La escalera inamovible, el símbolo de las diferencias del cristianismo

En la fachada de la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, sobre el alfeizar de una ventana, hay un elemento llamativo que puede parecer normal a un visitante ocasional, pero no tanto si se dice que lleva ahí al menos desde 1757: una escalera de mano de madera de cedro. La pregunta más importante después de casi tres siglos ya no es qué hace allí, si no por qué no la han quitado.

Jerusalén es sagrada para las tres grandes religiones monoteístas; judaísmo, cristianismo e islam. No solo se reparten entre ellas los centros de culto, sino que muchas veces han de compartirlos entre distintas confesiones —a veces muy opuestas— dentro de la misma religión. Esto significa poner de acuerdo a mucha gente con ideas muy distintas y suele ser bastante conflictivo.

El lugar que nos ocupa en concreto, la Iglesia del Santo Sepulcro, se ubica en el Monte Gólgota, en el que según la Biblia es el sitio exacto de la crucifixión, sepultura y resurrección de Cristo. Constantino la mandó edificar en el año 326, remplazando al Templo de Venus que había construido Adriano en ese mismo lugar en el 135. En la actualidad, los grupos que la controlan y que han de ponerse de acuerdo para cualquier decisión que afecte a la Iglesia son seis, entre los que destacan los católicos, los católicos ortodoxos y los ortodoxos armenios.

Fotografía de 1885. La escalera llevaba ya siglo y medio ahí para entonces.

¿Y qué culpa tiene la escalera de eso? Pues que no está muy quién la puso la escalera ahí, ni a quién corresponde quitarla. Se sabe seguro que la escalera lleva ahí desde 1757 por la mención a ésta en un edicto del sultán otomano Abdul Hamid. Hay dudas sobre si aparece o no en un grabado anterior, de 1723. Se cree que se la olvidó un albañil del siglo XVIII en alguna restauración, pero tampoco está muy claro. La cornisa en la que se apoya pertenece a los griegos, pero la ventana contra la que reposa el otro extremo es de los armenios.

Si un grupo decide tocar algo que no es suyo, da pie a un conflicto con los otros. Y si creéis que no es para tanto, basta recordar el escándalo que protagonizaron en 2008 precisamente los griegos y armenios. El motivo: los griegos exigían su presencia en una zona común en la que los armenios iba a celebrar una procesión. Los armenios se negaron, por lo que los griegos bloquearon la procesión y se liaron a puñetazos hasta el punto en que la policía israelí tuvo que intervenir y se llevó detenido a un monje de cada. Lo único que permite esta frágil convivencia es un Status Quo firmado en 1852 y, como veis, con unos límites frágiles y poco definidos.

Pero de quién es la cornisa, la ventana o la escalera tampoco importa ya, puesto que el Papa Pablo VI visitó Jerusalén en 1964 y quiso ver en el asunto un reflejo de la división interna del cristianismo. Como la Iglesia Católica Romana tiene poder de veto, decretó que no se moviese hasta que esas diferencias se solucionasen. Y no ha sido el caso.

Pero en este tiempo, la “escalera inamovible” —como la llaman— ha vivido sus aventurillas. Intentaron robarla en 1981, aunque la policía detuvo enseguida al ladrón. En 1997 volvió a suceder y esta vez sí estuvo escondida varias semanas antes de ser descubierta y devuelta a su sitio. Y no solo por robos; también las obras han forzado a moverla brevemente para colocar andamios, como pasó en 2009. Pero, al acabar, hay que volver a dejarla en su sitio, y ahí seguirá hasta quién sabe cuándo.

Marta Elías Viana

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