Los resurreccionistas: ladrones de cuerpos en los S.XVIII y XIX

La cápsula de esta semana nos traslada a las islas británicas en el S.XVIII, principios del S.XIX. Con urbes modernas y cosmopolitas durante el día, al caer la noche el panorama cambia. La ciudad se vuelve poco segura y las calles peligrosas. Aparecen los ladrones, pero no ladrones de objetos: ladrones de cuerpos expertos en profanar tumbas.
Pero ¿A qué se debe este interés por los cuerpos humanos?
La explicación es sencilla: en el S.XVIII  Inglaterra era la cuna de la medicina contando con más de un centenar de facultades. Siendo aún una ciencia medianamente desconocida, las universidades necesitaban cadáveres para poder experimentar y aprender todo tipo de técnicas. Aunque algunos cadáveres de indigentes o presos fallecidos se donaban para tales fines, pronto se hicieron insuficientes. Cada alumno de la facultad de medicina tenía que diseccionar tres cadáveres para poder aprobar, y previamente, haber practicado en unos cuantos para que les saliese impecable la prueba.
A raíz de esta situación surgen auténticos expertos en robos de cadáveres en cementerios y asesinos que mataban solo para poder vender los cuerpos a los médicos (o futuros médicos) en el mercado negro. Fueron llamados los “resurreccionistas”.

Ilustración de Rosa Alonso realizada para Historia 2.0 © ROSA ALONSO. Todos los derechos reservados /All rights reserved. PROHIBIDA su utilización.

Debido a las epidemias, la muerte estaba a la orden del día en la Europa del S.XVIII y los cementerios rebosaban de cadáveres. Los primeros robos fueron, por supuesto, en dichos lugares.
Se daban varios factores favorables. Cómo hemos dicho, la abundancia de cuerpos enterrados. Por otra parte la circunstancia de que debido a no tener muchas veces una ciencia cierta de que la persona había fallecido (no contaban con las técnicas actuales), se les enterraba con un fina capa de tierra para que, en caso de no estar muertos, pudiesen salir a la superficie. Existen casos documentados de este tipo de hechos como el acaecido por John Macintire en Edimburgo en 1824. Fue enterrado vivo mientras permanecía en trance y él mismo describió todo lo que le había pasado desde que fue dado por muerto: su propio entierro, el robo de su cuerpo y cómo se despertó en un aula de medicina en el momento en que le clavaron el primer cuchillo para diseccionarlo.
Los ladrones lo tenían fácil, acudían a los camposantos de noche y tras quitar la fina capa de tierra, se ayudaban de una pala de madera para abrir la tapa, ataban una cuerda al cadáver y tiraban despacio deslizándolo hacia ellos. Otro método era el de hacer un túnel a unos metros para llegar a la tumba sin ser vistos. Su código interno les impedía robarle los objetos personales. El precio por cuerpo ascendía a unas 7 libras de la época.
El gobierno hacía la vista gorda, porque era un tema que parecía no preocuparle lo más mínimo, se veía como un delito menor penado con una multa o algunos días en el calabozo. Sin embargo estos robos crearon malestar entre los familiares que muchas veces velaban los cuerpos durante unos días, o contrataban vigilantes para que no sucedieran estos profanamientos. También llegaron a colocar pistolas de resorte pero los ladrones también contaban con sus trucos para deshacerse de esto contratando por ejemplo a mujeres que se acercaban por las noches a los cementerios como auténticas plañideras y desarticulaban los dispositivos dejando así allanado el terreno para los delincuentes.

De cómo los cementerios se “fortificaron” a raíz de los robos hablaremos un poco más adelante.

Al surgir la vigilancia y la nueva manera de asegurar tumbas y cementerios, se consiguió  poco a poco que el robo de cadáveres se hiciese más difícil y surgiese algo peor: asesinos a sueldo que mataban a indigentes o prostitutas para vender los cuerpos posteriormente. Se convirtieron en auténticos expertos y contaban con técnicas para matar a la gente sin dejar apenas rastro. La muerte era por asfixia y se requería la ayuda de dos personas: mientras una sujetaba el cuerpo para que no se moviese, otro metía los dedos índice y corazón en la nariz mientras que con el pulgar sujetaba la barbilla para que no pudiese abrir la boca impidiendo la respiración, con lo que la muerte era rápida, indolora y apenas dañaba los órganos. Se podía también ejercer una presión en el pecho de una determinada manera que también producía el mismo efecto.
Los cadáveres se pagaban cada vez mejor en el mercado negro. Se valoraban más los del género masculino (para poder estudiar la musculatura) y los que tenían anomalías y deformidades para investigar sobre las mismas. Pero además un cadáver se podía vender “por piezas”, por ejemplo el pelo, o los dientes para hacer una suerte de dentaduras postizas. Algunos médicos tenían incluso resurreccionistas de confianza a los que aparte de los cadáveres, se hacían cargo de los costos de la cárcel y de la manutención de la familia si es que ingresaban en ella al ser descubiertos.

