Feminismo español: el voto y la Universidad

Aunque cuando se habla de feminismo se suele hablar de países como Inglaterra o Estados Unidos (podéis leer nuestro artículo sobre la hisrtoria del movimiento feminista pinchando aquí), lo cierto es que en España los movimientos de mujeres también tuvieron muchísima importancia. Sin embargo, llegaron un poquito más tarde. Hubo que esperar  hasta casi al siglo XX para que el feminismo español y la lucha por la emancipación de la mujer hiciesen mella.

¿Por qué no se puede hablar de movimiento feminista o sufragista durante el siglo XIX Español?  Básicamente por dos motivos; el primero, que la sociedad Española del siglo XIX era una sociedad arcaica con muy poco desarrollo industrial, por ello las movilizaciones por los derechos sociales que se habían producido en otros países aquí no habían tenido lugar y, por ende, las mujeres tampoco se habían sumado a ellas. El segundo motivo era la enorme importante que aún poseía la Iglesia y la religión en la sociedad española del momento, desde la cual se seguían perpetrando los mismos discursos de inferioridad moral y física de las mujeres y de sus roles específicos como mujeres no sólo por la gracia de la biología, sino también por la gracia de Dios.

La carrera por el voto

En el siglo XIX, además, el voto en España seguía estando al alcance sólo de una minoría dentro de un sistema electoral corrupto basado en el bipartidismo tácito, el caciquismo y el pucherazo. Ante este panorama político, las mujeres españolas se centraron en un primer momento en las demandas sociales más que en las políticas; lucharon por el reconocimiento de su rol social como mujer, como madres, como cuidadoras de la familia y se centraron en reivindicaciones de carácter social y en los derechos civiles. El sufragio era importante, claro, pero para muchas no era lo primero. Tal vez porque ni siquiera los hombres españoles tenían acceso a él de forma libre y democrática.

Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán

Mujeres como Emilia Pardo Bazán (1851 – 1921) alzaron su voz contra la desigualdad en la educación para las mujeres. Aunque conocemos más su figura por ser una importantísima escritora, lo cierto es que muchos de sus escritos tocan el tema de la cuestión femenina y la lucha de los derechos de la mujer. Creía que el problema de que en España no hubiese calado aún el feminismo era la propia falta de educación de las mujeres. No se puede luchar contra lo que no se conoce.  En 1890 Emilia denunció que los avances culturales y políticos del siglo XIX no habían beneficiado en absoluto a las mujeres, sino que habían incrementado las diferencias entre ambos sexos en vez de promover la emancipación femenina. Concepción Arenal (1820-1893) creía que aunque los roles principales de las mujeres eran los de madres y esposas, éstas no debían ser en absoluto las únicas experiencias en sus vidas, sino que se debían ampliar horizontes y posibilidades. También podemos hablar de Carmen de Burgos (1879-1932), una periodista que firmaba sus artículos como “Colombina”. Esta madre soltera defendió con uñas y dientes el derecho al divorcio y al voto de las mujeres y escribió una obra llamada La mujer moderna y sus derechos.

Todas ellas jugaron un papel importantísimo en la consecución del voto de las mujeres y de toda una serie de mejoras –como el acceso a la educación igualitaria, los matrimonios civiles, las leyes de divorcio, la emancipación intelectual y legal de la mujer respecto al hombre y mucho más– sin embargo, podemos poner en el primer lugar de la lista a Clara Campoamor, por lo que sus discursos supusieron a la postre. Y por sus acalorados debates con Victoria Kent.

