Olimpia de Gouges y la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana

 

Pese a que así ha pasado a la historia, Olimpia de Gouges no se llamaba como tal, sino que fue el seudónimo que escogió la escritora, dramaturga, panfletistas, filósofa y política francesa Marie Gouze.

Hija de una familia francesa burguesa de Montauban, nació en 1748. Se casó (o la casaron) muy joven (en 1765) con un hombre mayor, así que se quedó viuda también muy joven. El matrimonio no fue una gran experiencia para ella y terminó por definirlo como «la tumba de la desconfianza y el amor», por lo que rehusó volver a casarse y a principios de 1770 se trasladó a vivir a París, donde educó a su único hijo y comenzó su carrera.

Su condición burguesa de economía desenfadada (vamos, que no necesitaba trabajar para subsistir) le permitió frecuentar los conocidísimos salones literarios parisinos del momento y codearse con la élite  intelectual del siglo de Siglo de Oro francés. Apadrinada por el poeta Jean-Jaques Lefranc de Pompignan empezó a escribir bajo el seudónimo de Marie-Olympe. Poco después añadiría el de Gouges para, finalmente, quedarse solo con Olympe de Gouges.

Inició su carrera montando una compañía de teatro y escribiendo obras que se representaban por todo París y posteriormente por toda Francia. La más conocida de ellas, de 1785, fue L’esclavange des noirs (La esclavitud de los negros). Sin embargo, el título debía ser muy escandaloso para la época en pleno debate abolicionista, así que tuvo que inscribirla en el registro como Zamore et Mirza, ou l’heureux naufrage (Zamore y Mirza, o el feliz naufragio). ¿Cuál era el problema? Los actores que representaban las obras de Olimpia pertenecían a la Comédie Franáise y esta, a su vez, estaba financiada por la Corte de Versalles. Una corte llena de familias que se habían enriquecido con la trata de esclavos. Por si esto fuera poco, el cincuenta por ciento del comercio exterior francés por aquel entonces dependía del comercio con las colonias de ultramar. De Gouges había tocado la fibra sensible de muchos. Así que fue encarcelada la Bastilla. Por suerte, era una mujer de recursos y de amigos que interpelaron a su favor consiguiendo su liberación.

Con la Revolución Francesa las ideas de Olimpia encontraron mejor acogida y se declaró ferviente activista en favor del abolicionismo. Pero su ideario no terminaba aquí, sino que era mucho más amplio:

  • Pidió un amplio programa de reformas sociales como la creación de talleres nacionales para aquellas personas que no tenían trabajo, hogares para mendigos y protección de la infancia y de los desfavorecidos con sistemas de protección materno-infantil.
  • Defendió la separación de poderes dentro del Estado.
  • Tras apoyar brevemente la causa monárquica, se decantó por la República y tomó partido por el bando girondino (lo que a la postre la llevaría al cadalso).
  • Criticó duramente la política dictatorial de Robespierre y Marat.
  • Denunció la creación del Comité de Salvación Pública.
  • Defendió fuertemente un primer ideario que podríamos considerar como las primeras bases del feminismo moderno. Ahora las veremos.

El pensamiento de Olimpia de Gouges debe enmarcarse históricamente dentro de lo que se conoce como la primera ola del feminismo: el feminismo ilustrado, que comprende desde la Revolucón Francesa hasta mediados del siglo XIX. Aunque tal vez todavía no pueda hablarse de un movimiento feminista organizado, sino de algo más bien de carácter individual o aislado, lo cierto es que, especialmente en Francia y en Inglaterra, entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX se comenzó a gestar la idea de que las mujeres no estaban reconocidas como merecían en muchos aspectos.

Hasta entonces todos los discursos que favorecían la opresión y el dominio de las mujeres se centraban en aspectos biológicos que ahondaban en la inferioridad natural de las mujeres frente a los hombres. Durante este periodo muchas mujeres, y algún que otro autor y pensador, comenzaron a defender la teoría de que la condición de inferioridad de las mujeres no era una cuestión natural sino que era producto de un deficiente y limitado acceso a la educación. Era una construcción social. Una consecuencia. No una causa. Comenzaron a reclamar igualdad de oportunidades y a movilizarse. Emprendieron debates en torno al acceso de las mujeres a la educación a la ciudadanía. En realidad, reclamaban para sí mismas lo que muchos hombres reclamaban para ellos dentro de la Ilustración y la Revolución Francesa.

