Vespasiano destruye el Templo de Jerusalén: el origen de la Diáspora Judía. Por Pascual Gil Gutiérrez

Corría el año 63 antes de nuestra era y el famoso general y político romano, Pompeyo el Grande, recorría el mundo al mando de sus legiones ensanchando las fronteras de una aún República Romana que pasaba el rodillo por Europa en plena expansión militar. Precisamente este fue el año en el que Pompeyo puso su objetivo en el Este, en Asia, y sin contemplaciones sometió a los débiles territorios de Fenicia y Judea. Comienza en este momento la turbulenta y conflictiva historia de Jerusalén (capital de Judea) bajo el mando romano, un dominio que varió a lo largo del tiempo: desde la imposición de reyes locales títeres (como el mismo Herodes bíblico) hasta el gobierno de facto de gobernadores y procuradores llegados de la Domina Mundi.

Detalle de escultura, rostro de Tito.Fuente: webfly.es

Habría que esperar al cambio de era para contemplar uno de los episodios más violentos y conocidos vividos en la Jerusalén romana: la toma de la ciudad y el expolio y destrucción de su templo. La República de Pompeyo, Craso y César era historia y en su último suspiro había alumbrado una monarquía o principado que conoceríamos como Imperio Romano. Para cuando estalló la revuelta popular anti-romana[1] (encabezada y alentada por los grupos zelotas radicales) en Jerusalén en el 66 d.C., Nerón agotaba su, al parecer, tiránico y corrupto gobierno, muriendo en el 68 d.C. Un año después, en el 69, el general Vespasiano era proclamado emperador en Alejandría[2] y, de inmediato, encargó a su primogénito, Tito, la toma de Jerusalén y la pacificación de Judea.

Al parecer, Roma no escatimó en recursos materiales y humanos para esta empresa, empecinada en resolver un problema que se había enquistado profundamente en su límite oriental. Tito dispuso de nada menos que cuatro legiones (la V Macedónica, la X Fretensis, la XV Apollinaris y lo que quedaba de la XII Fulminata, que había sido derrotada y menguada con anterioridad por los rebeldes) perfectamente entrenadas, equipadas y asistidas (gracias al pillaje y la explotación en la propia Judea) haciendo un total teórico de 24000 legionarios (algunos menos, en realidad) como principal fuerza de combate. Como no podía ser de otro modo, a estos contingentes de élite había que sumar las correspondientes compañías de caballería romana y las auxilia o tropas auxiliares (generalmente infantería ligera aliada y tropas mercenarias). Con todo, los expertos contemplan un total que varía en la horquilla entre los 55000 y los 75000 hombres, un número excepcional[3] si tenemos presente que hablamos de época antigua.

Ilustración de una balista romana. Fuente: Wikipedia.org

No obstante, y a pesar del enorme ejército convocado, el asalto inicial a la ciudad de Jerusalén (cuyos defensores rondarían los 25000) se saldó con un fracaso para Roma. En consecuencia, Tito, consciente de que un asedio era necesario, hizo un reconocimiento exhaustivo de la capital hebrea, que estaba protegida por nada menos que tres murallas, y decidió que el tramo norte era el más débil por su orografía plana. En dicho tramo apostó a tres de sus legiones, mientras que una cuarta (la X) se establecía en el Monte de los Olivos, todas ellas alejadas de los muros para forzar eventuales enfrentamientos a campo abierto. Por supuesto, una parte esencial del asedio fue la sugestión psicológica del enemigo y Tito demostró ser un experto en estas lides: varias veces hizo formar a su enorme ejército frente a las murallas para mostrar su poder, utilizó al judeo-romano Flavio Josefo[4] como negociador para que intentara convencer a los asediados de su error[5] y dejó entrar a todos los peregrinos judíos que llegaban  a la ciudad para celebrar el Pesaj (fiesta conmemorativa del fin de la esclavitud del pueblo de Dios en Egipto), pero no los dejó salir, con el objetivo de hacinar y presionar a los que estaban intramuros. La meta romana estaba clara, dejar actuar a la necesidad y que el hambre obligara a la rendición de la plaza.

No obstante, el ejército romano también hizo gala de una gran capacidad de ataque, recurriendo a la construcción de montículos artificiales a modo de torres desde donde se atacaban los lienzos de la muralla exterior con todo tipo de ingenios militares: ballestas gigantes, balistas y, por encima de todo, arietes para conseguir abrir brechas. Por su parte, los defensores judíos recurrieron a argucias como la creación de barricadas callejeras o la excavación de túneles hacia extramuros para; por un lado, intentar la entrada de  mínimos suministros y víveres y, por otro, desgastar con incursiones al ejército romano y sus armas.