Clara Campoamor

Clara Campoamor

Clara Campoamor (1888-1972) se licenció en derecho en la Universidad de Madrid y era miembro del Partido Radical. Fue elegida diputada en 1931 y durante la Segunda República Española se le encomendó participar en la redacción del proyecto de una nueva Constitución. Había llegado su momento: incluir el derecho a voto de las mujeres en este proyecto, sin limitaciones, sin peros. Lo defendería fervientemente en los debates que se produjeron alrededor de este tema, especialmente contra su colega, Victoria Kent (1898-1987). Ésta era miembro del Partido Radical Socialista y también fue diputada a partir de 1931, sin embargo Kent no estaba a favor de conceder el voto a las mujeres, y ahora veremos por qué. Otra de las primeas mujeres en llegar a obtener el puesto de diputada, un poco después que Campoamor y Kent, fue Margarita Nelken (1898-1968), perteneciente al Partido Socialista. ¿Por qué tardó un poco más que las anteriores? Pues porque muy jovencita se había marchado a vivir y estudiar a París y, en el momento de ser elegida, aún no poseía de vuelta la nacionalidad española.

El voto femenino llegó, finalmente, en el marco de la Segunda República Española en general y en el marco de las reformas que se pretendían llevar a cabo, en particular. Propuesto el sufragio femenino como una de las reformas para la nueva Constitución, empezaron los debates y llegaron las sorpresas. Lo lógico es que hubiesen sido los hombres y los partidos más conservadores los que se opusiesen al voto femenino, sin embargo, fueron los partidos más liberares o de izquierdas y dos de las mujeres diputadas las que opusieron la más fiera resistencia. Victoria Kent y Margarita Nelken rechazaron conceder el voto femenino. ¿Cómo podía ser que las propias mujeres se opusiesen el voto femenino?

Margarita Nelken

Margarita Nelken

En realidad –y aunque sea lo más llamativo– su sexo es lo de menos; los partidos más radicales y de izquierdas creían que las mujeres aún no estaban preparadas para asumir el voto porque no estaban suficientemente formadas y, por ende, dependían aun totalmente del marido y de la iglesia en sus decisiones, lo que supondría que sus votos irían a parar a los partidos conservadores y ello sería problema para la República y sus aspiraciones ya que mantendría o pondría a los partidos conservadores en el poder y éstos mantendrían a su vez la situación de subordinación de las mujeres. Desde las voces negativas también se escuchaban argumentos de lo más chocantes, como que otorgar el voto a las mujeres supondría sembrar la discordia dentro de los matrimonios o que las mujeres no tenían la inteligencia suficiente, formadas y educadas o no. Y no sólo los argumentos eran chocantes, sino que algunas de las propuestas que hubo fueron de lo más peculiares. Por ejemplo, se sugirió conceder el voto sólo a las mujeres mayores de 45 años, que para la época era prácticamente ser una anciana. También se propuso otorgarles el voto de forma provisional y si se veía confirmado que votaban a los partidos conservadores, retirarles el voto. Pero ya se sabe que Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita. Y no era una opción viable.

Victoria Kent

Victoria Kent como directora general de prisiones

Clara Campoamor, sin embargo, sí defendía la concesión del voto amparándose en los derechos del individuo y el trato igualitario entre sexos. Aunque las mujeres votasen “erróneamente” –según para quién, claro– debían tener la oportunidad de hacerlo, o todo o nada y lo correcto era todo. Finalmente, se votó la propuesta y ganó la facción partidaria de conceder el voto femenino con 161 votos a favor frente a 121 en contra.  En 1932, las mujeres españolas votaron por primera vez.

La carrera universitaria

Como hemos podido observar, en los discursos de todas estas mujeres que iniciaron movimientos de protesta había un punto en común; la educación femenina. O la falta de ella, más bien.

A finales del siglo XIX el 70% de las mujeres españolas se encontraban en situación de analfabetismo ya que no sabían ni leer ni escribir. Esto resultaba escandaloso comparado con otros países europeos del momento.

El acceso, complicado y tortuoso, de la mujer española a la universidad se produjo en las últimas décadas del silo XIX, sin embargo, antes de ese momento ya existieron algunas tentativas.

Se ha considerado como la primera mujer universitaria a María Isidra de Guzmán y de la Cerda, que vivió entre los años 1768 y 1803 y cuya figura ha quedado plasmada en las páginas de nuestra historia como La Doctora de Alcalá. Se le concede este primer puesto más como un honor que como un hecho en sí porque pisar la Universidad, no la pisó.