De entre los asesinos que se dedicaban a estas labores han pasado a la historia William Burke y William Hare, vecinos de Edimburgo. Perfeccionaron el método de asesinato relatado más arriba por lo que este se pasó a llamar “método Burke o Burking”. Acabaron con la vida de 16 personas (que se sepa) para vendérselas al Dr. Robert Knox, profesor de la Universidad. Por una serie de hechos fueron detenidos no teniendo las autoridades pruebas suficientes para condenarlos, sobornando entonces a Hare para que delatase a su amigo, como así ocurrió con la consecuencia de que fue condenado a la horca, algo muy celebrado por el pueblo. Su cadáver fue diseccionado y algunas partes están conservadas en el Museo de la Universidad de Edimburgo. También su máscara mortuoria.

Cementerios blindados

Como hemos comentado anteriormente el constante y cada vez más frecuente robo de cuerpos hizo que los familiares ideasen todo tipo de artilugios para evitar que los cuerpos de quienes enterraban fuesen profanados.
El más popular fue el denominado “mortsafe”, se trataba de una estructura de hierro que se disponía encima de la tumba como si fuese una jaula, lo que imposibilitaba el acceso de los resurreccionistas a la fosa. Todavía se pueden ver hoy en algunos cementerios de Edimburgo.

También se patentaron toda clase de ataúdes con resortes mecánicos y candados que resultaba complicados, si no imposibles de abrir por los ladrones de tumbas. Estos incluso se anunciaban en el periódico.
En algunos cementerios se construyeron casas para que los cuerpos se pudriesen en ellas hasta poder ser trasladados a una tumba dónde descansarían en paz una vez que no quedaba apenas nada de ellos. Como anécdota contar que la desesperación era tal, que en una ocasión un padre que enterraba a su hijo preparó la tumba con explosivos de manera que quien la tocase saldría volando por los aires. Pero además de todas estas medidas de prevención en algunos cementerios existían auténticos búnkeres destinados a las tumbas de los más adinerados con un sistema de seguridad y vigilancia excepcional para la época. Es el caso del West Norwood Cemetery de Londres el más caro de la época. En el subsuelo del mismo se disponía una auténtica fortaleza. Solo se podía acceder a él atravesando diferentes puertas de hierro guardadas bajo llave, el lugar era un especie de red de catacumbas. Para bajar el ataúd con el cadáver se usaba un gato hidráulico y luego se disponía en alguno de los nichos habilitados para ello. Además de este sistema de seguridad la mayoría de los ataúdes eran de hierro, de madera forrada con plomo, o estaba protegidos por un enrejado. También existían pequeños panteones de las familias más adineradas. Había espacio para 3000 difuntos, pero solo se han encontrado restos de 972. Se encontraba a 4 metros y medio bajo tierra.

Otro caso popular es el de Cementerio del Royal Hospital en Londres. Estaba abandonado y en 2006 se hallaron 276 cadáveres, ataúdes de la época y libros de anatomía entre otros objetos.
En 1832 se promulga la Ley de Anatomía que daba acceso a los médicos a cualquier cadáver que no se reclamase (por ejemplo los de los asilos dónde podían morir unas 3000 personas al año), lo que aumentó el número de cuerpos para la ciencia y en consecuencia la disminución poco a poco del robo de los mismos.

 

Bibliografía:

-BLAKE BAILEY, B.A, James. The diary of a Resurreccionist. 1811-1812. London. SWAN SONNENSCHEIN & CO.1896

-Ben Johnson. The Story of Burke and Hare. En [blog] Recuperado en  [www.historic-uk.com] [Fecha de consulta: febrero 2018]

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Sixto Castro, Marta:  Historia 2.0 [Blog]. Recuperado en  [Consulta: fecha en que hayas accedido a esta entrada]

Marta Sixto

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