europeas. Fruto de ellas, fueron las alianzas que surgieron en los años del cambio de siglo, y que serán, con algunos cambios, los contendientes durante la Gran Guerra:

  • La Triple Entente: Se creó en 1907 y sus integrantes fueron Francia, Gran Bretaña y el Imperio Ruso, a los que se incorporó más tarde Serbia.
  • La Triple Alianza: Se formó en 1882 promovida por el canciller alemán Bismarck. Estuvo constituida por Alemania, Austria-Hungría e Italia que no cumpliría sus compromisos cuando estalló la guerra y aunque se mantuvo neutral al principio, finalmente participó como miembro del bando contrario. A lo largo del conflicto se adhirieron a este bloque el Imperio Turco y Bulgaria.

Unos soldados rusos vuelven del frente de la Gran Guerra a la granja de sus padres. Ilustración de Pablo Arellano López realizada para Historia 2.0 © PABLO ARELLANO LÓPEZ. Todos los derechos reservados /All rights reserved. PROHIBIDA su utilización

Rusia había recibido un mazazo en su crédito internacional tras la derrota con Japón por el control y dominio del extremo Oriente. La Gran Guerra suponía una gran oportunidad para recobrar el prestigio perdido. Sin embargo, los graves problemas internos que acarreaba desde la revolución de 1905 acabaron por pasar factura.

Las cosas en el frente para Rusia marchaban francamente mal. A principios de 1917 el desánimo, el hambre y las derrotas multiplicaban las deserciones en el ejército zarista. El peso en la contienda del Imperio Ruso quedó reducido hasta casi ser insignificante. Las noticias de la situación llegaron a la retaguardia y en febrero un movimiento revolucionario acabó finalmente con el régimen zarista.

El nuevo régimen liberal nacido de la revolución de febrero intentó proseguir la guerra contra los Imperios Centrales. No obstante, en octubre del mismo año Lenin encabeza una gran revolución que acaba con la victoria de los bolcheviques. Una vez en el poder, en marzo de 1918 se firma el tratado Brest-Litovsk entre Alemania y Rusia que ponía fin a las hostilidades entre ambos países. El Reich de Guillermo II, consiguió no solo asegurarse la retaguardia, también obtenía Polonia, Finlandia, Ucrania, las provincias bálticas y unas cuantiosas indemnizaciones en metálico.

Con la salida de la Gran Guerra se ponía fin a un Imperio medieval y nacía una de las grandes potencias militares, políticas y científicas del siglo XX que cambiaría la Historia.

Bibliografía.

MAFFEO, Aníbal.  La Guerra Ruso Japonesa de 1904-1905 en Revista Relaciones Internacionales nº 26 (Segmento Digital) 2004 pp. 1-13 

MARTÍNEZ, Josefina (Coord.) Historia Contemporánea. Tirant Lo Blanc. 2006. Valencia.

VERA, Vicente. El conflicto ruso japonés en Alma Española  nº 15. Febrero 1904 pp. 1-3. Madrid 

Si quieres utilizar este texto perteneciente a Historia 2.0, no olvides citarnos de la siguiente forma:

FERNÁNDEZ-MONTES Y CORRALES, Luis Miguel. Un gigantes con pies de barro. en: Artículos (6 de noviembre de 2017) Historia 2.0. [Blog] Recuperado en: https://historiadospuntocero.com/el-ocaso-de-un-imperio/  [Consulta: fecha en que hayas accedido a esta entrada]

Luis Miguel Fernández-Montes y Corrales

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