Curiosamente, esta mujer no universitaria, con una formación a domicilio poco usual para la época – pero tampoco extraordinaria según relatan las crónicas y documentos de la época – ostentaba el título de Doctora, la dignidad de Académica de la Lengua, era socia honoraria de la Real Academia Española y de la Real Academia de la Historia y en 1785 – con tan sólo 16 años – recibía del propio Carlos III, rey de España, el título de doctora y maestra en la Facultad de Artes y Letras Humanas de la Universidad de Alcalá de Henares, siendo investida como Catedrática en Filosofía y Examinadora. Y todo ello, como decimos, sin pisar una universidad. Eso sí fue una carrera meteórica.

Habría que esperar al siglo siguiente para que una mujer, la primera ésta vez sí, pisase una Universidad y estudiase en ella. Eso sí, disfrazada de hombre. Concepción Arenal, a quien conocemos por su carrera como escritora y su labor político-social, vivió entre los años 1820 y 1893. Siendo muy pequeña perdió a su padre y posteriormente a su hermana, hecho que propició que su familia se trasladase de Vigo a Madrid, donde en 1834 ingresa en un colegio para señoritas. Pero a Concepción esta formación no parecía satisfacerle y quería más, por lo que en el año 1841 empezó sus clases en la Universidad Central de Madrid – nombre que recibía anteriormente la Universidad Complutense de Madrid –, como hemos dicho, vestida de hombre, ya que las mujeres seguían teniendo vetado el acceso a los estudios superiores. Así, como un hombre, asistía a tertulias políticas y literarias, hasta que en el año 1848 terminó sus estudios, aunque no obteniendo la licenciatura, ya que asistía como oyente y no tenían validez sus exámenes, si es que llegó a realizarlos.

Desde el punto de vista historiográfico, con Concepción Arenal empieza el movimiento feminista en España ya que es de las primeras personas que comienza a enarbolar un discurso sociopolítico en el que tienen cabida conceptos como educación o emancipación para las mujeres. Eso sí, desde una perspectiva del siglo XIX. Para Arenal, la educación y la instrucción de las mujeres es algo necesario y fundamental, ya que éstas no tienen otra carrera en la vida que el matrimonio. Eso sí, cree que las mujeres podrían desempeñar carreras de “relojera, tenedora de libros de comercio, pintora de loza, maestra, farmacéutica, abogada, médico de niños y mujeres y sacerdote (que no monja)”, no obstante descarta rotundamente el acceso de la mujer a las carreras relacionadas con la política y el mundo militar.

Su figura resultó importantísima no sólo por el discurso que promovía si no por conseguir que el monarca español Amadeo I de Saboya decretase una Real Orden en la década de 1870 por la que autorizaba y aprobaba el acceso de las mujeres a la carrera de Medicina. Eso sí, al principio estudiando desde casa. No será hasta el año 1910 cuando las mujeres puedan matricularse en igualdad de condiciones que los hombres en la universidad.

Y con esta Real Orden llegaron, ahora sí, las primeras mujeres universitarias en España, concretamente en la Universidad de Barcelona y en la Facultad de Medicina.

María Elena Maseras i Ribera nació en Tarragona en el año 1853 y falleció en Mahón en 1905. Fue una médico y maestra española, procedente de una familia de médicos, que ostenta el título de ser la primera mujer matriculada en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona en el curso lectivo 1872-1873 y, por ende, a efectos prácticos la primera mujer universitaria en España con todas las de la ley y reconocida, aunque durante sus primeros cursos tan sólo podía estudiar desde casa y presentarse físicamente a los exámenes. Fue en el año 1875 cuando el Catedrático Narcís Carbó le permitió asistir a las clases añadiendo un nuevo pupitre al lado del profesor.