Una de estas mujeres, como hemos visto, fue Olimpia de Gouges. Defendía de forma vehemente la igualdad entre hombres y mujeres en todos los aspectos de la vida pública y privada: educación, derecho a voto, acceso al trabajo, derecho a la posesión de bienes y propiedades, a formar parte del ejército, a la igualdad fiscal y eclesiástica. En el plano familia solicitaba igualdad de poder, pidió el reconocimiento paterno de los niños nacidos fuera del matrimonio y atacó duramente a este último, como ya hemos visto. Planteó la supresión del matrimonio, la instauración del derecho al divorcio y la idea de una especie de contrato anual renovable entre los esposos.

Así, durante la Revolución Francesa las mujeres lucharon hombro con hombro con los hombres revolucionarios por las máximas que se entonaron aquellos días: «Libertad, igualdad, fraternidad». Participaron en los discursos políticos, en los clubes republicanos, en la macha a Versailles para apresar a la monarquía y en la toma de la Bastilla. No obstante, cuando se produjo la convocatoria de estados generales por parte del rey Luis XIV y los tres estados –nobleza, clero y pueblo– se reunieron a redactar sus quejas para presentarlas al rey las mujeres quedaron excluidas. Decidieron redactar sus propios chaiers de doléances y con ellos las mujeres se autodenominaron el tercer estado del tercer estado. Mostraban, probablemente por primera vez, su conciencia de colectivo oprimido y del carácter interestamental de su opresión.

La cosa no terminó de cuajar y autores liberales como Jean-Jaques Rousseau acabaron por arrinconar a las mujeres dentro del nuevo estado liberal desde una perspectiva de doble rasero muy interesante de analizar. Y es que al tiempo en que se erigió el defensor más radical de la igualdad política y económica también se convirtió en el teórico de la feminidad, siendo uno de los pilares teóricos en la construcción de lo femenino. Volviendo a los discursos biológicos asignó a las mujeres la tarea natural de esposa y madre y un espacio natural adecuado, el doméstico. Rousseau creía firmemente que la especie humana estaba dividida en dos sexos, por lo que la sociedad también debía estarlo: el espacio público para los hombres y el privado o doméstico para las mujeres.

No obstante, Rousseau y los que pensaban como él tuvieron que hacer frente a algunas voces discordantes que sí defendieron los derechos de las mujeres: como D’Alembert, Madame de Lambert, Théroigne de Méricourt, John Stuart Mill o Nicolás Condorcet, padre el laicismo en la enseñanza. Escribió en 1790 el ensayo «Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de la ciudad». En su «Carta de un burgués de Newhaven a un ciudadano de Virginia» (1787) escribió:

«Los hechos han probado que los hombres tenían o creían tener intereses muy diferentes de los de las mujeres, puesto que en todas partes han hecho contra ellas leyes opresivas o, al menos, establecido entre los dos sexos una gran desigualdad»

Dio igual; en 1789 se promulgó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y fue eso, del hombre. No del hombre como ente genérico y neutro, no. Del hombre como varón. No de la mujer. Ni de la ciudadana. Como respuesta, Olimpia de Gouges escribió y publicó en 1791 la Declaración de Derechos de la Mujer y la Ciudadana. La Revolución Francesa no tuvo pudor alguno en pregonar a los cuatro vientos la igualdad universal y a la vez dejar sin derechos civiles y políticos a todas las mujeres.

Por sus ideales (no solo feministas, sino políticos en general), en 1793 fue guillotinada; una triste ironía ya que una de las cosas que defendió con ahínco fue que si la mujer podía  subir al cadalso, también se le debería reconocer el derecho de poder subir a la Tribuna. En algo sí estuvieron todos de acuerdo.

Biliografía

  • AMORÓS, Celia. DE MIGUEL, Ana (eds). Teoría feminista. De la Ilustración a la globalización. Ed. Biblioteca nueva Col. Estudios sobre la mujer. Madrid, 2013.
  • BELTRÁN, Elena. MAQUIEIRA, Virgina (eds). Feminismos. Debates teóricos contemporáneos. Ed. Alianza, Madrid, 2008.
  • NASH, Mary. Mujeres en el mundo: Historia, retos y movimientos. Segunda edición ampliada. Ed. Alianza, Madrid, 2012.
  • SISINIO GONZÁLEZ, Juan. Historia del Feminismo. Ed. Los libros de la Catarata. Col. Mayor, Madrid, 2012.
  • VALCÁRCEL, Amelia. La Política de las mujeres. Ed. Cátedra Col. Feminismos, Madrid, 2004.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Laia San José

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