Prípiat: la ciudad parada en el tiempo

La ciudad de Prípiat (Ucrania) fue fundada el 4 de febrero de 1970 para alojar a las familias de los trabajadores de la cercana central nuclear de Chernóbil, que empezaría a funcionar ese mismo año. Para 1986 la ciudad estaba llena de vida, con una población muy joven que había crecido hasta llegar a los casi 50.000 habitantes. Fue entonces cuando se produjo el accidente en la central...

En la madrugada del 26 de abril de 1986, una prueba rutinaria en el reactor 4 acabó provocando una explosión en la planta y la consiguiente emisión de una nube tóxica. Aunque los bomberos consiguieron apagar el fuego, pronto se hizo evidente la gravedad del asunto y pasadas 36 horas del accidente se procedió a la evacuación de un radio de 10 km alrededor de la central, lo que incluía a la población de Prípiat. En principio esta evacuación sólo sería temporal, tres días según las autoridades. Pero los habitantes de Prípiat jamás pudieron volver a sus casas.

 

Desde entonces la ciudad ha quedado parada en el tiempo. Símbolos comunistas de un pasado ya lejano conviven con una renovada naturaleza que ha ganado terreno al cemento y el ladrillo. A pesar de seguir siendo un lugar peligroso debido a los altos niveles de radiactividad, un buen número de “turistas” visitan Prípiat atraídos por la experiencia de entrar en una ciudad fantasma. Eso sí, sólo de día. Los animales de la zona murieron por los efectos de la radiación o fueron sacrificados para evitar la propagación de esta, pero una nueva colonia de animales salvajes ha tomado la antigua ciudad como propia, especialmente de noche.

De entre todas las instalaciones abandonadas, quizás el lugar más famoso sea el parque de atracciones. Programado para ser inaugurado el 1 de mayo de 1986 (coincidiendo con la fiesta nacional de la Unión Soviética), el parque nunca llegó a abrirse al público. Su noria es, hoy día, el elemento más fotografiado de la ciudad.

Igualmente son habituales las visitas a los edificios públicos, todos ellos sin cristales ya que se quitaron en su momento para evitar que la radiación siguiese latente en su interior. Entre los más conocidos destacan el Palacio de Cultura, las escuelas o la piscina municipal. También el Hotel Polissya se antoja una visita imprescindible. Eso sí, siempre con botas, mascarilla y un contador Geiger en la mano.

 

 

Alfonso Cuesta

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