Hildegarda nació en 1098 en Bermersheim, muy cerca de Maguncia en el centro de la actual Alemania. Fue poeta, compositora, naturalista, sanadora, teóloga, consejera e incluso, veterinaria.

Era la décima hija de una familia acomodada, que pronto decidió consagrarla a Dios. Pasó al tutelaje de Jutta de Spanheim, hija del conde Esteban II de Spanheim, señor del padre de Hildegarda. Con Jutta aprendió a leer y escribir, a rezar los salmos, latín y la introdujo en la música donde destacará como una prodigiosa intérprete y compositora.

Escultura de Hildegarda situada en la abadía de Eibingen

Escultura de Hildegarda situada en la abadía de Eibingen.

En 1112, maestra y alumna ingresan en el convento de Disibodenberg, que era un monasterio masculino que habilitó una serie de celdas anexas al monasterio para Hildegarda y Jutta. Poco más tarde se constituiría un monasterio femenino bajo la dirección de ésta última. Con 15 años Hildegarda profesa los votos y toma los hábitos en el mismo convento. La fama que pronto envolvió a Jutta e Hildegarda, provocó que muchos nobles de la región ingresaran a sus hijas bajo la tutela de ambas. Los ingresos que recibían los conventos por las novicias solían ser considerables, por lo que el recién creado convento pronto gozó de gran prosperidad.

En 1136 tras una vida llena de ayunos y penitencias corporales, Jutta muere en loor de santidad. Pese a su juventud, las monjas eligen a Hildegarda como abadesa. En 1141 Hildegarda comienza a escribir la que será su principal obra, Scivias (Scire vias Domini), en la que habla de parte de las visiones que sufría desde pequeña[1]. Comenzó su trabajo con serias dudas, no solo por su capacidad como nos dice ella misma, sino por la opinión de sus compañeros masculinos. Para aliviar sus pesares en este sentido, comenzó una relación epistolar con san Bernardo de Claraval, uno de los grandes doctores de la Iglesia, que le aconsejó y alentó para que siguiera con su labor. Gracias a su intervención parte de Scivias fue presentado al papa Eugenio III durante su estancia en la región en 1147 con motivo del Sínodo de Tréveris. El pontífice designó a una comisión para que estudiara el caso de Hildegarda. Dicha comisión teologal estuvo presidida por el obispo de Verdún, Albero de Cuní que finalmente dictaminó un informe favorable para la obra de Hildegarda. Tanto fue así, que el propio Eugenio III leyó partes de Scivias a los obispos presentes en el sínodo.

Hildegarda intensificó su producción literaria. Su prestigio fue aprovechado por la propia Iglesia para socavar la herejía cátara. Mientras, a su convento llegaban cientos de novicias por lo que pronto fue necesario establecerse de manera independiente, fundando el convento de Rupertsberg, en las inmediaciones de Bingen.

Los monjes del convento Disibodenberg pusieron el grito en el cielo y trataron de impedir el cambio por todos los medios. Junto con las hermanas se iban también buena parte de las rentas que obtenía la abadía. Sin embargo, el tesón y la obstinación de Hildegarda y sus hermanas dieron sus frutos y el propio arzobispo consagró el nuevo edificio en 1150, que seguiría atrayendo numerosas vocaciones, donaciones e ilustres visitas.

Instalada en su nuevo convento siguió compatibilizando la escritura de Scivias con la composición musical. De su pluma salieron multitud de obras de las que hoy conservamos más de setenta antífonas, responsorios e himnos. También Hildegarda se dedicó a la redacción de un libro sobre medicina entre 1151 y 1158, el conocido Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum (Libro sobre las propiedades naturales de las cosas creadas).

Convento de Rupertsberg en un grabado del siglo XVIII. Se trató del primer monasterio autónomo de Europa, pues hasta la fecha de su fundación (1147) siempre habían dependido de uno masculino.

Convento de Rupertsberg en un grabado del siglo XVIII. Se trató del primer monasterio autónomo de Europa, pues hasta la fecha de su fundación (1147) siempre habían dependido de uno masculino.

