La guerra de las estatuas de Roma (s.XVII)

A mediados del siglo XVII se produjo en Roma una sutil guerra entre tres de los grandes poderes del momento: Francia, España y el papado. Pero en vez de espadas y cañones, utilizaron un arma de ostentación y legitimación del poder mucho más discreto y extendido en esas fechas: el arte. Es la llamada guerra de las estatuas[1].

Tres grandes proyectos escultóricos, supervisados directamente por Bernini —aunque sin implicación directa; no en vano era un gran diplomático— y cargados de simbología. Pero los tres fueron un fracaso.

Grabado de Leitch y Challis - La Scala regia con la estatua de Constantino de Bernini.

Inocencio X promovió el levantamiento de una estatua de Constantino en San Pedro del Vaticano, pero fue Alejandro VII quien lo retomó para unirlo a su Scala Regia —que, oculta desde la plaza, uniría la basílica y el palacio apostólico—. Pero este proyecto iba más allá en el terreno simbólico, ya que significaba el ascenso del papa de lo terrenal a lo espiritual y rebatía así las críticas que desde la propia Iglesia lo acusaban de querer convertirse en un príncipe más. Colocando la estatua de Constantino al pie de su proyecto asociaba su imagen a la del primer emperador cristiano. Pero, yendo más allá, también planeó colocar otra estatua de Carlomagno frente a la de Constantino, recordando así a Francia y España que eran vasallos del Roma como lo fue el emperador del Imperio carolingio. Alejandro VII no llegó a ver ninguna de las dos en San Pedro en vida.

Por su parte, Francia quiso levantar una estatua ecuestre de Luis XIV en lo alto de la escalera de la plaza Trinità dei Monti —hoy, la conocida Plaza de España—. La ubicación tampoco era casual, puesto que en dicha plaza se encontraba el convento de San Francisco de Paula, de patronato francés, y la residencia del embajador de España, por lo que ambas potencias se la disputaban. Sin embargo, no se pudo llevar a cabo debido al veto del papa Alejandro VII.

El mismo año que el intento de estatua ecuestre de Luis XIV, en 1659, España inició su propio proyecto escultural. Esperó y aprovechó el mal momento en las relaciones entre Francia y el papado para impulsar el levantamiento de una escultura ecuestre de Felipe IV en Santa María la Mayor. En este caso, la ubicación sería la misma que la de Carlomagno, equiparándose a él pero dando a entender que sólo a él y no a Constantino, pues ese honor pertenecía al papa, haciendo un paralelismo con la ubicación de las estatuas del Vaticano. Esta estatua sí se finalizó, pero tras la muerte de Felipe IV y no en el lugar previsto, por lo que la simbología que pretendía transmitir cayó en saco roto.

Notas

[1] No confundir con la Guerra de las estatuas del siglo IV, también en Roma, que tuvo como protagonista una estatua de la Victoria en el Senado que ofendía a los senadores cristianos en pleno auge del cristianismo en la política del Imperio.

Marta Elías Viana

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