Ilustración de un ariete romano. Fuente: Revistadehistoria.es

De manera inevitable, los arietes romanos arremetieron sin cesar contra la muralla exterior, consiguiendo que ésta cediera y entrando, por fin, en la ciudad. Al igual que cayó la primera, Tito también logró sobrepasar la segunda y los hebreos no tuvieron más remedio que hacerse fuertes en la Fortaleza  o Torre Antonia, último bastión defensivo que se interponía entre el Templo de Salomón y las feroces tropas romanas. En este estado de enfrentamiento sangriento y abierto, luchando palmo a palmo pero con avance  innegable romano, muchos eran los defensores que, desanimados y hambrientos, deponían sus armas y desertaban, siendo su destino nefasto: si eran descubiertos huyendo, los líderes zelotas no tenían piedad y los ejecutaban y si conseguían llegar hasta las líneas romanas probablemente fueran crucificados y expuestos en lo alto de las murallas ya conquistadas, convirtiéndose en un mensaje que dejaba claro que la victoria seria total, no habría clemencia y solo valdría una rendición completa e incondicional de la ciudad.

Si bien es cierto que la Torre Antonia retrasó el avance romano, resultando inútil en primera instancia tanto el uso el arietes como el de escalas, de algún modo Tito puso en práctica un plan de asalto (muy poco conocido, según algunos de los expertos) tras la apertura de una brecha en el lienzo que cogió desprevenidos y sin preparación a los defensores. Para este momento, Tito había ordenado ceñir aún más el asedio y se levantó una empalizada que rodeaba la ciudad para que nadie ni nada entrara o saliera (sobre todo, el alimento). Caída la defensa de la Torre Antonia y parcialmente arrasada la propia edificación, los defensores tuvieron que retroceder de nuevo y, esta vez, la defensa fue el Templo.

Detalle del Arco de Tito, muestra a los soldados durante el expolio del Templo sustrayendo el Menorá (candelabro de siete brazos). Fuente: Wikipedia.org

Sobran las palabras para definir el Templo de Jerusalén, pues si atendemos a todos los estudios realizados sobre él, debemos concluir que era una enorme mole que constituía una verdadera fortaleza monumental dentro de la propia ciudad. El recinto sagrado no solo contenía el templo en sí, sino una vasta extensión que daba cobijo a varias plazas o patios (Patio de los Sacerdotes, Patio de los Gentiles…) e imponentes stoas o galerías porticadas destinadas a diversos menesteres. Las murallas que rodeaban el corazón del espacio sacro, al contrario que las anteriores, fueron tomadas a pulso, al asalto a pie de los legionarios, que de nuevo se encontraron con una defensa encarnizada a la que tuvieron que ir doblegando paso a paso, pórtico a pórtico y atrio a atrio. La objetiva superioridad romana se puso de manifiesto e, irremediablemente, el Templo cayó.

Abrimos en este momento uno de  los grandes debates de la historiografía: la destrucción del Templo. Si bien es cierto que Flavio Josefo afirma que Tito fue reacio, e incluso se negó a que el templo fuera destruido, también es verdad que muchos autores consideran este testimonio como improbable atendiendo al contexto, caótico y de enfrentamiento abierto, de la toma del recinto. Lo que sí parece probable, lejos de cualquier discrepancia, es que Tito, si bien pudo no dar orden expresa de destruir el Templo, se mantuvo en una posición permisiva que daría pie a que sus tropas se desfogaran con el corazón de Judea. Sea cual sea la explicación, saliera o no ese orden de la boca de Tito, lo cierto es que el Templo de Jerusalén ardió rápidamente[6] y quedó completamente destruido (a excepción del archiconocido Muro de las Lamentaciones que podemos ver hoy día), previo expolio de rigor (los romanos usurparon del mismo algunos de los objetos más sagrados para el judaísmo como la Menorá, así como todas las riquezas que encontraron en su interior) en el año 70 d.C. Cabe mencionar, por lo negativo del asunto, la destrucción de cientos de documentos y archivos durante el expolio del Templo y de la Ciudad Baja.

Aunque se considera la toma del recinto sagrado como el hecho de mayor importancia de la contienda y el que ha marcado el punto de inflexión crucial para los hebreos, lo cierto es que la lucha no terminó en este momento, pues aún quedaba la ciudad alta por someter. La parte alta de la ciudad estaba protegida por una nueva muralla y su bastión defensivo era el famoso Palacio de Herodes, protegido según las fuentes por tres colosales barbacanas infranqueables hasta el momento. Con energías renovadas, la moral alta y un botín considerable ya asegurado, los hombres de Tito reorganizaron de nuevo el asedio y recurrieron una vez más a balistas y arietes para superar la última barrera defensiva de lo que quedaba de Jerusalén. No obstante, el hecho de haber perdido el Templo, el sufrimiento de haber resistido un asedio largo y las constantes deserciones a través de túneles (entre ellas de muchos líderes rebeldes), finalmente obligaron a los defensores a presentar una rendición total, haciendo innecesaria la conquista forzosa del Palacio de Herodes.