El ascendente de Hildegarda era tal que a ella acudían tanto hombres comunes como reyes para pedirle consejo. Conservamos una amplísima colección epistolar de la abadesa alemana. Más de cuatrocientas cartas que incluyen a papas como Eugenio III, Anastasio IV, Adriano IV y Alejandro III; a los emperadores Conrado II y su sucesor Federico I Barbarroja; reyes como Enrique II de Inglaterra y su famosa mujer Leonor de Aquitania. Hildegarda se atrevía a reprender duramente, si así lo estimaba oportuno, a muchos de los importantes personajes con quienes se escribía.

Hasta en cuatro ocasiones abandonó Hildegarda las murallas del convento de Rupertsberg para predicar, instruir y atajar los grandes problemas de la Iglesia de la época que eran, fundamentalmente, la corrupción del clero y el avance de la herejía cátara. Viajó entre 1158 y 1171 invitada por los diferentes prelados de las diócesis circundantes. Célebre fue la reprimenda que propinó a los canónigos de la catedral de Colonia. Había sido invitada a predicar contra el avance de los cátaros, pero no dejó escapar la ocasión para recordar que uno de los motivos de este avance era la vida licenciosa y libertina que llevaban algunos de los canónigos. Este episodio nos da muestra de la personalidad de Hildegarda, que después de todo fue la única mujer autorizada por la Iglesia para predicar al clero y al pueblo en templos y plazas.

Como otras mujeres poderosas suscitó muchas envidias y recelos, sobre todo por parte de sus compañeros varones. En 1178 se dio sepultura en el camposanto del convento de Rupertsberg a un noble que tuvo cierto conflicto con la

Una de las obras musicales de santa Hildegarda O vis eternitatis de Symphonia armonie celestium. Presente en el Códice de Wiesbaden.

Una de las obras musicales de santa Hildegarda O vis eternitatis de Symphonia armonie celestium. Presente en el Códice de Wiesbaden.

 Iglesia por lo que fue excomulgado. No quedan claras las razones que llevaron a Hildegarda a permitir dicho sepelio, o si ésta sabía y conocía la situación de dicho noble. Hildegarda se negó a exhumar el cadáver e hizo desaparecer cualquier traza del enterramiento. El cabildo catedralicio de Maguncia aprovechó la ausencia del obispo Christian, bajo cuya protección se encontraba el convento de Hildegarda, para poner en entredicho[2] al monasterio, por lo que además de los actos religiosos se prohibió la música. Hildegarda compuso una misiva hacia los prelados de la catedral de Maguncia, en la que hizo la que quizás haya sido la mayor defensa de la música co

mo instrumento de acercamiento a Dios, ofreciendo además unos argumentos doctrinales que el cabildo no pudo rebatir. A la vuelta del obispo en 1179, se levantó el entredicho y la música y los cantos volvieron a reverberar los muros de su convento.

Pocos meses después de esta última batalla, en septiembre de 1179 Hildegarda muere con 81 años. Desde entonces se propagó el culto y adoración a Hildegarda, y durante años se le atribuyeron milagros y curas prodigiosas. En mayo de 2012 el papa emérito Benedicto XVI la nombró oficialmente santa y Doctora de la Iglesia.

Al margen de su veneración como mujer santa por parte de católicos y anglicanos, Hildegarda fue una de las figuras más brillantes de todo el medievo. Hoy en Alemania se la considera una de las más grandes heroínas de la nación, donde es admirada por su vida dedicada a la cultura y al estudio.

 

[1] Muchos autores actuales, analizando las descripciones que hacía la santa sobre sus visiones y de los estados físicos que las precedían, han concluido que bien pudieran ser el fruto de una severa migraña.

[2] Es decir, se prohibió a los fieles la asistencia a los oficios divinos, la recepción de algunos sacramentos y la sepultura cristiana.

Luis Miguel Fernández-Montes y Corrales

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