Peste Negra: Causa y síntomas de la epidemia de peste del siglo XIV

Por Irene Lázaro Romero

El término “peste negra” no comenzó a utilizarse hasta después de la Edad Media. Contrariamente a la creencia popular, su nombre no tiene nada que ver con los síntomas de la enfermedad. Tampoco proviene del cometa negro que supuestamente se vislumbró antes de la llegada de la epidemia, como se creía. Ni siquiera le vino dado por la cantidad de personas que estuvieron de luto al haber perdido familiares por causa de la peste. Lo más probable es que la expresión provenga de una traducción errónea de la expresión latina atra mors al inglés o escandinavo, dónde atra significa terrible, aunque también negro. En los documentos medievales se prefieren términos como mortandad, pestilencia o eufemismos como morbo epidémico que se empleaban para tratar de impedir que cundiese el pánico por la sola mención de su nombre. La expresión de “peste negra” no empezó a emplearse hasta el siglo XVIII, popularizándose en el XIX.

Por pestilencia se entendía cualquier mal de carácter epidémico, generalmente causante de una alta tasa de mortalidad, que se extendía rápidamente entre la población. De este modo, enfermedades como la escarlatina también recibían este apelativo. Con “peste negra” se designa actualmente a la denominada peste bubónica, causada por el bacilo Yersinia pestis, propio de la rata común. Se refiere exclusivamente a las oleadas de peste bubónica que arrasaron Europa en el siglo XIV, a pesar de que esta epidemia se repitió periódicamente a lo largo de los siglos, rebrotando en algunos países tercermundistas en el siglo XX.

Los síntomas de esta enfermedad son muy característicos, lo que la hace inconfundible en las descripciones de los cronistas y nos permite diferenciarla claramente de otras epidemias medievales. El síntoma más significativo es la aparición de unas inflamaciones, llamadas bubones o bubas, sobre todo en los nódulos linfáticos: ingles, axilas y cuello; siendo los bubones de ingle los más habituales. Bocaccio en el Decamerón los describe de la siguiente manera:

...en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo.

Estos bubones se llenaban de sangre que se iba pudriendo y convirtiendo en pus. Es precisamente por esta sintomatología tan peculiar por lo que se denomina a la epidemia como peste bubónica. También era habitual la aparición de pequeñas manchas negras o moradas, producidas por hemorragias subcutáneas, según la descripción del Decamerón eran:

...manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras, a otros menudas y abundantes.

Los primeros síntomas de la peste se manifestaban en forma de fiebres, náuseas y diarreas que llevaban a la deshidratación. Otros síntomas contemplaban la pérdida del control motor, la incontinencia y el delirio. La intoxicación del sistema nervioso era otra consecuencia de la peste que aparece descrita en las crónicas. Hacía que algunos de los enfermos tuvieran comportamientos extravagantes, llegando en algunos casos a presentar tendencias psicóticas o suicidas Pronto aparecían los primeros bubones. En la Edad Media, sin la existencia de vacunas o antibióticos, la curación era prácticamente imposible. Existen casos documentados de personas infectadas de peste que lograron sobrevivir a la epidemia: en las investigaciones de la peste de principios del siglo XX se descubrió que entre un diez y un cuarenta por ciento de los enfermos se recuperan incluso sin intervención médica. El resto, fallecía con grandes dolores y entre delirios febriles. Desde los primeros síntomas hasta la muerte solían trascurrir entre cinco y siete días. Parece ser que la tasa de mortalidad entre las mujeres era más alta que la de los hombres, quizá en relación con su vida en un ambiente muy doméstico y su exposición constante a las pulgas y las ratas domésticas.

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Miniatura que muestra a monjes con una enfermedad cutánea, probablemente viruela. Royal 6.E.vi, f. 301 detail

Existía otra variedad de la peste negra denominada peste neumónica, que afectaba a los pulmones. En este caso, el enfermo moría más rápidamente, en el transcurso de dos o tres días. Prácticamente la totalidad de los afectados por esta variedad de la peste fallecen irremediablemente.  Michele da Piazza escribe sobre esta afección:

Así la peste infectaba y penetraba en el cuerpo de manera que sus víctimas escupían violentamente sangre y esta tos de esputo sangriento continuaba incesantemente durante tres días hasta que expiraban.

La peste neumónica es más virulenta y su contagio era mucho más rápido, no necesitaba de la presencia de una pulga, sino que se transmitía a través de los esputos sangrientos infectados con el bacilo, y el propio aire exhalado.

La última variedad de la peste es la denominada septicémica, que atacaba directamente el caudal sanguíneo y era tan letal como la anterior. La víctima fallecía en dos días, mucho antes de que los bubones tuvieran tiempo de formarse. Era frecuente que las víctimas de septicemia presentasen hemorragias y manchas en distintas zonas de su cuerpo. La concentración del bacilo en sangre en este tipo de patología era increíblemente densa.  Esta variante debió ser la menos habitual de las tres, pero sin duda era conocida ya conservamos fuentes primarias que la describen. La peste de tipo neumónico o septicémico se describe en los documentos de la época con gran perplejidad, puesto que las personas podían estar sanas por la mañana y enfermar a la caída de la noche para fallecer antes del nuevo día. Aterrorizaban a la sociedad bajomedieval ya que no permitían una preparación del alma antes de la muerte.

La mortalidad causada por la peste era extraordinaria. Los principales especialistas no consiguen ponerse de acuerdo con respecto al porcentaje de fallecimientos en Europa, parece seguro establecer la cifra de muertes entre uno y dos tercios de la población, habiendo países con una tasa de mortalidad mucho más elevada, especialmente los reinos mediterráneos y otros con menor número de víctimas, especialmente las regiones más frías como Austria o Escandinavia. Estas zonas de bajas temperaturas, no se libraron del azote de la peste puesto que la pulga también puede sobrevivir en los hogares o entre las pieles.