Anverso y reverso de un sestercio que conmemora la victoria sobre Jerusalén y el sometimiento de toda Judea. Fuente: monedas-antiguas.blogspot.com

Como cabía esperar, los romanos procedieron a la destrucción y el expolio del conjunto de la ciudad, quedando gran parte de la misma calcinada, y a la persecución de los judíos que se habían dispersado. JUDEA CAPTA.

El desenlace del conflicto, con una clara e inapelable victoria por parte del bando romano, tuvo terribles y penosas consecuencias para el pueblo judío. Además de miles de muertos y heridos y de haber perdido el centro de su vida política y religiosa (el Templo), la inmensa mayoría de los supervivientes al asedio fueron recalificados con la condición de esclavos, siendo vendidos y transportados por todos los rincones del imperio. Los pocos grupos que consiguieron mantener la libertad se vieron abocados a un exilio forzoso, congregándose en los núcleos urbanos del Mediterráneo con la intención de mantener cierta cohesión social y religiosa bajo el mando de sabios y rabinos. En otras palabras, los hebreos perdían su identidad política estatal e iniciaban un proceso de desamparo y fragmentación que pasaría a la historia con el nombre de Diáspora[7].

Bibliografía consultada

  • DEL VANDO BLANCO, María del Carmen. “Divus Vespasianus” en Crítica. Núm. 962, año 59, 2009. Pp. 92-95.
  • FLAVIO JOSEFO. Las Guerras de los Judíos. Madrid, Gredos. 2016.
  • RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Xulio. “Las carreras militares de dos emperadores romanos antes de su ascensión al trono: certezas e hipótesisen Scripta Antiqua: in honorem Ángel Montenegro Duque et José María Blázquez Martínez.
  • Comentario de Láminas: El Arco de Tito. Universidades Públicas de la Comunidad de Madrid. 2011-2012.
  • GALLO, Max. Los romanos. Tito: el martirio de los judíos. Madrid, Alianza. 2008.

Autor:

Pascual Gil Gutiérrez

 

Graduado en Historia por Universidad de Alicante, Máster en Formación del Profesorado de Secundaria por la Universidad de Alicante y Máster en Mediterráneo Antiguo por la UOC, UAB y UAH. Soy un apasionado de la historia antigua, con especial interés en la tardorrepública romana y el cristianismo primitivo. Además de la Historia Antigua, he desarrollado el tema de la hechicería y la brujería y su relación con la Historia de Género tanto en los periodos medievales como en época moderna.

NOTAS:


[1] El caldo de cultivo perfecto para la revuelta estuve gestándose durante décadas antes de las hostilidades abiertas. Los judíos se quejaban de ser gobernados por reyes títeres, por la asfixiante política fiscal de Roma y por las constantes ofensas que su religión recibía por parte de los emperadores y los funcionarios romanos.

[2] La proclamación del general Vespasiano acababa con una época de anarquía y de luchas intestinas en el seno del imperio, pues tras la muerte de Nerón, último representante de la estirpe Julio-Claudia, se sucedieron, en tan solo un año, cuatro emperadores. Vespasiano inaugura la dinastía Flavia.

[3] Excepcional por el modelo demográfico antiguo, que carecía de las características que permiten un crecimiento poblacional amplio de manera sostenida en el tiempo.

[4] Flavio Josefo fue un importantísimo historiador, diplomático y militar que vivió en el siglo I d.C. Nació en Judea, en una familia farisea (casta sacerdotal)  acomodada. Con anterioridad al gobierno de los Flavios participó, como líder, en diversas pequeñas revueltas contra los romanos resultando derrotado y capturado. Durante su estancia como prisionero, se romanizó por completo y entró, gracias a sus capacidades intelectuales, en el círculo del general Vespasiano y de su hijo Tito. Desde ese momento trabajó para la causa romana y pasó, a la historia hebrea, como un traidor. Sus obras más importantes son La Guerra de los Judíos y Antigüedades Judías.

[5] Flavio Josefo llegó a afirmar que el propio dios de los judíos, como ya había hecho a lo largo de la Historia, ahora estaba de lado de los romanos y no de los hebreos.

[6] Muchos autores afirman que gran parte de la responsabilidad en este incendio residió en la concepción arquitectónica del mismo. Todas las vigas eran de madera así como los artesonados que actuaban a modo de techumbre, siendo víctimas de las llamas. Además, el incendio pudo agravarse por el hecho de que en el interior se guardaban grandes cantidades de ceras y óleos altamente inflamables.

[7] La indefinición política del pueblo hebreo se mantuvo hasta mediados del siglo XX, cuando fue fundado el actual estado de Israel.

Historia 2.0

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