Terminó sus estudios en el año 1878 y entonces, como mandaba la norma, solicitó el permiso en el año 1879 para realizar el examen de licenciatura. Permiso que, por ser mujer y algo tan poco común en el momento, se demoró más de tres años, llegando en junio del año 1882 y realizando el examen el 25 de octubre de 1882. Pese a que obtuvo una calificación de excelente en su examen, no poseemos información que nos confirme que realizase el doctorado y, tras encontrarse todo tipo de trabas y dificultades burocráticas por ser mujer a la hora de ejercer, abandonó la carrera de medicina y se dedicó a la enseñanza.

 

Martina Castells i Ballespí nació en Lleida en 1852 y falleció en Reus en 1884, fue la primera mujer doctorada en medicina, procedente también de una familia de médicos consiguió sus propósitos poco habituales para la época apadrinada por José de Letamendi, Catedrático de Anatomía de la Universidad de Barcelona entre los años 1857 y 1878 y Catedráticos de Patología General de la Universidad Central de Madrid unos años después, cosa que indica que no todos los hombres de la época eran reticentes a que las mujeres accediesen a estudios superiores.

En el año 1877 se matriculo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona, obteniendo su licenciatura en el año 1882. Conseguía el doctorado el 4 de octubre de 1882, convirtiéndose en la segunda mujer española en doctorarse, si tenemos en cuenta el doctorado de María Isidra. Sea como fuere, sí fue la primera mujer en doctorarse habiendo pasado por la Universidad y su tesis doctoral llevaba por título “Educación física y moral que debe darse a la mujer para que contribuya en grado máximo a la perfección y dicha de la Humanidad”. Especializada en pediatría, apenas si tuvo tiempo de ejercer en el Hospital Militar de Reus y el Instituto Pere Matas de Reus ya que a la edad de 31 años, en 1884, moría fruto de las complicaciones del embarazo.

La última de la tríada de las primeras universitarias españolas es Dolors Aleu y Riera, que vivió entre los años 1857 y 1913 en Barcelona, donde sí consiguió, pese a las adversidades de su género, ejercer durante muchos años. Se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona en el año 1874 y finalizó sus estudios en 1879, sin embargo y fruto de nuevo de las dificultades burocráticas que desprendía su condición femenina, no obtuvo el permiso para realizar el examen de licenciatura hasta el 4 de abril del año 1882. Realizado éste el 19 de junio de 1882 y, con calificación de excelente, obtuvo el título de doctorado el 8 de octubre de 1882, tan sólo cuatro días después que Martina Castells i Ballespí. Su tesis doctoral llevó por título “De la necesidad de encaminar por una nueva senda la educación higiénico-moral de la mujer”, presentada en 1883. Especializada en ginecología y pediatría, Dolors ejerció la medicina y abrió una consulta en el número 10 de las Ramblas de Barcelona, consulta que regentó durante más de 25 años. Compaginó su consulta con las labores de profesora de “Higiene doméstica en la Academia para la Ilustración de la Mujer” y con las de escritora de textos sobre maternidad y cuidado infantil en distintas revistas periódicas. Podríamos decir que debió ser de las primeras columnistas de consejos.

 

 

 

Bibliografía

  • AMORÓS, Celia. DE MIGUEL, Ana (eds). Teoría feminista. De la Ilustración a la globalización. Ed. Biblioteca nueva Col. Estudios sobre la mujer. Madrid, 2013.
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  • NASH, Mary. Mujeres en el mundo: Historia, retos y movimientos. Segunda edición ampliada. Ed. Alianza, Madrid, 2012.
  • SISINIO GONZÁLEZ, Juan. Historia del Feminismo. Ed. Los libros de la Catarata. Col. Mayor, Madrid, 2012.
  • VV.AA. Curiosidades de la Historia con el Ministerio del tiempo. Ed. Planeta, Madrid, 2016.
  • VALCÁRCEL, Amelia. La Política de las mujeres. Ed. Cátedra Col. Feminismos, Madrid, 2004.

 

Laia San José

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