El desarrollo de la investigación en relación con esta enfermedad permitió conocer las causas y la propagación de la enfermedad a partir del siglo XIX y hasta finales del XX. En la actualidad el misterio de la peste, que lleva atemorizando al ser humano desde la Antigüedad ha sido desvelado casi por completo. La peste bubónica no es sino una enfermedad de la rata común de carácter virulento, causante de epizootia (epidemia entre animales) en las ratas. Se descubrió esto al comprobar que la concentración del bacilo en la sangre (bacteremia) de los roedores era mucho mayor que en la sangre de los humanos.  La pulga de la rata común (Xenopsylla cheopis) es la que se encarga de propagar la epidemia entre las ratas, ya que no se encontró rastro alguno del bacilo en la pulga humana (Pulex irritans). La pulga de la rata es un huésped muy fiel, prefiere habitar en la piel de la rata antes que en la de cualquier otro ser vivo. Por ello, cuando la epizootia está muy desarrollada y un gran número de roedores han muerto de peste bubónica, en los últimos especímenes vivos se encuentran más de cien pulgas, en lugar de las siete que suelen habitar en ellas de media.  Es en estos casos en que la pulga pasa a buscar un nuevo anfitrión, alojándose en otros animales y seres humanos. Las crónicas nos describen cómo la peste afectaba también a otros animales.

La rata común es una rata doméstica y el grano es su alimento predilecto, por lo que suele vivir siempre asociada a hogares y graneros. Esto podría explicar por qué la peste afectó en la misma medida las zonas rurales que las grandes metrópolis de la Edad Media. Cada casa, ya fuera en el ámbito rural o en la ciudad, contaba por lo general, con una colonia de ratas conviviendo con los seres humanos.  Esta circunstancia se veía agravada por el sacrificio de gatos que se llevaba a cabo desde el siglo anterior, a instancias del Papa Inocencio III. Se creía que estos animales eran encarnación del demonio y la Iglesia tenía el poder de exterminarlos. Careciendo de depredadores naturales, las ratas campaban a sus anchas por casas, granjas y calles.

El bacilo de la peste no afecta a la pulga, que no puede sufrir la peste, pero sí obstruye una válvula que se localiza en su sistema digestivo. Por esto, la pulga se ve obligada a regurgitar la sangre infectada de la rata en la picadura que hace al hombre.  Es en esta circunstancia en la que se da el contagio. La propagación se ve facilitada, además, por el hecho de que la pulga de la rata, a diferencia de otros parásitos que moran en el nido de su huésped, habita en la piel del animal. Las pulgas de la piel están acostumbradas a viajar entre el pelaje y se aferran con facilidad al cabello humano y los tejidos de su vestimenta.  Otro factor crucial que facilitó el contagio por mar fue la capacidad que tiene esta pulga de alimentarse de grano mientras espera en un estado de latencia a un nuevo huésped que parasitar. De este modo puede recorrer grandes distancias escondida entre el grano antes de asentarse en un nuevo cuerpo.

Los ambientes óptimos para la supervivencia de la pulga de la rata son aquellos húmedos y cálidos, es por eso que la enfermedad no se propagó con tanta fuerza en regiones secas como Castilla o frías como los países nórdicos. La zona del Mediterráneo, por tanto, era muy apta para su propagación. Por este motivo, la peste lleva asociada una estacionalidad, ya que su mayor mortalidad se produce en los meses de verano y primavera mientras que se mantiene latente a partir del otoño, aunque no es así en todos los países.

Las ratas devoran a un difunto. "Le miroir historial", siglo XV (Museo Condé, Chantilly).

Es cierto que debía haber una abundancia de ratas muertas en las casas y calles y algunos autores parecen intuir la causa real de la epidemia de peste, como es el caso de Giovanni Villani en su Crónica fundamental para el estudio de la epidemia:

...llovió una inmensa cantidad de alimañas, algunas tan grandes como ocho manos, todas negras y con cola, algunas vivas y otras muertas.

No obstante, otros animales también padecían la enfermedad, por lo cual los roedores no debían llamar tanto la atención del hombre como el sufrimiento y la mortalidad del ganado o los animales domésticos.

Conociendo todas las particularidades que favorecieron la aparición de la peste y su propagación, no es de extrañar que la sociedad medieval no llegase a atisbar una causa científica para este fenómeno y lo achacase a la ira de Dios, los astros, los vapores nocivos entre otras causas.


Bibliografía

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ZIEGLER, Philip: The Black Death. Londres, Penguin History, 1998.


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Lázaro Romero, Irene: Peste Negra: Causa y síntomas de la epidemia de peste del siglo XIV en: Artículo del colaborador (3 de mayo de 2018). Historia 2.0. [Blog]. Recuperado en: https://historiadospuntocero.com/peste-negra/ [Consulta: fecha en que hayas accedido a esta entrada]


Sobre la autora del artículo:

Irene LázaroIrene Lázaro Romero es licenciada en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Métodos y Técnicas de Investigación por la UNED. Ha participado como ponente en las Jornadas de la Genialidad del Artista desde la Discapacidad y la Privación de la Libertad, organizadas por el consorcio MUSACCES y en el I Encuentro de Jóvenes Investigadores de Ciencias de las Religiones, organizado por AJICR, asociación de investigadores de la que es miembro. Su primer artículo académico se publicó en el número de marzo de la Revista Eviterna de la Universidad de Málaga.

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