La cabeza perdida de Enrique IV de Francia

Enrique IV de Francia y III de Navarra (llamado El Grande) fue rey de Francia entre 1589 y 1610.

Su reinado fue muy convulso pues se vio metido de lleno en  las Guerras de Religión que asolaban Francia durante esa época.

Famoso por la atribución de la frase "París bien vale una misa", fue muy querido por su pueblo, aunque también contaba con muchos detractores. De hecho, murió asesinado por dos puñaladas de uno de ellos en 1610.

Fue enterrado (previamente momificado) en la Basílica de Sant Denís con sus antepasados. Pero no descansaría en paz ...

Durante la Revolución francesa, el cuerpo de Enrique IV fue profanado y decapitado perdiéndose su cabeza. Los revolucionarios se apoderarían de varios cadáveres reales, decapitándolos y enterrándolos en una fosa común.

En 1817, cuando volvió la monarquía a Francia, Luis XVIII ordenaría la vuelta de todos los restos a su lugar de origen ,pero la cabeza de Enrique IV brillaba por su ausencia.

No se supo nada hasta que en 1919 un anticuario compró un cráneo asegurando que era la cabeza perdida del rey. Nunca lo pudo demostrar. Se la vendió antes de su muerte en 1946 a una pareja amante de la historia para que prosiguieran con esa investigación.

En 2008 un jubilado aseguró tener en su casa esa cabeza, comprada muchos años atrás a la pareja; ciertamente los rasgos que conservaba y los rastros de algunas heridas coincidían con los del monarca.

Tras exhaustivos estudios por un equipo de científicos -incluida una comparación genética con la sangre de Luis XIV-  se autentificó: el cráneo pertenecía a Enrique IV, lográndose además una reconstrucción facial con las técnicas más avanzadas.

cabeza Enrique IV Francia

Como heredero directo (según los legitimistas), el cráneo fue entregado a Luis Alfonso de Borbón Martinez – Bordiu, que lo conserva ahora en su casa a la espera de poder volver a enterrarlo en la Basílica de donde un día fue arrancado.

Este hallazgo, sin embargo, cuenta con muchos detractores que afirman que no puede asegurarse con tal fiabilidad, pues los restos de ADN con los que se les ha comparado son demasiado antiguos como para dar datos precisos.

Marta Sixto

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